Por : Jorge L. Fuerbringer B.
Yo voté, apoyé y trabajé fuertemente por la campaña de Abelardo de la Espriella. Lo hice de frente, con convicción y sin esconderme. Defendí sus ideas, promoví su mensaje, hablé con la gente y puse mi voz al servicio de una causa en la que creí.

No fui un espectador. Tampoco aparecí al final para tomarme una fotografía o tratar de figurar. Trabajé, acompañé y defendí esta campaña con la frente en alto.
Pero una cosa es reconocer con honestidad el trabajo que uno hizo y otra muy distinta es salir a decir que cientos o miles de ciudadanos votaron gracias a uno.
Haber trabajado por esta campaña no me convierte en dueño de la voluntad de nadie, ni me da derecho a presentarme como el gran responsable de un fenómeno político que nació, creció y se fortaleció por la fuerza de la ciudadanía.
La campaña de Abelardo de la Espriella fue un verdadero fenómeno político. Se vendió sola. Su carácter, sus discursos, su manera directa de hablarle al país y su capacidad para interpretar el cansancio de millones de colombianos despertaron una movilización espontánea que superó estructuras, caciques y viejas maquinarias.
La gente se identificó con su mensaje. Compartió sus discursos, habló con sus familiares, con sus amigos, con sus vecinos y defendió la campaña en las calles y en las redes sociales. Miles de colombianos patriotas hicieron campaña con el voz a voz, sin recibir dinero, sin pedir contratos, sin exigir cargos y sin esperar ninguna recompensa.
Ese fue el verdadero motor de la campaña: la gente.
Por eso causa vergüenza ver ahora a ciertos personajes atribuyéndose triunfos que no les pertenecen. Aparecen diciendo que pusieron miles de votos, que manejan municipios enteros y que fueron decisivos, cuando algunos apenas publicaron dos mensajes, se tomaron unas cuantas fotografías y llegaron cuando todo ya estaba andando.
Eso no es liderazgo. Eso es oportunismo político.
Lo más grave es que quieren convertir el esfuerzo de miles de ciudadanos en una factura para cobrar después. Pretenden utilizar el éxito de esta campaña para acercarse a los próximos candidatos, buscar cargos, contratos, cuotas burocráticas y presentarse ante los ordenadores del gasto con una supuesta fuerza electoral que no les pertenece.
Se apropian de votos ajenos para vender una influencia que no tienen y una representación que nadie les entregó.
Yo sí trabajé por esta campaña y lo digo con claridad y con la frente en alto. Pero no necesito mentir, inventar cifras, exagerar mi participación ni apropiarme de la conciencia de nadie.
Un dirigente político serio reconoce su trabajo, pero también entiende hasta dónde llega su aporte y dónde comienza la libertad del ciudadano.
Los colombianos votaron por Abelardo porque quisieron. Votaron porque se sintieron representados, porque estaban cansados de lo mismo y porque encontraron en su mensaje una posibilidad de cambio. Nadie puede cargar esos votos en una maleta y salir después a negociarlos como si fueran de su propiedad.
La campaña de Abelardo fue grandiosa porque la gente la hizo grande. Fue exitosa porque el mensaje conectó con el país. Fue poderosa porque miles de ciudadanos la defendieron sin pedir nada a cambio.
Que no vengan ahora los falsos líderes, los oportunistas y los mercaderes de la política a colgarse una medalla que no les corresponde.
Los votos no tienen dueño. La voluntad de la gente no se compra, no se hereda y no se negocia.
La campaña de Abelardo de la Espriella no fue el triunfo personal de unos cuantos que hoy quieren aparecer en la fotografía. Fue el grito de miles de colombianos que decidieron hacerse escuchar.
Y ese grito no tiene dueño.
Jorge Luis Fuerbringer