Del remo amazónico al remo vikingo : por qué el Putumayo encontró en Noruega un equipo para soñar en el Mundial 2026

Por : Aldo Manco

Hay imágenes que trascienden el marcador. Algunas sobreviven durante décadas porque condensan la identidad de un pueblo, su manera de entender el mundo y de celebrar la vida. En el Mundial de 2026, una de esas escenas no nació de un gol espectacular ni de una atajada imposible. Surgió cuando los jugadores de Noruega, encabezados por Erling Haaland y Martin Ødegaard, terminaron el partido, se sentaron sobre el césped y comenzaron a remar al unísono junto con miles de aficionados. La llamada «Remada Vikinga» dejó de ser una simple celebración futbolística para convertirse en un poderoso símbolo de identidad nacional.

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A miles de kilómetros de distancia, esa imagen encontró un eco inesperado en el Putumayo. Para muchos habitantes de la Amazonia colombiana —indígenas, campesinos y pobladores ribereños— el movimiento de remar no representa una coreografía exótica, sino una práctica cotidiana cargada de memoria y significado.

Durante siglos, los pueblos indígenas del Putumayo han construido su historia siguiendo el curso de los ríos. Mucho antes de que existieran carreteras, los grandes afluentes amazónicos fueron caminos naturales que comunicaron comunidades, facilitaron el intercambio cultural y económico y permitieron la conservación de una extraordinaria diversidad lingüística. En esa geografía húmeda y selvática, remar nunca ha sido únicamente una forma de desplazarse: constituye una expresión de cooperación, resistencia y conocimiento del territorio.

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Por eso no resulta extraño que numerosos habitantes de la región hayan sentido una inmediata identificación con la selección noruega. Aunque los fiordos escandinavos y los ríos amazónicos pertenezcan a mundos aparentemente opuestos, ambos pueblos han construido parte de su identidad alrededor del agua y de las embarcaciones. Los antiguos vikingos navegaron mares helados; los pueblos amazónicos recorrieron inmensos ríos tropicales. En ambos casos, remar significó avanzar juntos.

Esta coincidencia cultural explica, en parte, el entusiasmo con que muchos putumayenses siguieron el inesperado protagonismo de Noruega durante el Mundial de 2026. No se trató solamente del talento de sus jugadores, sino del mensaje colectivo que transmitía aquella celebración: ningún bote avanza si cada remero empuja en una dirección distinta.

Sin embargo, para comprender la dimensión histórica de este fenómeno conviene viajar medio siglo atrás. En 1976, cuando apareció el fascículo «Grandes jugadores europeos (I)» de la Enciclopedia Salvat de los Deportes, Europa vivía otra realidad futbolística. Aquella publicación pretendía reunir a los grandes referentes del continente mediante breves semblanzas biográficas que resaltaban títulos, disciplina, elegancia y liderazgo deportivo.

Vista desde 2026, esa obra constituye mucho más que una colección de biografías: es un documento histórico que revela cómo se construía la memoria del fútbol antes de la globalización digital. Allí aparecen figuras como Amancio, Gordon Banks, Franz Beckenbauer o George Best convertidos en auténticos modelos de excelencia deportiva. Resulta especialmente llamativo el espacio dedicado a Franz Beckenbauer. La enciclopedia lo presenta como el futbolista que había conquistado el mayor número de títulos de prestigio internacional y lo describe como un jugador elegante, sobrio, de extraordinaria inteligencia táctica y dominio absoluto del juego. Incluso recuerda el sobrenombre con el que pasó a la historia: «Kaiser Franz».

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Aquella descripción refleja la manera como el periodismo deportivo de los años setenta construía a sus héroes. La grandeza se medía por campeonatos, liderazgo y comportamiento dentro del campo. Había poco espacio para el espectáculo mediático o la vida privada. Lo importante era la trayectoria deportiva.

Cincuenta años después, el fútbol ha cambiado profundamente. Las redes sociales, la ciencia aplicada al deporte, el análisis de datos y la exposición permanente de los jugadores han transformado la manera de fabricar ídolos. Sin embargo, algunos rasgos permanecen.

Erling Haaland representa, quizá mejor que ningún otro futbolista del Mundial de 2026, esa continuidad entre dos épocas. Las reacciones recopiladas en torno a su figura coinciden en destacar una idea recurrente: más allá de su extraordinario talento goleador, la admiración nace de su disciplina, su preparación física, sus hábitos de entrenamiento y su capacidad para convertir el trabajo cotidiano en resultados extraordinarios.

En este sentido, Haaland guarda una sorprendente cercanía con los héroes descritos por la Enciclopedia Salvat. Si Beckenbauer simbolizaba la inteligencia táctica; Gordon Banks, la seguridad bajo los tres palos; George Best, el talento desbordante aunque marcado por la indisciplina; y Amancio, el liderazgo técnico del Real Madrid, Haaland representa la síntesis contemporánea entre potencia física, preparación científica y eficacia goleadora. No es una copia de aquellos gigantes; es el heredero de una tradición que ha sabido adaptarse al siglo XXI.

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Tal vez por eso resulta insuficiente definirlo únicamente como «el nuevo Messi» o «el nuevo Cristiano». Como afirman muchos aficionados, Haaland es simplemente Haaland: un futbolista que ha construido su propia identidad y que, al igual que las grandes leyendas del pasado, terminará siendo recordado por aquello que hizo diferente a todos los demás.


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