De la deshonestidad y otros demonios

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Ricardo Solarte

Por : Ricardo Solarte

Hace poco discutía con un  amigo sobre los valores que deben regir nuestro andar. Esos que nos llevan a ser una personas intachables, o a formar parte de hechos oscuros que van en detrimento de los intereses de los demás. La conversación surgió porque él me planteaba que se sentía decepcionado de que en su empresa (estatal) se presentaran hechos de corrupción de manera frecuente y que no pasara nada con quienes los cometen.

Palabras más, palabras menos, me dio a entender que “le aburría” la idea de ser honesto porque sería para un “vaciado por siempre” mientras quienes se las dan de “vivos” gozan de las mieles de sus fechorías.  Le dije que era necesario hacer un planteamiento desapasionado de este espinoso tema. En sentido pragmático, quien es un “pillo” piensa y actúa como tal, y es muy probable que robarse los recursos del Estado (que somos todos) no le pese en su consciencia.

Pero ¿qué pasaría si una persona con valores,  como mi amigo, llegase a caer en la tentación de actuar de manera deshonesta? Es muy probable que no vuelva a tener paz consigo mismo nunca más en su vida, pues no me cabe duda de que el mayor regulador de nuestros actos es nuestra propia consciencia. Ella nos felicita cuando hacemos el bien y nos recrimina cuando fallamos a nuestros principios.

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Además, es probable que quien no es un “deshonesto de profesión” tenga muy poco éxito al actuar como tal y se deje pillar muy fácilmente. Por eso es que las cárceles están llenas de quienes vulneraron sus propios principios y “pagaron la primiparada”. Allá difícilmente llegan quienes sin escrúpulos desangran el erario público. Y es más probable que terminen su vida en un “ajuste de cuentas” entre bandidos.

Es cierto que existen unas normas y leyes que deben regular el comportamiento de los seres humanos, de lo contrario este mundo se sumiría en una completa anarquía. Pero, transgredir la ley es igual de grave que quebrantar nuestros propios principios. Lo primero hace que se pierda la libertad y que la sociedad lo juzgue, pero lo segundo carcome el alma y termina matando en vida.

Bien dice la célebre frase del filósofo Lucio Anneo Séneca: “Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”.

Junto con mi amigo llegamos a estas conclusiones:

  • Cuando somos padres tenemos una responsabilidad infinita con la sociedad porque formamos las personas que en el futuro cercano manejarán las riendas de este país.
  • El ejemplo empieza por casa: la rectitud y la honestidad es algo que se aprenden con un discurso coherente entre el decir y el hacer por parte de los padres. Y no es coherente, por ejemplo, hablar de honestidad y a la vez quedarle mal con una plata al vecino o a un familiar. O no pagar los impuestos.
  • Definitivamente el crimen no paga. Tarde que temprano quienes actúan mal, terminan mal. Esa es la ley del universo, uno recoge de lo que siembra.
  • Hay valores y principios que nos inculcaron en casa y que son inquebrantables. Se convierten en nuestra carta de navegación para toda nuestra existencia y nunca dependerán de las circunstancias. Eso de que la ocasión hace al ladrón no aplica para quien la tiene clara.
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