Yo estuve en Mocoa, cuando la azotó una avalancha

Así quedó Mocoa tras la avalancha, provocada por el desbordamiento de tres ríos. / Gustavo Torrijos

Por : Pilar Cuartas Rodríguez (@pilar4as)

En la madrugada del 1° de abril, la capital de Putumayo vivió la peor tragedia de su historia, que dejó más de 320 muertos, 50 desaparecidos y una dolorosa lección: nos faltan planeación urbana y preparación para emergencias.

Llegué a Mocoa (Putumayo) el 2 de abril, un día después de la avalancha que desdibujó a por lo menos 36 barrios de la ciudad. Lo hice en un avión militar, en el que la prioridad eran los bultos de ropa, colchonetas y comida, que se repartirían entre quienes perdieron todo en la peor tragedia del municipio. En el parque principal todavía quedaban rastros de barro. Unas horas antes, la gente despavorida había bajado corriendo de sus casas o arrastrada por el agua hasta allí, donde los más afortunados esperaron a que las olas, acrecidas con piedras y hasta carros, se calmaran.

Me hospedé en una habitación de hotel, donde seis colegas dormimos la primera noche. Conseguir hospedaje era difícil, cientos de personas habían arribado a Mocoa para ayudar a los damnificados y los pocos negocios que quedaban abiertos, sin servicio de agua ni luz, estaban copados. Me instalé y rápidamente llegué a una de las zonas afectadas por la avalancha. Yamit Mera, un voluntario de la Cruz Roja que conocí mientras ubicaba el hotel, se ofreció a llevarme a uno de los lugares de la tragedia: la vereda Junín. Uno de sus mejores amigos, Jeison Aguirre, estaría ahí intentando buscar entre sus escombros lo que un día atrás era su casa.

Foto: Gustavo Torrijos- El Espectador

Saltando entre piedras, llegamos hasta la zona donde la quebrada Taruca todavía corría asustando con enfurecerse. Miembros del Ejército y la comunidad escarbaban con palas para sacar el cadáver de Rudy, de 18 años. Su padre lanzaba gritos de angustia y, aunque su cuerpo le pedía descansar, él seguía arañando el lodo. La noche anterior estaba en la tienda con su hija cuando la avalancha los arrastró.

Yo cargaba en mi morral la edición del extra que publicó El Espectadorese día. Quería buscar al hombre de la foto de portada, que después me enteraría que suscitó debate entre fotógrafos, lectores y en el medio. Era un sujeto de cabello negro, con apariencia juvenil, que cargaba en sus brazos el cuerpo de un niño desnudo y bañado en barro. En ese momento no sabía que el pequeño estaba muerto, pero a algunos les pareció que la foto era cruel, amarillista.

Saqué el periódico en los lugares a los que fui, pero nadie conocía al sujeto. Unos decían que, por las botas, era militar. Otros, que sería bombero o rescatista. Sin embargo, todos, después de preguntar entristecidos si el niño había muerto, me pedían quedarse con el diario, querían ver fotos, leer historias y mirar si había alguien conocido, que creían muerto. Regalé el único ejemplar que tenía y le tomé una foto a la portada con mi celular.

“¿Le parece muy dura esta foto?”, le pregunté a uno de los damnificados en el albergue. Entre ofendido y conmovido, él me llevó hasta una zanja y me dijo: “aquí saqué una pierna mientras buscaba a mi sobrino. En Mocoa vivimos el horror, y el país tiene que saberlo, ustedes tienen que retratarlo”. Me pareció irónico. Los intelectuales del periodismo se escandalizaban, desde la comodidad de sus casas, con una foto real. Y la gente en Mocoa pedía captar todo con la cámara, y mostrarlo sin filtro.

Tres días después de buscar sin éxito al hombre de la foto en el hospital, en los barrios y en el Colegio Pío XII, donde se concentraron todos los organismos de socorro, saqué mi celular en el albergue más grande de la ciudad, el Instituto Tecnológico de Putumayo. Llegué ahí para escribir la historia de Jesús Holguín, un pizzero pastuso que les cocinaba voluntariamente a quienes se quedaron sin casa.

Ahí se me acercó Andrés López y me dijo que, aunque no conocía al hombre de la foto, sí sabía llegar al lugar exacto donde la habían tomado. Era inconfundible, esa pared era la de la cárcel. Nos subimos a su moto y me llegó hasta el sitio. Y tenía la razón. Era la prisión, colindante con el barrio San Miguel, el más afectado con la avalancha. Así que nos imaginamos desde dónde habría caminado e intentamos reconstruir los pasos. Al principio, me pareció que estábamos divagando, las piedras que encontramos en el trayecto eran enormes, varias personas nos caímos tratando de pasarlas y veía imposible que un hombre las hubiese atravesado con un niño en brazos.

Cuando llegamos a la primera casa del barrio, le preguntamos a un joven que intentaba sacar el agua de su casa. “No sé su nombre, pero es el pastor”, dijo él indicando la calle donde estaba la iglesia evangélica Alianza Internacional de Jesucristo. “Un señor, una fe, un bautismo”, se leía en el letrero de la entrada junto a un número de celular. Llamé y me contestó una mujer en Bogotá. Después de explicarle el motivo de mi llamada, me confirmó que conocía al hombre de la portada: “Ay sí, yo vi al pastor Diéver en la portada de El Espectador”. Me dio el contacto de otro pastor en Pitalito, y él me dio, a su vez, las indicaciones para llegar a la casa de su hijo, quien vivía en Mocoa y sabía de Diéver Hernán Ramírez Semanate.

Así contactamos al hombre de la foto. Minutos después, nos encontramos con él en un parque de Mocoa y al siguiente día recorrimos la zona donde había encontrado el cuerpo del niño que, como muchos, perdió la vida en la avalancha. Mientras tanto, el olor a muerto se expandía en la ciudad y los goleros seguían sobrevolando ciertas zonas, dando pistas de dónde buscar cadáveres.

Fuente  : ElEspectador

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