En el stand de Artes para la paz, del Ministerio de las Culturas, explican cómo música, danza, teatro y tradición oral reúne a las comunidades.

En el stand 137 del Pabellón Colombia, durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá, no todo gira alrededor de libros. También hay tambores, cuatros, cantos, títeres, relatos y ejercicios de creación. El espacio de Artes para la paz, del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, reúne a formadores y sabedores de distintos departamentos para mostrar cómo se enseña arte en zonas urbanas, rurales y apartadas del país.
Según esta cartera, Artes para la paz tiene presencia en los 32 departamentos y en 726 municipios, una cobertura que equivale al 66 % del territorio nacional.
Más que una programación de feria, el stand funciona como una ventana a experiencias que suelen quedar lejos de los escenarios centrales de la cultura. Allí están, entre otros, Sergio Villegas, músico y formador en Cauca; Maryland Núñez, gestora territorial en Casanare; Iván Alexánder Ágreda, formador indígena del Putumayo, y Adrián Alonso Perán Ramírez, sabedor del pueblo Cubeo en Guaviare.
Sus relatos muestran que la educación artística no siempre ocurre en salones convencionales ni con instrumentos comprados en una tienda. A veces empieza con un tambor, con un cuatro, con una lengua nativa, con el permiso de los abuelos o con un trayecto por la selva para llegar a una comunidad.
‘Me transformé para transformar’
Sergio Villegas habla al lado de su tambor. Usa lentes oscuros y cuenta que su relación con la música empezó a los nueve años, en Miranda (Cauca). Pero su historia no se limita a la formación artística. También recuerda momentos difíciles, de decisiones que lo llevaron a enfrentar problemas asociados al consumo de drogas, la ansiedad, la depresión y la baja autoestima.
“A lo largo de mi vida me he empeñado como músico, pero no todo ha sido así. Así como me ve subiendo estas escaleras, estoy subiendo en este momento en mi vida porque he hecho un cambio”, dice.
Hoy trabaja como artista formador en lugares como la institución educativa Holanda, en el municipio de Padilla, a través de la alianza entre el Ministerio de las Culturas y la Universidad del Cauca. Allí enseña desde la improvisación, la percusión y la música.
Para Sergio, el arte hace parte de su propio proceso antes de acompañar procesos con otros. “El programa ha sido fundamental en mi vida, ya que ha sido una fuente casi principal para la transformación que he tenido”, afirma. En la feria, su consejo para quienes se acercan al stand es directo: “Cree en ti y empieza un arte”.
La voz de la mujer llanera
Maryland Núñez llega al stand con sombrero negro, una pañoleta del programa y un cuatro. Es gestora territorial en Yopal, Casanare, y usa la música llanera para explicar el trabajo que se hace en su departamento.

“El programa Artes para la paz ha transformado el territorio casanareño de gran manera, dado que ha llegado a la mayoría de los colegios y establecimientos educativos de mi departamento”, dice.
Su testimonio muestra una dimensión familiar de estos procesos. Para ella, cuando una niña o un niño se acerca a la música, la danza, el teatro o la creación, también se abre una conversación en la casa y en la escuela. La formación artística, en ese sentido, no termina en el estudiante porque puede involucrar a padres, madres, docentes y comunidades.
En Casanare y otros departamentos de la Orinoquía y la Amazonía, parte de estos procesos se desarrolla con artistas formadores vinculados a través de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. El programa, por ejemplo, tiene 381 formadores en Amazonas, Arauca, Caquetá, Meta, Casanare, Guainía, Vaupés, Vichada, Guaviare y Putumayo.
El arte para decir que se está vivo
Iván Alexánder Ágreda habla despacio. Es gestor cultural del Putumayo, indígena y formador en Sibundoy. Durante su paso por la FILBo, varias personas se detienen a escucharlo por la manera en que relaciona el arte con la vida comunitaria.
“Artes para la paz es una oportunidad de que se visibilice el arte como una de las maneras de decir que estamos vivos en un territorio”, dice en una de sus intervenciones.
Iván trabaja con niñas, niños, jóvenes y adolescentes desde la música y la tradición cultural de su comunidad. Para él, enseñar arte no consiste solo en transmitir una técnica. También implica cuidar una memoria y afirmar una identidad.
El arte, dice, permite “sentirnos, primero, como seres humanos con muchos valores y, segundo, llegar con un mensaje de lo que somos, de lo que necesitamos que respeten nuestros espacios porque son fuente de vida”.
Al final de su participación, realiza una ofrenda de tradición indígena para el programa. Con instrumentos de viento comparte sonidos y gestos propios de su territorio. Es una forma de recordar que la educación artística también puede ser un ejercicio de transmisión cultural.
Guaviare y la preservación de las tradiciones
Adrián Alonso Perán Ramírez es indígena del pueblo Cubeo y sabedor en Guaviare. Su trabajo como formador tiene una particularidad: muchas veces implica desplazamientos por zonas selváticas para llegar a las comunidades donde enseña.
En esos territorios, cerca de 60 niñas y niños reciben clases de Artes para la paz con el permiso de sus abuelos. Ese detalle muestra que el aprendizaje no se entiende solo como una actividad escolar, sino como una práctica comunitaria.

“Nos sentimos muy agradecidos porque este programa ha llegado a todos los rincones del país y, en especial, a los más olvidados, que han sido también los territorios y comunidades indígenas”, afirma.
Su trabajo combina música, danza y teatro, pero también preservación cultural. En sus clases, los instrumentos muchas veces son elaborados por la misma comunidad. Ese proceso ayuda a mantener vivas las lenguas nativas, los materiales del territorio y las formas propias de enseñar.
En su caso, enseñar arte también significa proteger una manera de vivir.
Una red de formación en los territorios
Las historias de Sergio, Maryland, Iván Alexánder y Adrián son cuatro ejemplos de una red de artistas formadores, gestores y sabedores que trabajan en procesos de educación artística en distintos lugares del país.
En total, más de 538.332 personas han participado en procesos asociados a Artes para la paz, de acuerdo con cifras del ministerio.
Para desarrollar esa presencia territorial, Artes para la paz cuenta con la participación de instituciones de educación superior como la Universidad del Cauca, la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, la Universidad Industrial de Santander, la Universidad del Magdalena, la Universidad de Caldas y la Universidad de Antioquia.
Esa diversidad de aliados también se refleja en las metodologías. En algunos lugares, el punto de partida es la música; en otros, la danza, el teatro, la creación literaria, las artes visuales o los saberes tradicionales. Lo común es que el arte aparece como una herramienta para reunir personas, transmitir memorias y abrir espacios de confianza.
La presencia del programa en la FILBo 2026 permite que esas experiencias, muchas veces desarrolladas lejos de los grandes centros culturales, se encuentren con públicos de Bogotá. Durante varios días, el stand muestra una parte del país donde la educación artística se cruza con la vida cotidiana de las comunidades.
Un encuentro iberoamericano
La ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes, Yannai Kadamani, anuncia que del 13 al 15 de mayo Bogotá será sede del Congreso Iberoamericano de Educación y Formación Artística y Cultural Artes para la paz.
El encuentro reúne a representantes de distintos países de la región para discutir el papel del arte en la educación integral, el diálogo social y la construcción de paz. También es un espacio para compartir experiencias de formación artística desarrolladas en Colombia y en otros países de Iberoamérica.
Lo que se ve en la FILBo funciona como una antesala de esa conversación: una muestra de cómo la educación artística, cuando llega a las comunidades, puede convertirse en una práctica de encuentro, aprendizaje y transmisión cultural.