Por : Aldo Manco
La historia de la ganadería colombiana puede leerse como una permanente búsqueda de equilibrio entre la necesidad económica del presente y la responsabilidad de garantizar el futuro. El documento publicado en ESSO Agrícola en 1966, lejos de ser una simple preocupación técnica sobre el sacrificio de ganado, constituye una reflexión profunda sobre la manera como Colombia entendía su riqueza natural, su desarrollo económico y su relación con el territorio.

Alberto Pérez R. advertía hace casi seis décadas que sacrificar animales aptos para la reproducción significaba comprometer la capacidad futura de la ganadería nacional. Para el autor, las hembras reproductoras no eran únicamente animales destinados al mercado; eran la base biológica de una actividad económica considerada fundamental para el país.
Hoy, esa advertencia adquiere nuevos significados cuando se observa desde regiones como el Putumayo, donde la ganadería representa mucho más que una actividad productiva: es una expresión de identidad campesina, una herramienta de economía familiar y un elemento importante dentro de los procesos de construcción territorial. La pregunta que surgía en 1966 sigue siendo vigente: ¿Cómo producir riqueza sin destruir las condiciones que permiten seguir produciendo?
Una de las principales transformaciones entre la ganadería colombiana de mediados del siglo XX y la actualidad es el cambio en la forma de entender la productividad. En los años sesenta, el énfasis estaba puesto en aumentar los inventarios ganaderos y evitar la pérdida de vientres. El problema era principalmente cuantitativo: conservar suficientes animales reproductores para garantizar el crecimiento del hato.
Sin embargo, la ganadería contemporánea enfrenta desafíos más complejos. Hoy no basta con tener más animales. Se requiere: mejorar la calidad genética; aumentar la productividad; adaptar las razas a las condiciones climáticas; proteger los recursos naturales; fortalecer los sistemas de alimentación; garantizar mejores ingresos para los productores. En este escenario, experiencias como las desarrolladas en las ferias ganaderas del Putumayo adquieren una importancia histórica.
La exposición de razas como el Gyr lechero, Girolando, Brahman, Nelore, demuestra que la ganadería regional está vinculada a procesos de innovación y adaptación. Holstein, Jersey y Ayrshire (muy populares en los sistemas de producción del Valle de Sibundoy) Estas razas, reconocida por su capacidad para desarrollarse en ambientes tropicales, representa una búsqueda diferente a la ganadería tradicional: producir más eficientemente aprovechando las características propias del territorio. La ganadería del futuro no puede ser solamente una ganadería de cantidad; debe ser una ganadería de conocimiento.
Durante mucho tiempo, los territorios amazónicos fueron interpretados desde una mirada externa como espacios alejados de los grandes procesos económicos nacionales. Sin embargo, la historia demuestra que regiones como el Putumayo han participado activamente en la construcción económica de Colombia.
La ganadería putumayense tiene características particulares: se desarrolla en un territorio con condiciones ambientales específicas; depende de conocimientos campesinos acumulados durante generaciones; enfrenta retos relacionados con infraestructura, comercialización y asistencia técnica; busca adaptarse a nuevas exigencias productivas y ambientales. Por eso, una feria ganadera no debe verse solamente como un evento comercial. Es también un escenario de memoria.
Allí se encuentran generaciones de productores, familias campesinas, técnicos, comerciantes y organizaciones que construyen una narrativa propia sobre el campo putumayense. Cada animal presentado en una exposición ganadera representa años de trabajo, selección genética, cuidado y aprendizaje. La ganadería, entonces, deja de ser solamente una actividad económica y se convierte en una expresión cultural del territorio.
En este proceso de fortalecimiento de la ganadería regional tiene especial importancia el liderazgo de don Liderman Salazar Cardenas, cuya labor ha contribuido a posicionar la feria ganadera del Putumayo como un espacio de encuentro, promoción y reconocimiento del sector. Su importancia histórica radica en haber entendido que una feria ganadera no es únicamente un lugar para mostrar animales, sino una plataforma para fortalecer la organización productiva, intercambiar conocimientos y proyectar al departamento.
La presencia de ejemplares de Gyr lechero y otras razas refleja una nueva etapa de la ganadería regional, donde los productores buscan combinar tradición e innovación. El campesino ganadero del Putumayo ya no es visto solamente como alguien que ocupa un espacio rural; es un actor económico que participa en procesos de mejoramiento genético, transformación productiva y construcción de nuevas oportunidades. Esta visión conecta directamente con la preocupación planteada en 1966: proteger la capacidad productiva del territorio. La diferencia es que hoy esa protección no depende solamente de conservar animales reproductores, sino de construir sistemas ganaderos más inteligentes y sostenibles.
Desde la historia ambiental, el documento de Alberto Pérez R. permite observar un cambio importante en la forma de comprender la relación entre sociedad y naturaleza. Aunque el texto no utilizaba conceptos actuales como sostenibilidad o cambio climático, sí planteaba una preocupación esencial: la necesidad de conservar la capacidad de reproducción de un sistema productivo. El sacrificio excesivo de hembras reproductoras era entendido como una amenaza porque destruía la posibilidad de renovación del hato.
Hoy esa idea puede ampliarse. La sostenibilidad ganadera implica comprender que la producción depende de múltiples elementos: suelo, agua, biodiversidad, conocimiento campesino, genética animal, equilibrio ecológico. La ganadería del futuro deberá responder a una pregunta fundamental: ¿Cómo mantener una actividad económica importante sin afectar irreversiblemente los ecosistemas que la sostienen? Para departamentos como el Putumayo, donde la relación con la naturaleza es especialmente sensible, esta pregunta adquiere una importancia mayor.
El documento de 1966 tiene una vigencia sorprendente porque muestra que muchos problemas del campo colombiano no son nuevos. La dificultad del crédito rural, la necesidad de políticas diferenciadas para los productores, la importancia de fortalecer las cadenas productivas y el desafío de encontrar equilibrio entre economía y naturaleza siguen formando parte de la agenda nacional.
Pero también muestra algo más importante: Los territorios tienen capacidad de transformar las dificultades en oportunidades. Si en 1966 Colombia veía con preocupación cómo se sacrificaban sus animales reproductores, hoy regiones como el Putumayo muestran una ganadería que busca fortalecerse mediante conocimiento, organización y adaptación.
La historia de la ganadería no es solamente la historia del ganado. Es la historia de las personas que trabajan la tierra, de los territorios que buscan reconocimiento y de las sociedades que intentan construir un futuro posible. Por eso, la advertencia escrita hace casi sesenta años sigue teniendo un profundo significado: Una nación no pierde solamente riqueza cuando sacrifica sus animales reproductores; pierde también la posibilidad de construir futuro. El Putumayo, con su feria ganadera, sus productores y su apuesta por razas adaptadas como el Gyr lechero, demuestra que la respuesta no está únicamente en conservar lo que existe, sino en transformar la manera de producir.
Porque la verdadera riqueza del campo no está solamente en lo que se vende hoy, sino en aquello que se protege para mañana