Requiem por SELVASALUD

Agustín Ordoñez G.

SELVASALUD era una muy buena empresa, grande y fuerte. Y no lo decimos ahora porque ya está muerta y quizá ya es muy tarde para decirlo, sino porque así era.

Era fuerte. Fue capaz de resistir durante varios años y al mismo tiempo la prestación del servicio junto con la voracidad de sus administradores y contratistas y la indolencia de muchas campañas politiqueras que se financiaron con sus recursos, con la plata de la salud.

SELVASALUD era una empresa grande. Mal o bien le dio trabajo de forma directa e indirecta a muchas personas y a muchos profesionales en todos los municipios de este departamento y de otros, lo que indica que muchas familias dependían de ella. También le dio nombre al Putumayo en otras regiones del país.

El Putumayo parece no haber dimensionado completamente la magnitud de lo que hemos perdido con la quiebra y consecuente liquidación y desaparición o muerte de SELVASALUD.  Pero este departamento debería entenderlo mejor y hacer algo para que esto no se quede así nada más, porque aquí las nuevas generaciones deben ver que nos duele que esto suceda y que estamos haciendo algo para cambiar la maldita costumbre de robárselo todo. Aquí donde campean la pobreza y la falta de oportunidades para nuestros jóvenes profesionales no podemos simplemente enterrarla y olvidarla.

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Quienes sí entienden bien esta pérdida son las muchas familias que quedarán a la deriva, condenadas a la incertidumbre y la desazón porque van a perder su trabajo y su sustento. También lo sentirán los miles de afiliados que serán entregados a cualquier otro operador y sometidos a toda clase de atropellos y manoseos.

Otra empresa putumayense, de las pocas que hemos sido capaces de crear, que es acabada, precisamente por quienes fueron designados para administrarla y preservarla, o sea los mismos putumayenses. Aclarando, eso sí, que todos estos administradores pertenecieron a un mismo partido, porque los demás nunca tuvieron la oportunidad.

En este caso, la muerte de SELVASALUD parece más bien un asesinato y es muy similar al asesinato de las personas.  Mientras los culpables están tranquilos y ya están buscando a quien más matar, los dolientes tratan de salvarla y si no lo logran les toca llorarla, enterrarla y asumir el duelo por la perdida. En los últimos meses vimos a unos pocos dolientes, encabezados por el ex diputado Renato López, hacer hasta lo imposible por tratar de salvar a SELVASALUD, algo que resultó ya imposible. Sus asesinos, los administradores putumayenses, hicieron un trabajo perfecto, la aniquilaron no hubo forma de evitar su muerte. Cuando estaba agonizando apareció quien le propinó el tiro de gracia: los interventores designados por la Super Intendencia de Salud, verdaderos asesinos y depredadores de lo poco que quedaba de la empresa.

El altruismo y esfuerzo realizado por quienes trataron de salvar a la empresa, además de merecer un reconocimiento y gratitud, demuestra que entre la clase política todavía quedan algunos a quienes les duele el Putumayo y el patrimonio que estamos perdiendo.

Al igual que se hace en los sitios donde muere o se mata a alguien, deberíamos colocar una cruz o un monumento, si así se le puede llamar, donde escribamos los nombres de todos aquellos que pasaron administrando la empresa y haciendo los suyo para matarla. Hacer lo mismo en el caso de otras empresas como la Licorera del Putumayo, Dasalud, etc.

Ojalá que esto no vuelva a suceder. Los organismos de control del estado, que no sabemos dónde han estado durante los años que todo esto ha venido sucediendo en sus propias narices, deberían ponerle cuidado a la forma como se administran nuestras entidades departamentales.

AGUSTIN ORDOÑEZ GONZALEZ

 

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