Putumayo y la memoria de una advertencia ganadera de 1966 : cuando Colombia descubrió que sacrificar sus vientres era hipotecar el futuro del campo

Por : Aldo Manco

En los primeros meses de 1966, mientras Colombia intentaba consolidar un proyecto de modernización económica bajo el modelo del Frente Nacional, una advertencia comenzó a circular entre técnicos, economistas y dirigentes ganaderos: el país estaba sacrificando silenciosamente una parte fundamental de su futuro productivo.

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No se trataba únicamente de animales enviados a los mataderos. Se trataba de vacas y novillas aptas para reproducirse, aquellas que representaban la posibilidad de aumentar los inventarios ganaderos, garantizar el abastecimiento de carne y fortalecer una economía rural que seguía siendo una de las bases del país.

El llamado de atención quedó registrado en un documento publicado por la revista ESSO Agrícola en marzo-abril de 1966, tomado originalmente de la Revista del Banco de la República y elaborado por Alberto Pérez R., Inspector del Departamento de Investigaciones Económicas de esta institución. El estudio llevaba un título que hoy conserva una sorprendente actualidad: “El sacrificio en Colombia de novillas y vacas aptas para la reproducción y sus posibles remedios”.

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El informe advertía que durante los últimos cinco años había aumentado de manera preocupante el sacrificio de hembras destinadas a la reproducción. Para el autor, esta práctica no era solamente un problema económico de los ganaderos; era una amenaza contra una riqueza nacional difícil de recuperar. Las hembras reproductoras eran consideradas la base misma del crecimiento pecuario colombiano.

Casi seis décadas después, aquella advertencia adquiere una nueva dimensión cuando se observa desde regiones como el Putumayo, un territorio donde la ganadería ha construido identidad económica, cultural y social. Hoy, cuando el departamento impulsa espacios de encuentro como sus ferias ganaderas, donde se exhiben avances genéticos como el Gyr lechero, Girolando y otras razas adaptadas a las condiciones tropicales, aquella preocupación de 1966 permite comprender que la ganadería no es solamente una actividad comercial: es también una apuesta por el futuro territorial.

La historia del ganado en Colombia es, en buena medida, la historia de cómo una sociedad ha intentado relacionarse con su territorio, sus recursos naturales y sus posibilidades de desarrollo. El documento de 1966 debe leerse más allá de sus cifras ganaderas. Es una fuente histórica que revela la manera como los técnicos y funcionarios del Estado colombiano entendían el desarrollo rural durante los años sesenta.

La preocupación central del informe era que los productores, ante dificultades económicas inmediatas, estaban obligados a vender animales que garantizaban la reproducción futura del hato nacional. Según el estudio, entre 1962 y 1965 aumentó considerablemente el sacrificio de hembras: pasó de 137.793 animales en 1962 a una estimación de 183.986 en 1965.

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Detrás de esas cifras existía un conflicto profundo: el choque entre la necesidad económica del presente y la construcción de una economía sostenible hacia el futuro.

Una vaca reproductora representaba un capital diferente al dinero almacenado en un banco. Su valor no estaba únicamente en su peso o en el precio del mercado; estaba en su capacidad de generar nuevas generaciones de animales. Era una forma de riqueza biológica. En este sentido, el artículo anticipa una discusión que hoy ocupa un lugar central en los debates sobre sostenibilidad: no todo recurso natural puede ser consumido pensando únicamente en la ganancia inmediata.

La lógica financiera suele exigir resultados rápidos, pero la naturaleza tiene sus propios tiempos. Esta tensión aparece claramente cuando el autor identifica como una de las causas principales del problema la falta de crédito adecuado para las actividades de cría. Los ganaderos, desde los pequeños productores hasta los más grandes, enfrentaban dificultades porque los ciclos de reproducción ganadera eran más lentos que las exigencias de los préstamos financieros.

En otras palabras, el sistema económico estaba presionando a los productores a tomar decisiones que podían afectar la sostenibilidad del mismo sector que pretendían mantener.

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Leer este documento desde el Putumayo permite ampliar la mirada histórica. Durante mucho tiempo, las regiones amazónicas y de frontera fueron observadas desde el centro del país como espacios periféricos. Sin embargo, la historia ganadera demuestra que estos territorios han tenido un papel fundamental en la producción nacional. El Putumayo posee características particulares: sus ecosistemas tropicales, sus extensas zonas rurales, sus tradiciones campesinas y su conexión con otros departamentos del sur colombiano han permitido el desarrollo de una ganadería que busca adaptarse a las condiciones ambientales del territorio.

En este contexto, las ferias ganaderas cumplen una función que supera lo comercial. Son espacios donde se encuentran productores, investigadores, familias rurales, instituciones y comunidades. Allí se intercambian conocimientos sobre genética, alimentación animal, manejo sostenible y nuevas tecnologías.

La presencia de razas como el Gyr lechero representa precisamente esa búsqueda de adaptación: desarrollar una ganadería capaz de responder a las condiciones tropicales, mejorar la producción y fortalecer la economía regional. La feria ganadera del Putumayo, impulsada bajo el liderazgo de don Liderman Salazar, representa una continuidad histórica con aquella preocupación planteada en 1966: proteger, mejorar y valorar el patrimonio ganadero como una herramienta de desarrollo regional.

Porque si hace casi sesenta años un funcionario del Banco de la República advertía que Colombia podía comprometer su futuro sacrificando sus vientres, hoy el Putumayo muestra otra posibilidad: construir futuro fortaleciendo la genética, el conocimiento, la organización de los productores y el reconocimiento de la ganadería como parte de la identidad territorial.


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