La Marcha del Hambre : cuando los maestros caminaron por la dignidad de Colombia

Por : Aldo Manco

En septiembre de 1966, cientos de maestras y maestros del Magdalena emprendieron una caminata que cambiaría para siempre la historia del magisterio colombiano. No marchaban únicamente por salarios atrasados. Marchaban por dignidad. Por respeto. Por el derecho de enseñar sin hambre y por la defensa de una educación pública abandonada por el Estado. Aquella movilización, conocida como la “Marcha del Hambre”, se convirtió en uno de los hitos más importantes de la lucha sindical y educativa en Colombia.

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Sesenta años después, la memoria de esa gesta continúa viva gracias a las voces de quienes caminaron y resistieron. En el conversatorio “La Marcha del Hambre: una mirada a la lucha de las maestras y maestros colombianos”, el maestro Jorge Acevedo —uno de los caminantes— y la investigadora Lorena González reconstruyen, desde la memoria oral, un episodio que aún interpela el presente del país.

La historia comienza en un contexto de profundas desigualdades. Colombia atravesaba los años del Frente Nacional, pacto político entre liberales y conservadores que, aunque prometía estabilidad tras la violencia bipartidista, también consolidó formas de exclusión política y social. La educación pública sobrevivía en condiciones precarias: escuelas improvisadas en casas arrendadas, escasez de materiales y docentes que podían pasar meses sin recibir salario.

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Jorge Acevedo recuerda que la situación era “muy lamentable, muy triste”, y que solo la vocación impedía que las escuelas quedaran abandonadas. En algunos casos, los maestros acumulaban hasta nueve o diez meses sin pago. Las tiendas dejaron de fiarles. Un letrero resumía la tragedia cotidiana: “No se fía a maestros”.

Sin embargo, el hambre de aquella marcha no era solamente física. El propio Acevedo lo explica con claridad conmovedora: era “hambre de justicia, hambre de equidad, hambre de respeto, hambre de dignidad”. Esa frase revela la profundidad política de la movilización. Los docentes no solo exigían pagos atrasados; reclamaban reconocimiento social para una profesión históricamente subvalorada.

La decisión de marchar desde Santa Marta hasta Bogotá surgió de asambleas colectivas donde, según los testimonios, prevaleció la idea de que la lucha debía trascender partidos políticos. “Lo nuestro era la educación”, recuerda Acevedo. “Lo nuestro eran los niños, los padres de familia y los maestros”. En plena Guerra Fría y bajo un clima de persecución ideológica, aquella postura de independencia política resultaba significativa.

La Marcha del Hambre también marcó un punto de inflexión en la organización del magisterio colombiano. Lorena González sostiene que la movilización permitió consolidar una identidad nacional de lucha docente. Hasta entonces, muchas protestas eran regionales y dispersas; la marcha logró convertir el malestar de los maestros en una causa nacional.

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No fue una travesía sencilla. Cerca de 800 personas iniciaron el recorrido, pero solo 86 lograron llegar a Bogotá. El trayecto estuvo lleno de agotamiento físico, hambre, enfermedades y presiones gubernamentales. Según los relatos, existía incluso la orden presidencial de impedir que los marchantes llegaran a la Plaza de Bolívar. Pero continuaron.

Cuando finalmente arribaron a Bogotá, la respuesta popular fue multitudinaria. Acevedo recuerda una Plaza de Bolívar desbordada de gente: maestros, estudiantes, trabajadores y familias que comprendían que aquella movilización no pertenecía únicamente al gremio docente, sino al país entero. “Ahí nadie gritó un viva para ninguno”, relata. “Lo único que hablaban era viva la educación de Colombia”.

Uno de los aspectos más poderosos de esta historia es el papel desempeñado por las mujeres maestras. La investigación de Lorena González recupera una dimensión frecuentemente invisibilizada por la historiografía tradicional: las mujeres no fueron acompañantes secundarias, sino protagonistas fundamentales de la marcha.

En una sociedad profundamente conservadora, donde muchas mujeres todavía enfrentaban fuertes restricciones sociales, las maestras del Magdalena rompieron estigmas culturales al abandonar temporalmente sus hogares para emprender una protesta pública. González describe la marcha como “un hito revolucionario de las mujeres”.

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Las caminantes no solo participaron numéricamente de manera mayoritaria; también lideraron procesos de organización, logística y cohesión emocional. Cantaban, animaban, sostenían la moral colectiva y transformaban el acto de marchar en un ejercicio de solidaridad. La investigadora insiste en que la marcha rompió esquemas patriarcales tradicionales: no existió una relación jerárquica entre hombres y mujeres, sino una experiencia de cooperación y equidad construida desde la necesidad común.

La memoria oral permite comprender dimensiones humanas que los documentos oficiales rara vez registran. Los testimonios hablan de maestras lavando ropa en los caminos, compartiendo alimentos escasos y cuidándose mutuamente durante el recorrido. También evocan la alegría como forma de resistencia: bailar, cantar y gritar arengas eran actos políticos en medio de la adversidad.

En ese sentido, la Marcha del Hambre puede entenderse no solo como una protesta laboral, sino como una experiencia de construcción colectiva de ciudadanía. Los maestros dejaron de verse únicamente como empleados públicos para asumirse como actores sociales capaces de transformar la realidad nacional.

Las consecuencias de la movilización fueron importantes. Según Jorge Acevedo, tras la marcha comenzaron mejoras salariales, pagos más organizados y mayores garantías para el ejercicio docente. También se fortaleció la capacidad organizativa del magisterio y se consolidó la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación, FECODE, como actor central de las luchas educativas en Colombia.

Pero quizás el mayor legado fue simbólico. La marcha demostró que la educación pública podía convertirse en una causa nacional y que los maestros eran capaces de movilizar solidaridades más allá de su propio gremio. “Solo con la unidad, la organización y la lucha hemos logrado lo que hemos logrado”, afirma Acevedo.

Esa reflexión conecta directamente con el presente. Muchas de las problemáticas denunciadas en 1966 siguen vigentes bajo nuevas formas: precarización laboral, desigualdades regionales, debates sobre financiación educativa y tensiones entre gobiernos y sindicatos docentes. Lorena González insiste en que conocer esta historia permite evitar el “presentismo”, es decir, pensar que las luchas actuales surgieron de la nada.

La Marcha del Hambre también deja una pregunta incómoda para la Colombia contemporánea: ¿qué tanto ha cambiado realmente la relación entre el Estado y quienes sostienen la educación pública? Aunque existen conquistas indiscutibles, la dignificación plena del oficio docente continúa siendo una tarea inconclusa.

En tiempos donde la memoria histórica suele reducirse a fechas y monumentos, recuperar las voces de los caminantes adquiere un valor político y ético. La historia oral devuelve humanidad a los procesos sociales. Permite escuchar emociones, miedos, convicciones y esperanzas que no aparecen en los decretos oficiales.

Por eso conmueve escuchar a Jorge Acevedo cerrar su intervención con una frase sencilla y profunda: “Yo amo la educación, nací para ser maestro, me siento orgulloso de ser maestro”. No es únicamente la declaración de un individuo; es la síntesis de una generación que entendió la docencia como un compromiso con la transformación social.

La Marcha del Hambre fue, en esencia, una caminata por la dignidad. Un recordatorio de que los derechos sociales no han sido regalos del poder, sino conquistas construidas con sacrificio colectivo. Aquellos maestros y maestras caminaron kilómetros enteros para que la educación pública pudiera sobrevivir y para que las futuras generaciones comprendieran que enseñar también puede ser un acto de resistencia.

Marcha por la educación y la dignidad


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