Comprensión de lectura

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La otra paz, la que se escribe con P mayúscula, la mundial y la colombiana, no solo no existe, sino que es inalcanzable con nuestra mentalidad actual.

Yo creo que la única paz posible es la mental, que no es otra cosa que poner la cabeza en la almohada al final del día y quedarnos dormidos diez minutos después porque no le debemos nada a nadie. Y eso, porque, por muy rectos que queramos ser en la vida, siempre, en algún lado, habrá alguien al que le debamos algo.

La otra paz, la que se escribe con P mayúscula, la mundial y la colombiana, no solo no existe, sino que es inalcanzable con nuestra mentalidad actual. Es una quimera, una vaguedad, hace parte de ese conjunto de ideales por los que llevamos siglos matándonos, como la pasión, la patria, la justicia, el honor, el orgullo y Dios. Lo que sea, con tal de convencernos de que estamos hechos para grandes cosas y no para las eventos más nimios de la vida.

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Y lo que ocurre en Colombia es que nos equivocamos si creemos que el camino hacia la paz comienza dialogando con las Farc en La Habana; eso viene después. El problema es mucho más primario y complejo, y se empieza a solucionar yendo al psiquiatra a ver qué es lo que nos pasa, que la verdad es que estamos bien jodidos de la cabeza.

Acá nos matamos por dos mil pesos porque vivimos en estado de rabia, es una furia que nos viene desde adentro porque no estamos en paz con nosotros mismos. Es como si en algún momento de la historia alguien nos hubiera hecho algo muy malo y anduviéramos por el mundo con el corazón roto, exigiendo una compensación y creyéndonos con derecho para liquidar al que se meta con nosotros. Algo así como recibir una cachetada y devolverla con un tiro, resentimiento puro.

¿Para qué hablar de cese del fuego en el monte, si, según el imaginario colectivo, “el monte”, como le llamamos a ese escenario de guerra, queda por allá lejos y no nos toca? Aunque la paz parezca una misión colectiva, en realidad es una tarea de entre casa. Lo que demostró el incidente de los platos de unos hinchas en un restaurante en Brasil es que es imposible decir que amamos a Colombia si nos odiamos entre colombianos, que en este país muchas veces la gente bien es la gente mal y que la violencia está más cerca de lo que creemos. Vimos en internet el video del incidente, aterrados, pero la verdad es que peleas así hay todos los días en bares y restaurantes de nuestras ciudades, muchas veces protagonizadas por “gente bien”. No hay que irse hasta el Putumayo para ver a colombianos agrediendo a otros colombianos por la razón que sea.

Alguna vez le oí decir a un extranjero que reside acá que Colombia es un país unipensamiento que reacciona con violencia hacia el que opina diferente. Y lo peor es que toca que alguien de afuera nos lo diga, porque los que nacimos acá estamos tan sumergidos en esa realidad que no nos damos cuenta de ella. En Colombia no solo los que andan armados son violentos. Aquí matamos a insultos, a platazos, a balazos y hasta a tuitazos al que piense distinto a nosotros.

Y otra cosa que hay que entender es que la paz no se hace con los iguales. Es muy fácil perdonar a un vecino, a un amigo, a un copartidario, a un familiar. Al que está en la orilla opuesta, al que en teoría no tiene nada que ver con nosotros, a ese es al que hay que aceptar. La armonía se logrará cuando el ‘provinciano’ se entienda con el ‘cachaco’, el ‘oligarca’ con el ‘patihinchado’, la ‘guisa’ con el ‘gomelo’ y la ‘gente bien’ se meta con los ‘ñeros’. Un uribista cenando con un santista sin que vuelen platos, eso es la paz.

Durante el Mundial de fútbol hicimos que nuestro himno se oyera en todo el mundo, lo cantábamos con las vísceras, en especial el final, donde dice: “Comprende las palabras del que murió en la cruz”. Yo veo este país y digo que, dos mil años después, aún no las hemos entendido.

Adolfo Zableh Durán

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