Los jóvenes que quieren ganarle al conflicto

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El Icbf y el Sena apoyan programa que beneficia a menores de edad recuperados de la guerra.

ELTiempo / LAURA SEPÚLVEDA HINCAPIÉ

Abre sus grandes ojos y dice que no hablará. Al final, Gloria Estefany lo intenta y entre una palabra y otra, evidencia que se avergüenza de lo que vivió. Confiesa que en dos oportunidades ingresó por su propia voluntad a las filas de las Farc.

Teme ser señalada pese a que dejó atrás su pasado y se alejó del conflicto armado que se libra en su natal Mocoa, en el Putumayo.

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Mueve sus manos y trata de explicar por qué a sus nueve años fue informante de ese grupo armado en el departamento de Nariño. “Me gustaba y tenía deudas, no le puse atención a nadie”.

Su tío, un respetado guerrillero del frente 29 la sacó del rastro de las Farc cuando apenas cumplía 12 años. Pero a sus 15 años y pese a las suplicas de su pariente regresó a la milicia con tres meses de embarazo.

«Trataron de que abortara pero peligraba mi vida, por eso me dejaron tenerlo y luego tuve que dejarlo con mi mamá cuando mi hijo tenía 6 meses”, narró.

Tras varios meses en la guerra, prefirió cargar a su pequeño, que un fusil y hace cuatro años se entregó en un batallón de Putumayo.

Desde ahí quedó a cargo del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) por ser una militante menor de edad. En menos de 4 años ha tenido varias madres tutoras del Icbf. Ahora vive junto a su hijo de 4 años en un barrio del sur de Armenia.

Richard Estasio tiene 18 años y llegó desde Pasto (Nariño). Admitió que aunque le gustaban las armas ingresó a la compañía ‘Guerreros del Sindagua’ del Eln por una mujer que le gustó. “Un año después ya estaba aburrido y me entregué en un pueblo llamado Satinga”.

También ingresó a los archivos del Icbf como un niño de las Farc. Fue llevado a Tumaco y luego a Medellín hasta que terminó en un hogar sustituto en la capital del Quindío.

Richard sabe que no puede regresar a su hogar, conoce el destino de un desertor como él: la muerte. “Nunca quiero volver allá, aquí estoy muy contento, ahora quiero estudiar sistemas”, afirmó Estasio.

Historias como estas hacen parte de la cotidianidad de un grupo de 20 jóvenes (entre 14 y 19 años) que reciben capacitación del Sena en un proyecto de huertas para niños que pertenecieron al conflicto armado en Colombia.

Diego Valencia, instructor del Sena Agropecuario, regional Quindío y docente de estos jóvenes desde hace dos meses, explica que el propósito de esta iniciativa es enseñarles a cultivar de manera sostenible.

“Aquí desempeñan competencias laborales, ya hicieron dos cursos: siembra de cultivos hortícolas y producción de cultivos urbanos”, y agregó que estos jóvenes “ya están en una edad que es necesario que vayan conociendo algo de la vida laboral”.

Además, el programa que se desarrolla en la Universidad del Quindío, también beneficia a niños que fueron víctimas de explotación infantil, y que son apoyados por el programa Proniño de la Fundación Telefónica.

Uno de esos menores es Jefferson Acevedo, de 15 años. Él cuidaba carros afuera de un centro comercial de Armenia. “Quería tener planta por eso me le volaba a mi mamá los fines de semana”.

Laura Sepúlveda Hincapié
Corresponsal de EL TIEMPO
Armenia
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