Más allá del resultado: el domingo emergerá una nueva psicología política

LaSillaVacia

El próximo domingo los colombianos iremos a las urnas creyendo que estamos eligiendo presidente. Leyendo la última columna de mi colega Steve Klein, en la que analiza los retos de la próxima campaña electoral en Israel, me di cuenta de que existe una posibilidad más inquietante para Colombia.

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Por : Andrés Casas

Es altamente probable que esta elección ya haya sido parcialmente decidida antes de votar, no por fraude electoral, sino por algo más silencioso y profundamente humano: la forma en que nuestros cerebros procesan miedo, incertidumbre e identidad política.

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Tal vez la pregunta más importante antes de marcar el tarjetón no sea “¿por quién voy a votar?”, sino otra mucho más incómoda: ¿Estoy seguro de que mi voto todavía me pertenece? Y si es así ¿cómo mi voto va a cambiar mi mente y las de mis compatriotas después de este 31 de Mayo? 

Elección sin encuestas, sin debates… sin realidad compartida

Hay algo extraordinario en esta campaña presidencial que quizás todavía no hemos comenzado a procesar. Llegamos a la primera vuelta sin debates reales entre los principales candidatos. Las encuestas fueron simultáneamente consumidas y deslegitimadas. Cada campaña consolidó su propia audiencia digital y dejó de hablarle al país entero para hablarle únicamente a su comunidad emocional más fiel.

Y en medio de esa fragmentación, una candidata terminó recurriendo a un debate con inteligencia artificial ante la imposibilidad de producir uno entre humanos. Aunque ese detalle parece anecdótico, no lo es. Es probablemente uno de los símbolos más precisos de nuestra época: la democracia comienza a necesitar simulaciones artificiales porque los espacios reales de deliberación se están desmoronando.

Durante décadas, las encuestas cumplían una función imperfecta pero importante: ayudaban a construir una percepción colectiva de la realidad política. Hoy ocurre lo contrario. Cada sector cree únicamente en los datos compatibles con su narrativa y descarta los demás como manipulación, propaganda o conspiración. Lo mismo ocurre con los debates. Tradicionalmente, el debate democrático obligaba a los candidatos a compartir un mismo espacio de incertidumbre frente al país. Había contradicción, exposición, improvisación y posibilidad de actualización mutua. Pero en esta elección, los candidatos más fuertes parecen haber entendido algo decisivo: en el ecosistema digital, debatir puede ser menos rentable que movilizar emocionalmente a la propia tribu. 

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Cuando las sociedades pierden espacios comunes para confrontar información, la política deja de operar como deliberación y comienza a operar como interpretación emocional de realidades paralelas. Ya no discutimos únicamente soluciones distintas. Habitamos versiones distintas del país.

El escepticismo motivado 

La ciencia tiene un nombre para este fenómeno: motivated reasoning o pensamiento motivado. Ziva Kunda lo definió como la tendencia humana a procesar información de manera compatible con las conclusiones que deseamos alcanzar, mientras mantenemos la sensación subjetiva de estar razonando objetivamente.

La idea es simple pero perturbadora: los seres humanos no procesamos información únicamente buscando la verdad. Muchas veces procesamos información buscando proteger nuestras identidades, emociones, valores y miedos preexistentes. En otras palabras: no razonamos como jueces neutrales, sino como abogados de nuestras intuiciones. Por eso, más que persuadir, las campañas de nuestra época intentan activar marcos emocionales capaces de organizar cómo interpretamos la realidad.

El escritor David McRaney explica que gran parte de nuestra cognición es inferencial porque el mundo es demasiado complejo, rápido y ambiguo para procesarlo completamente en tiempo real. Entonces completamos los vacíos, inferimos, construimos cadenas de interpretación a partir de información incompleta. Y muchas veces confundimos esas inferencias con certeza.

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El trabajo de Charles S. Taber y Milton Lodge demuestra que los ciudadanos no procesan información política de manera neutral, sino mediante lo que llaman “escepticismo motivado”: una tendencia a someter la información contradictoria a estándares de escrutinio mucho más altos que aquella compatible con nuestras creencias previas. Esto ayuda a entender por qué en estas elecciones las encuestas, los escándalos o incluso la ausencia de debates generan interpretaciones opuestas organizadas alrededor de identidades políticas emocionalmente protegidas.

Una de las ideas más importantes para entender esta elección es lo que el psicólogo de Harvard David Perkins llama la makes-sense epistemology: la tendencia a suspender el pensamiento crítico una vez encontramos suficiente evidencia para que algo “tenga sentido” dentro de nuestra visión del mundo. Ese es el verdadero problema de la era digital.

Vivimos en una época donde existen demasiadas narrativas listas para cerrar prematuramente nuestros procesos de inferencia. Un video viral deja de ser un dato aislado y se convierte en “prueba” de que el país está destruido. Una encuesta confirma que la elección ya está decidida. Un caso de inseguridad valida el colapso nacional. Un escándalo se transforma en evidencia de que “todo el sistema está podrido”. Y una vez la historia “tiene sentido”, dejamos de buscar más evidencia.

La peligrosa comodidad de lo que “hace sentido”

Complementariamente, el estudio neurocientífico de Drew Westen y sus colegas encontró que el razonamiento político partidista activa mucho más intensamente regiones cerebrales asociadas con emoción, recompensa y regulación afectiva que áreas clásicamente vinculadas con razonamiento analítico desapasionado. Utilizando resonancia magnética funcional los autores observaron que cuando los personas enfrentan contradicciones evidentes cometidas por su candidato preferido, sus cerebros tendían menos a corregir inconsistencias que a reducir el malestar emocional reinterpretando cognitivamente la información. 

Una vez alcanzaban una explicación emocionalmente satisfactoria, se activaban circuitos asociados con recompensa y alivio. En otras palabras, el cerebro experimenta placer al proteger identidades políticas amenazadas. Este hallazgo tiene implicaciones enormes para democracias altamente polarizadas como la colombiana: cuando el voto se vive como una defensa existencial de la propia identidad moral o del futuro del país, las emociones pasan a organizar la propia arquitectura del razonamiento político.

Algo similar advierte Alex Edmans: los datos aislados no son necesariamente evidencia de causalidad, y construir conclusiones completas a partir de eventos emocionalmente salientes puede llevarnos a realizar inferencias profundamente equivocadas. Ese mecanismo se vuelve todavía más peligroso en contextos polarizados. Porque cuando la identidad política entra en juego, el cerebro deja de preguntar únicamente “¿esto es cierto?” y empieza a preguntar “¿esto protege mi visión del mundo?”. 

Cuando el miedo existencial domina una elección

Las democracias cambian radicalmente cuando las elecciones dejan de sentirse como competencias políticas y comienzan a sentirse como batallas existenciales. Y veo que eso es lo que ha ocurrido en las últimas tres elecciones presidenciales en Colombia. 

Para algunos, el país está al borde del autoritarismo de izquierda. Para otros, enfrenta el riesgo de una regresión oligárquica y anti-progresista. Para los restantes, Colombia está a punto de tomar la ruta autocrática, deshumanizante y del todo vale, aceptando formalmente que haya gente que está por encima de la ley. Todos los bandos sienten que no están votando por un presidente, sino evitando una catástrofe. 

Cuando eso ocurre, el cerebro cambia. Si la incertidumbre se vuelve intolerable, las personas buscan líderes radicales, explicaciones simples y enemigos identificables a quiénes culpar. 

La ambigüedad (esa virtud de tener reglas ciertas con resultados inciertos) deja de ser una condición natural de la democracia, y el adversario comienza a percibirse como un peligro. La consecuencia es devastadora para la deliberación pública. Pues aunque su primer efecto (ya probado) es que no la haya, como en las semanas anteriores. Cuando se llegue a necesitar, atraerá la cancelación o la violencia política como moscas a miercolero. 

Sabemos de sobra que el miedo estrecha la cognición. Reduce la flexibilidad mental. Aumenta la necesidad de certeza. Y vuelve mucho más difícil actualizar creencias frente a nueva evidencia. Las investigaciones empíricas sobre sociedades en conflicto muestran cómo el miedo prolongado puede consolidar infraestructuras sociopsicológicas basadas en desconfianza, victimización colectiva y rigidez identitaria.

En ese estadio psicológico la democracia se vuelve especialmente vulnerable a las teorías conspirativas, manipulación emocional, desinformación, discursos apocalípticos, y soluciones autoritarias emocionalmente seductoras. 

Una avalancha nunca comienza con un derrumbe. Comienza con pequeñas capas acumulándose silenciosamente. Hasta que finalmente una última sacudida desencadena el colapso.

La política electoral entonces deja tratar de persuadir y se trata de mantener cohesionadas comunidades afectivas paralelas. Eso explica por qué el debate desapareció, y las encuestas dejaron de importar. Más que preguntarse quién ganará el domingo, el país debería preguntarse si después del domingo todavía seremos capaces de vernos mutuamente como ciudadanos y no como fuentes de amenaza.

La belleza de una democracia es que puede sobrevivir a desacuerdos profundos. Lo que difícilmente sobrevive es la pérdida de condiciones psicológicas para habitar la misma geografía cognitiva y la posibilidad de deliberar juntos sin erradicarse. 

El verdadero ganador del 31 de mayo

La mayoría de conversaciones electorales de estos días intentan responder quién va a ganar el domingo. Pero quizás esa ya no sea la pregunta. Desde una perspectiva de pensamiento de futuros (Futures Thinking), el riesgo más importante no es únicamente el resultado electoral, sino el tipo de psicología política que emergerá después de la elección.

Los datos recientes de la Encuesta Mundial de Valores para Colombia Ola 8 que presenté en Santafé de Antioquia en el Festival del pensamiento el pasado fin de semana, muestran una sociedad profundamente tensionada. Entre deseos simultáneos de cambio, seguridad, reconocimiento y estabilidad institucional. Colombia aparece como una sociedad altamente fragmentada emocionalmente, con bajos niveles de confianza interpersonal y una fuerte percepción de incertidumbre sobre el futuro. Ese contexto importa muchísimo.

Las sociedades con baja confianza social y alta percepción de amenaza tienden a interpretar las elecciones mediante marcos emocionales extremos. En estos casos, las campañas dejan de competir por persuadir ciudadanos y empiezan a competir por controlar inferencias colectivas. Por eso esta elección no será definida por propuestas, sino por la narrativa que logre organizar emocionalmente la incertidumbre nacional.

Si domina el miedo a la inseguridad, veremos votos orientados hacia el orden y control. Si domina el miedo al deterioro democrático, veremos votos orientados hacia contención institucional. Si domina el agotamiento emocional del centro, veremos abstención, cinismo y retraimiento. 

Pero desde la ciencia electoral del primer cuarto del siglo XXI hay una advertencia todavía más importante. En sociedades polarizadas, el verdadero peligro aparece cuando los ciudadanos pierden la capacidad de imaginar legitimidad democrática en quienes piensan distinto. Colombia nos dirá este 31 de mayo si cruza ese límite.

Con este panorama, el desafío central de la democracia colombiana resultante, es ayudar a las personas a tolerar suficiente ambigüedad como para reabrir sus procesos de inferencia antes de cerrarlos prematuramente mediante certezas identitarias. 


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