La política del «yo fui»: el síndrome del salvador que también divide al Putumayo

𝘛𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢𝘳𝘰𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘦𝘭𝘦𝘤𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘺 𝘴𝘦 𝘷𝘦𝘯 𝘧𝘪𝘨𝘶𝘳𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘦𝘧𝘭𝘦𝘫𝘢𝘯 𝘶𝘯 𝘦𝘨𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘪𝘯 𝘥𝘶𝘥𝘢 𝘳𝘦𝘦𝘮𝘱𝘭𝘢𝘻𝘢 𝘢 𝘤𝘶𝘢𝘭𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳 𝘱𝘳𝘰𝘺𝘦𝘤𝘵𝘰 𝘤𝘰𝘭𝘦𝘤𝘵𝘪𝘷𝘰 𝘷𝘦𝘯𝘪𝘥𝘦𝘳𝘰.

POr : Alexander Africano

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Las elecciones terminan el día que se escrutan los votos. A partir de ese momento debería comenzar una etapa distinta: la de la reflexión, la reconciliación y la construcción de propósitos comunes. Sin embargo, en muchos territorios ocurre exactamente lo contrario. 𝗟𝗮 𝗰𝗮𝗺𝗽𝗮𝗻̃𝗮 𝘁𝗲𝗿𝗺𝗶𝗻𝗮, 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗶𝗻𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗼𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗲𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮: 𝗹𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮.

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En Putumayo esa situación empieza a hacerse evidente. Algunos actores políticos, desde orillas ideológicas completamente opuestas, 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲𝗻 𝗱𝗶𝘀𝗽𝘂𝘁𝗮𝗿 𝗾𝘂𝗶𝗲́𝗻 𝗳𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱𝗲𝗿𝗼 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗼𝗻𝘀𝗮𝗯𝗹𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗿𝗲𝘀𝘂𝗹𝘁𝗮𝗱𝗼 𝗲𝗹𝗲𝗰𝘁𝗼𝗿𝗮𝗹. El debate deja de centrarse en las propuestas para concentrarse en la búsqueda de reconocimiento personal, como si un triunfo democrático pudiera atribuirse exclusivamente a un solo dirigente.

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Ese comportamiento constituye uno de los mayores 𝗲𝗿𝗿𝗼𝗿𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗰𝘂𝗹𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗮 𝗰𝗼𝗹𝗼𝗺𝗯𝗶𝗮𝗻𝗮: 𝗲𝗹 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝗹𝗶𝘀𝗺𝗼. Se reemplaza la fuerza de los equipos por el culto a la figura individual; se invisibiliza el trabajo silencioso de cientos de ciudadanos para exaltar únicamente al líder visible. Es una práctica que termina debilitando la democracia porque convierte los procesos colectivos en plataformas de promoción personal.

Lo preocupante es que este fenómeno no distingue ideologías. Puede aparecer tanto en sectores de derecha como de izquierda. 𝗘𝗻 𝗲𝗹 𝗰𝗮𝘀𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗣𝘂𝘁𝘂𝗺𝗮𝘆𝗼, 𝗹𝗮 𝗼𝗽𝗶𝗻𝗶𝗼́𝗻 𝗽𝘂́𝗯𝗹𝗶𝗰𝗮 𝗼𝗯𝘀𝗲𝗿𝘃𝗮 𝗰𝗼́𝗺𝗼 𝗰𝗶𝗲𝗿𝘁𝗼𝘀 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝗷𝗲𝘀 𝗳𝗮𝗿𝗮𝗻𝗱𝘂𝗹𝗲𝗿𝗼𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗽𝗼𝘀𝗶𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗱𝗶𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲𝘀, 𝗽𝗿𝗼𝘆𝗲𝗰𝘁𝗮𝗻 𝗻𝗮𝗿𝗿𝗮𝘁𝗶𝘃𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗮𝗴𝗼𝗻𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗶𝗻𝗱𝗶𝘃𝗶𝗱𝘂𝗮𝗹 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲 𝗶𝗺𝗽𝗼𝗻𝗲𝗿𝘀𝗲 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗲𝗹 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗻𝗼𝗰𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘀𝗳𝘂𝗲𝗿𝘇𝗼 𝗰𝗼𝗹𝗲𝗰𝘁𝗶𝘃𝗼. Su objetivo parece ser aparecer en cuanto noticiero y red social sea posible, como si pretendieran adjudicarse una victoria que, en realidad, fue fruto del esfuerzo colectivo de muchas personas y sectores. Más allá de las simpatías o diferencias que cada ciudadano tenga con ellos, el mensaje de fondo debería más bien invitar a una reflexión mucho más amplia: ninguna victoria democrática pertenece a una sola persona.

𝗟𝗮𝘀 𝗲𝗹𝗲𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘀𝗲 𝗴𝗮𝗻𝗮𝗻 𝗴𝗿𝗮𝗰𝗶𝗮𝘀 𝗮𝗹 𝘁𝗿𝗮𝗯𝗮𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗺𝗶𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗮𝗻𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗿𝗿𝗶𝗲𝗿𝗼𝗻 𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶𝗼𝘀 𝘆 𝘃𝗲𝗿𝗲𝗱𝗮𝘀, 𝗼𝗿𝗴𝗮𝗻𝗶𝘇𝗮𝗿𝗼𝗻 𝗿𝗲𝘂𝗻𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀, 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗲𝗻𝗰𝗶𝗲𝗿𝗼𝗻 𝘃𝗲𝗰𝗶𝗻𝗼𝘀, 𝗰𝘂𝗶𝗱𝗮𝗿𝗼𝗻 𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝘃𝗼𝘁𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗮𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗰𝘂𝗿𝘀𝗼𝘀, 𝘀𝗼𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝗼𝗻 𝗰𝗿𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗮𝘀 𝘆 𝗱𝗲𝗳𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗼𝗻 𝗱𝗲𝗺𝗼𝗰𝗿𝗮́𝘁𝗶𝗰𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝘂𝗻𝗮𝘀 𝗶𝗱𝗲𝗮𝘀. 𝗧𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲́𝗻 𝘀𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝘆𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲𝗻 𝗲𝗻 𝗹𝗮𝘀 𝗳𝗼𝘁𝗼𝗴𝗿𝗮𝗳𝗶́𝗮𝘀: 𝗹𝗶́𝗱𝗲𝗿𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗮𝗹𝗲𝘀, 𝗺𝘂𝗷𝗲𝗿𝗲𝘀, 𝗷𝗼́𝘃𝗲𝗻𝗲𝘀, 𝗼𝗿𝗴𝗮𝗻𝗶𝘇𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹𝗲𝘀, 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱𝗲𝘀 𝗶𝗻𝗱𝗶́𝗴𝗲𝗻𝗮𝘀, 𝗰𝗮𝗺𝗽𝗲𝘀𝗶𝗻𝗼𝘀, 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗱𝗼𝗿𝗲𝘀, 𝗰𝗼𝗺𝗲𝗿𝗰𝗶𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀 𝘆 𝘃𝗼𝗹𝘂𝗻𝘁𝗮𝗿𝗶𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗻 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗽𝗿𝗼𝘆𝗲𝗰𝘁𝗼 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗼 𝘀𝗶𝗻 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗿 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗮𝗴𝗼𝗻𝗶𝘀𝗺𝗼.

Cuando alguien intenta monopolizar ese mérito, inevitablemente produce dos efectos negativos. El primero es la frustración de quienes sienten que su trabajo fue invisibilizado. El segundo es la división interna del mismo movimiento político, porque el liderazgo deja de construirse sobre la confianza y empieza a edificarse sobre el ego.

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La historia demuestra que los liderazgos más sólidos no son aquellos que concentran todos los aplausos, sino aquellos capaces de compartirlos. La autoridad moral de un dirigente aumenta cuando reconoce públicamente que llegó hasta allí gracias al esfuerzo de muchos y no únicamente por sus capacidades personales.

Putumayo enfrenta desafíos demasiado grandes para desperdiciar energías en disputas por el protagonismo. La seguridad, la paz territorial, el desarrollo rural, la infraestructura, la educación, la protección ambiental y las oportunidades para los jóvenes exigen liderazgos que convoquen, articulen y unan, no que profundicen rivalidades dentro de sus propios sectores.

Quizá la mayor enseñanza que dejan estas elecciones sea precisamente esa: la ciudadanía ya cumplió con su deber al expresar democráticamente su voluntad. Ahora corresponde a los dirigentes demostrar madurez política. 𝗟𝗮 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱𝗲𝗿𝗮 𝗴𝗿𝗮𝗻𝗱𝗲𝘇𝗮 𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝘀𝘁𝗲 𝗲𝗻 𝗱𝗲𝗰𝗶𝗿 “𝘆𝗼 𝗴𝗮𝗻𝗲́”, 𝘀𝗶𝗻𝗼 𝗲𝗻 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗻𝗼𝗰𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 “𝗴𝗮𝗻𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀”.

Porque las victorias personales son pasajeras; los proyectos colectivos son los que verdaderamente transforman los territorios. Y en un departamento como Putumayo, que durante décadas ha padecido las consecuencias de la violencia y la fragmentación, 𝗹𝗮 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗮 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗿𝗶́𝗮 𝗮𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗿 𝘂𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮 𝗺𝘂𝗰𝗵𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗳𝘂𝘁𝘂𝗿𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗱𝗶𝘀𝗽𝘂𝘁𝗮𝗿 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗮𝗴𝗼𝗻𝗶𝘀𝗺𝗼𝘀.

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El ego personal es una maña de nuestra cultura del subdesarrollo y es también conocida como “caudillismo” y en estos tiempos esos “caudillos de las redes” no son en el mejor de los casos dignos de seguir.

JAAM

Consejero de Paz Putumayo


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