El perdón : el mejor regalo que una víctima se puede dar

316753_10150379819196238_1154493453_nPor Bellean Estela Pantoja Imbachi

Él me prometió que se casaría conmigo, que me amaría para siempre, que tendríamos tres hijos, que compraríamos una hermosa casa con jardines y un carro que alquilaríamos a una empresa petrolera, que haría una especialización en Brasil mientras yo terminaba mi carrera profesional. Estas y muchas más fueron las promesas del día anterior.

La noche anterior estuvimos sentados en el parque General Santander, el principal de mi pueblo, en el que nos expresamos nuestro amor y tomamos la decisión de casarnos en junio del mismo año. Fue un encuentro muy diferente a otros, cargado de expresiones de afecto por parte de los dos, pero que en mi novio no eran muy comunes pues no era tan expresivo. En esa velada planeamos, soñamos nuestro hogar, nuestros hijos y nuestro futuro; fue tan agradable ese encuentro que reímos mucho pensando a quién de los dos se parecerían nuestros retoños y cuáles características físicas heredarían de cada uno.

Todo cambió su rumbo cuando vimos un hombre que se veía agitado y mostraba señales de preocupación y angustia, tanto que llamó nuestra atención. Entonces le dije: “Mira, negrito, ese señor debe tener una preocupación o angustia muy grande; deberíamos preguntarle qué le pasa y ver si podemos ayudarlo… a veces las personas necesitan solo de una voz de aliento o que se les muestre la otra cara del problema… ¡es que parece un alma en pena!”. Mientras decidíamos qué hacer, el señor desapareció de repente y no lo veíamos en ninguna de las calles aledañas al parque; esto nos causó inquietud, pero dejamos el asunto ahí. Traigo esto a colación porque creo que algunas veces la muerte es gentil con algunos y anuncia su llegada.

Al día siguiente habíamos quedado de ir a la santa misa, como lo hacíamos todos los domingos sin falta. Fuimos muy temprano a la parroquia del barrio y participamos de la ceremonia antes de acudir a las votaciones. Ese día mi novio se había quedo en Mocoa ya que se le hacía muy tarde y era peligroso regresar hacia Villagarzón.

El día anterior yo había llegado para apoyar en las elecciones al candidato a la cámara de representantes por el partido Liberal; al igual que muchos estudiantes universitarios, viajé exclusivamente para apoyar con mi trabajo y mi voto. Yo había asumido ser jurado o testigo electoral, hecho que ameritaba un compromiso mayor; por esta razón no lo pude acompañar en su viaje. Me pidió varias veces que me fuera con él, pero antepuse mi compromiso como liberal en un día tan crucial como ese. Él también les pidió a otros amigos que lo acompañaran pues no planeaba demorarse, pero por diferentes razones nadie lo hizo. Lo que sí hice fue comprarle un jugo en botella y pañuelitos húmedos desechables para que se secara el sudor de la frente. Al despedirnos, le dije que lo esperaba y que procurara no demorarse, ya que teníamos programado viajar a Bogotá esa misma noche después de las elecciones.

Trascurrió el día y se acercaba la hora de su regreso, pero nunca llegó. Llamé al número de la empresa donde él trabaja, que permitía la comunicación por radio desde Bogotá con el centro de trabajo en la batería Toroyaco, pero nadie me dio razón de él. Las horas se hacían eternas y nadie me informaba de su paradero o si lo había visto.
Entre la multitud alguien comentó que las FARC habían hecho un atentado en una vereda cercana, con varios muertos y heridos como resultado, y que además la zona estaba minada. Nadie dio nombres.

Mi preocupación crecía pero en ningún momento relacioné a mi novio con el suceso de las FARC. Alguien que sabía que yo estaba esperando saber de mi novio, se acercó y me dijo: “No sé si lo que le diga es totalmente cierto, pero en el atentado hay un carro rojo y su novio andaba en un carro rojo; no sé si ahí estaba su novio… dicen que hay heridos”. Ese comentario cambió mi vida.

Empecé a indagar y nadie daba razón; llamé nuevamente a la empresa para que lo contactaran por radio pues tenía un dispositivo de comunicación en su carro, pero no pude obtener información alguna. Empecé a llamar y a visitar a los bomberos, la Cruz Roja, la policía, el ejército, a mi familia y amigos para que me ayudaran a indagar, pero no encontraba respuesta. El tiempo fue pasando y mi desesperación aumentaba. Le pedí a dos familiares que me llevaran al sitio de los hechos pero la respuesta fue que el terreno estaba minado y no podían correr semejante riesgo. El Ejército Nacional me dijo que querían evitar una emboscada ya que, según fuentes confiables, la guerrilla estaba en la zona. En la Policía Nacional me dijeron que había que esperar a un operativo o salida de reconocimiento a las tres de la mañana.

Sentía una necesidad apremiante de saber de él, y al ver que las horas pasaban y no aparecía, concluí que era su carro el que habían visto en el lugar del atentado… nunca había sentido un dolor tan grande en mi vida.

En mi desesperación le pedí a mi madre que me acompañara caminando hasta la zona… pensé que tal vez él estaba herido y necesitando asistencia, y yo podía ayudarlo; había sido voluntaria juvenil de la Cruz Roja y tengo conocimientos en primeros auxilios. Mi mamá me dijo: “No te adelantes a los hechos; más bien ponte a orar y esperemos que él aparezca, o que alguien nos dé información. Ten esperanza y fe pero no arriesgues tu vida; no vayas a agrandar las cosas”. Recuerdo que con mucho amor ella me cubrió la cama de almohadas y me hizo sentarme rodeada de ellas para que descansara un poco mientras orábamos; mis hermanas, algunos amigos y vecinos estaban ahí conmigo; fueron tan pronto se enteraron de lo que estaba ocurriendo.

Le dije a mi madre que la familia de mi novio tenía el derecho a saber lo que estaba pasando, así que llamé a una de sus hermanas, Rocío, con quien tenía más confianza; le dije que no sabía si él había sido secuestrado, herido o asesinado.

Dos de sus familiares ejercían cargos de elección popular y sé que, sin mayor protección de escoltas, viajaron desde los municipios del Alto Putumayo por una de las carreteras más peligrosas del departamento e incluso me atrevería a decir de Colombia. En la madrugada ellos pudieron corroborar que se trataba de mi novio.

La noticia fue muy dura porque con él murieron mis esperanzas, muchos de mis sueños e ilusiones. Es algo que no se comprende, no se acepta; reniegas, maldices, se te desgarra el corazón. Es entonces cuando empiezas a preguntarte ¿por qué?, ¿por qué él?, ¿cuál es la razón?, ¿qué mal les hacía a ellos?, ¿que tenía que ver él en esos asuntos? En fin, son tantas las preguntas y ninguna la respuesta que calme el alma.

Esa noche muchos sueños como el mío quedaron en el aire, ya que murió también otra persona junto con mi novio. Por culpa de las FARC muchas personas vieron palidecer sus ilusiones pues tuvieron que dejarlo todo, sus pertenencias, sus animales, sus amigos, sus vecinos, sus costumbres y, con ellos, la vida que habían construido.
Con rabia, dolor y tristeza me encontró el amanecer despierta. Me preparé para ver con mis propios ojos la tragedia y presenciar el levantamiento del cadáver; las palabras se quedan cortas para expresar los sentimientos que eso despierta. Mi novio estaba tirado en el piso, totalmente ensangrentado; una de sus piernas parecía una flor de carne y me generó una sensación impresionante pues eran musculosas ya que jugaba fútbol con frecuencia. Incluso días antes, en un partido de futbol en Villagarzón él hizo un autogol y justo llegué en ese momento para darle moral, ya que sus amigos se burlaron y le reprocharon jocosamente por ese hecho.

Ver la frialdad con la que recogieron el cadáver y lo echaron en el platón de una camioneta fue otra de las crudas realidades que viví ante su cuerpo inerte. Grité de dolor y pedí que tuvieran algo de compasión conmigo; lloré más, mucho más y maldije a la guerrilla; me senté en el piso y vociferé en contra de las FARC. Recuerdo que mi madre me dijo en tono suave y tocándome el hombro: “Cálmate que ellos están aquí y te van a oír”, pero no me importó; grité más y sollocé con aún más fuerza, pues quería que me escucharan (igual ocurrió el día del funeral). Según me cuentan, algunos guerrilleros estuvieron ahí.

Su muerte me dolió, como también me entristeció profundamente no haber podido ayudarlo… mi novio murió desangrado, nadie le prestó ayuda. Me atormentó el hecho que por primera vez mi corazón sintiera odio y rencor; me dolió de no haber podido hacer nada por él.

Desde el momento en que supe la verdad, mi madre empezó a hablarme del perdón y de comprender al otro; me dijo que Dios me había quitado un ángel pero que me enviaría otros. Pese a sus esfuerzos, esas palabras no eran suficientes. Me dijo también que no le diera pie al odio y que no albergara rencor; que era mejor orar por el difunto y por sus asesinos. Ella siempre tuvo la filosofía de que si te dan una bofetada debes poner la otra mejilla. Me hizo arrodillar y pedirle perdón a Dios por haber maldecido, y me sugirió que le pidiera paz para mi corazón, dejando todo en manos de la justicia divina. Solo sé que poco tiempo después la mujer que comandó el atentado, conocida con el alias de “la negra” fue asesinada en un combate.

La vida me premió con una familia maravillosa y especialmente con una madre que me inculcó el amor, la caridad y otros tantos valores. Tuve también la fortuna de acudir a un psicólogo de la universidad, quien fue de gran ayuda en mi duelo. A partir de estas circunstancias se afianzó en mí el deseo de ser psicóloga, pues inicialmente fui estudiante de Ingeniería ambiental y sanitaria. Esto me llevó a pensar que, siendo víctima, pude recibir el apoyo, fortuna que muchas víctimas nunca tuvieron ni tendrán.

Pasan los años y el dolor aún persiste después de tanto tiempo y aun estando casada. En algunos momentos de mi vida la aflicción y los recuerdos se apoderan de mí y entonces me pregunto: Dios, ¿cuántos corazones rotos seguirán latiendo sin un verdadero consuelo, sin un verdadero perdón?

He sido testigo de desplazamientos de familias enteras, de mis amigos campesinos con quienes teníamos pendiente un sancocho de gallina y nunca más volví a ver, a líderes hombres llorando y mujeres desesperadas al tener que abandonarlo todo. También he visto a jóvenes que fueron llevados a las filas tanto de las AUC como de la guerrilla; muchos fueron reclutados a la fuerza y otros con la falsa promesa de una vida mejor. No sé qué pasó con algunos jóvenes; solo sé que sus familias desaparecieron.

Soy una más de los cientos de miles de víctimas silenciosas del conflicto, que decidió avanzar y dar lo mejor de sí. Aunque para algunos esto es poco, soy una víctima que avanza sin odios ni rencores; soy una de las que anhela la paz en nuestro País; soy de las que sueña con desempeñarse en espacios públicos y privados para seguir sirviendo a la sociedad colombiana en tiempos de paz; soy una de las víctimas que no aparece en ningún registro (dado que la ley no contempla a la pareja de una víctima como afectada, aunque le hayan truncado su proyecto de vida).

Nuestro país necesita deslegitimar la guerra con el acuerdo de paz, evitando que otros inocentes como nosotros sean víctimas de la violencia descarnada. Algunos critican y otros defienden este proceso; tal vez todos tengan razón y están en su derecho de opinar. Yo me mantengo en que no habrá guerra buena ni paz mala.

La guerra beneficia a muchos, pero la paz en cambio nos pertenece a todos. Por esta razón hoy me premio nuevamente como víctima dándome el mejor regalo, que es el perdón.

Tomado del Facebook

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