Crónicas de la avalancha – ¡HAY PODER EN JESÚS! (Parte III)

Por Felipe Alfonso Guzmán Mendoza
Carlota Quiroz sonreía sentada en lo más alto de la torre Eiffel, el famoso monumento de París. Abajo, en un potrero, muchas vacas blancas, muy blancas, corrían en fila huyendo de un toro negro de cachos grandes. Fue el sueño de Milena Portilla la noche del jueves 30 de marzo.

Debido a ese sueño, cuando Milena recibió la noticia de la muerte de su mamá en la avalancha, no creyó.

– ¡Mi mamá está viva y vamos por ella!

Javier Samboní, esposo de Milena, buscó linterna y lazo mientras ella subía los niños a la camioneta. Eran cerca de las 12:40 de la noche cuando partieron de Villagarzón a Mocoa.

A esa misma hora, Néstor Ramiro Rosero trataba de convencer a su esposa de que estaba en sano juicio y en plena capacidad de ir al rescate de Carlota. Cenelia lo dejó ir, pero mandó a su hijo Danilo con él.

Los dos grupos de “rescatistas” se encontraron por casualidad a la 1:00 de la mañana en el centro. Dejaron niños y camioneta en sitio seguro y emprendieron camino a Laureles.

Cruzaron el Sangoyaco por el puente cerca del Tobogán que una hora antes estaba imposible. Linterna en mano, Javier echó un vistazo alrededor; cadáveres, vehículos y árboles brotaban con parsimonia de las arrebatadas aguas.

Néstor Ramiro y Danilo no se detuvieron en los 2.500 metros que recorrieron hasta la cárcel, frontera con el desastre. A la 1:30 unos cuantos policías hacían una especie de retén para impedir que las personas ingresaran a la zona de avalancha y una veintena de ambulancias transportaba heridos al hospital. El yerno de Carlota dio unas instrucciones a su hijo y lo dejó allí, burló el precario cordón de seguridad y penetró la oscuridad de la tragedia.

Cinco minutos después, Milena y Javier llegaron a la cárcel. Las luces multicolores de las ambulancias y el reflector del patio del penal iluminaban la calle de la vida. Al fondo, del reino de la muerte emergían unos ángeles cubiertos de barro que arrastraban sus pies por el peso de los heridos que traían a sus espaldas; eran los soldados de la Patria, nobles jóvenes que a esa hora eran capaces de usar todo su vigor, cual cocodrilos en medio del pantano. Varios soldados tuvieron la frustración de haber llegado con su carga muerta, pero no había tiempo para tristezas. Los muertos eran amontonados a un lado de la calle y los heridos llevados al hospital, actividades que coordinaban muy bien los Bomberos y la Defensa Civil.

Milena vio la escena y por un momento sintió terror, pero Javier la reanimó.

– Su mamá es una abeja, ella no se deja morir.

Dicen que la fe es el alimento del alma, así que era el momento de ir en busca de la torre Eiffel para salvar a Carlota. Enlazada, brazo con brazo, la pareja esquivó a los policías y desapareció en la penumbra, con el barro al cuello.

 

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