Por : Jorge Luis Fuerbringer Bermeo
Voy a hablar con sinceridad y desde ya pido excusas si algunas palabras suenan duras. No escribo esto desde el odio ni desde el deseo de venganza. Lo escribo desde lo que siento, desde lo que viví y desde una indignación que no puedo esconder.

A mí no me contaron el conflicto armado. Yo lo viví. Viví en un territorio donde uno no sabía qué podía pasar al día siguiente. A mi padre lo amenazaron muchas veces de muerte. En mi casa vivimos con el miedo de que secuestraran a mi madre, a mi hermano o a mí. También vivimos un atentado y entendimos, de la manera más dura, que en cualquier momento podían destruir nuestra familia.
Vimos morir personas conocidas, vimos familias romperse y vimos gente salir de su tierra dejando atrás la casa, los amigos, los proyectos y toda una vida. No se iban porque querían. Se iban porque quedarse podía significar terminar secuestrados, asesinados o desaparecidos.
Por eso me cuesta tanto entender que la JEP autorice a un antiguo comandante de las FARC a salir del país. Perdónenme la manera directa de decirlo, pero para mí eso es una cachetada a las VÍCTIMAS.
Nosotros tuvimos que salir de Colombia por culpa de la violencia. Nos tocó llegar a otro país con miedo, incertidumbre y literalmente a empezar de cero. Nadie nos organizó el viaje, nadie nos dio garantías especiales y nadie nos puso una institución completa a resolvernos la vida. Nos tocó sobrevivir.
Ahora resulta que quienes hicieron parte de las estructuras que causaron ese dolor tienen participación política, seguridad, beneficios judiciales, reconocimiento público y hasta permisos para viajar. Entonces uno se pregunta:
¿en qué momento la paz terminó convertida en comodidad para el victimario y en resignación para la víctima?
Yo entiendo que hubo un acuerdo y que el país necesitaba buscar una salida al conflicto. He estudiado políticas públicas, DDHH como ciencia; Sé que un Estado necesita instituciones, reglas y seguridad jurídica. Pero también sé algo muy sencillo: una política pública pierde legitimidad cuando deja de ser justa para la gente.
A las víctimas nos pidieron paciencia, perdón, comprensión y sacrificios por la paz. Pero uno mira lo que está pasando y pareciera que los sacrificios siempre los tenemos que hacer nosotros. Ellos reciben beneficios, hacen política, viajan y aparecen en eventos. Mientras tanto, muchas víctimas siguen esperando reparación, verdad, seguridad y el regreso de quienes nunca volvieron.
No estoy pidiendo venganza ni persecución. Estoy pidiendo límites, proporcionalidad y respeto. Quien dirigió una organización responsable de secuestros, asesinatos, reclutamiento de menores y desplazamientos no puede ser tratado como si su responsabilidad fuera un asunto menor.
Cada decisión de la JEP manda un mensaje. Cada permiso tiene un significado. Y cada beneficio sin una explicación clara alimenta la sensación de que en Colombia ser victimario termina siendo más conveniente que ser víctima.
Eso destruye la confianza y debilita la gobernabilidad. Porque no basta con decir que una decisión es legal. También tiene que ser razonable, justa y entendible para la sociedad.
A nosotros nos tocó salir del país por miedo. A ellos les permiten salir con autorización. Esa diferencia lo dice todo.
Yo no hablo desde un escritorio, yo hablo desde el territorio, de lo que conozco, lo que se vive ; que para muchos es normal, pero no sé puede normalizar esa violencia pero si atacar a quien piensa acabarla.
Por eso no puedo quedarme callado. Una cosa es firmar la paz y otra muy distinta es convertirla en una fiesta de beneficios para los mismos que sembraron el terror.
La reconciliación necesita humanidad, pero también justicia. Necesita garantías, pero también límites. Y, sobre todo, necesita recordar que las víctimas no somos una decoración para los discursos ni una cifra dentro de un informe.
Somos personas, somos familias y somos historias marcadas por la violencia. Merecemos, por lo menos, que el Estado piense en nosotros antes de seguir abriéndoles puertas a quienes alguna vez nos obligaron a cerrarlas todas.
Jorge Luis Fuerbringer Bermeo