Inicié mi voluntariado con la Cruz Roja Colombiana Seccional Putumayo en 1985. Luego de graduarme como bachiller del Colegio Nacional Pío XII en 1987, continué durante algunos meses como integrante del grupo de «Rescate» hasta principios de 1988, fecha en la que partí a Bogotá para iniciar mis estudios universitarios.
A mediados de 1989, gestioné mi traslado como voluntario a la Seccional Cundinamarca y Bogotá de la Cruz Roja Colombiana. Allí comencé como instructor asistente en el área de comunicaciones, para luego consolidar mi verdadera vocación: la formación en Primeros Auxilios y Telecomunicaciones para diversas agrupaciones de voluntarios, tanto en Juventud como en Socorrismo. Siempre me esmeré por ser un buen instructor, y así me lo hacían saber mis alumnos, quienes me recibían en el aula con profundo respeto y admiración.

Dentro de esa enriquecedora etapa formativa, uno de mis mayores desafíos ocurrió a finales de 1999 en Saravena, Arauca, donde lideré la formación de 50 integrantes del Ejército Nacional de Colombia. Fueron tres semanas agotadoras pero sumamente exitosas, en las cuales impartí conocimientos esenciales en Derecho Internacional Humanitario (DIH) y Primeros Auxilios. Lograr transmitir estos conceptos en un contexto territorial tan complejo reafirmó mi compromiso con la docencia y con la misión humanitaria de salvar vidas en cualquier escenario.
Con el tiempo, ratifiqué esta vocación al obtener las certificaciones oficiales de la Seccional Cundinamarca y Bogotá como Instructor en Primeros Auxilios Nivel I y II, y como Instructor en Brigadas de Emergencia por parte de la Dirección Nacional de Docencia de la Cruz Roja Colombiana. Con más ahínco continué mi labor en las áreas que dominaba: Telecomunicaciones, Primeros Auxilios y Brigadas de Emergencia. Siempre busqué que los asistentes se divirtieran, participaran y, sobre todo, aprendieran. Fueron muchas las organizaciones que atendí, tanto en representación de la institución como de manera independiente; entre ellas, empresas de gran reconocimiento como Emgesa (El Muña, Paraíso, Guavio), el Grupo Ardila Lülle (RCN Radio, RCN Televisión, Cervecería Leona), Colmena Seguros, Seguros Bolívar, JLT y HL Bio.

En 2004 retorné al Putumayo, donde continué compartiendo mis conocimientos con múltiples empresas de los sectores de hidrocarburos, transporte especial y comercio local. Fue en esta nueva etapa, específicamente en 2006, cuando marcamos un hito al conformar un equipo interinstitucional de rescate en Mocoa, uniendo fuerzas entre la Cruz Roja, la Defensa Civil y el Cuerpo de Bomberos. Con la mirada puesta en las primeras Olimpiadas Nacionales de Búsqueda y Rescate en Armenia, Quindío, iniciamos un riguroso proceso de capacitación integral que abarcó operaciones de emergencias médicas, control de incendios y técnicas avanzadas de salvamento. El mayor logro de mi carrera como instructor, compartido hombro a hombro con los líderes de las otras instituciones, fue alcanzar el segundo puesto a nivel nacional. Superamos a delegaciones de grandes capitales como Bogotá, Medellín o Cali, que contaban con mayor presupuesto y equipamiento, demostrando que la disciplina, el talento y la entrega de nuestra región están a la altura de los mejores del país.
Buscando tecnificar aún más mi perfil, en 2010 inicié estudios profesionales en Salud Ocupacional con la Universidad del Tolima, recibiendo mi diploma en 2015. Esto me acreditó con mayores herramientas para seguir formando en Prevención y Respuesta de Emergencias.
Con la llegada de las redes sociales, el pasado volvió a conectar conmigo. Muchos alumnos de aquellas aulas de la Cruz Roja me contactaban con un afecto intacto: «Mi instructor, aún recuerdo sus enseñanzas; han sido fundamentales para la actividad que realizo actualmente», me escribió un antiguo estudiante que hoy es oficial del Ejército Nacional. «Recuerdo perfectamente los ejercicios prácticos en primeros auxilios y me han servido mucho ahora como brigadista», me comentaba una socorrista que trabaja en la Defensoría del Pueblo. Incluso hace poco, una voluntaria universitaria a quien capacité hace más de 30 años se emocionó al saber de mí y revivió con alegría las charlas compartidas.
Sin embargo, la mayor muestra de reconocimiento y respeto la recibí recientemente por parte de dos instructores activos durante el Taller de Embajadores del Turismo Seguro en Mocoa. En este evento participé como actor de la cadena de valor en las áreas de alojamiento y guianza local, y fue allí donde escuché sus palabras:

«Nosotros siempre le debemos un respeto. Las personas jóvenes, cuando vean a un antiguo o a un mayor, deben agachar la cabeza con deferencia, porque esas poquitas canas que tienen les han pesado y realmente nos han dejado buenas enseñanzas», expresó Néstor Romero, instructor de la Cruz Roja Colombiana. Por su parte, Karen Usaquén, también instructora, afirmó con entusiasmo: «Estoy muy contenta de conocer al profe de mis profes. Es como decir: ‘Ay, yo soy profesora del profesor de mi profesor’; es muy bonito compartir este momento».
Escuchar esas palabras me hizo sentir que, hasta el día de hoy, he honrado mi labor. El reconocimiento de estos jóvenes me llena de energía para seguir preparándome y continuar transmitiendo mis conocimientos a las nuevas generaciones. A mis propios instructores y profesores, mi respeto y admiración eterna por todo aquello que me enseñaron e inculcaron en el camino.