Por : Aldo Manco
Cada 23 de abril, en escuelas y colegios de Colombia, se conmemora el Día del Idioma, una fecha asociada a la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, figura central de la literatura en lengua española. En las aulas, su obra más conocida, Don Quijote de la Mancha, es presentada como un pilar de la tradición literaria. Sin embargo, en muchos territorios —especialmente en la Amazonía colombiana— esta conmemoración convive con una realidad inquietante: cada vez menos estudiantes se sienten atraídos por los clásicos.

En el Putumayo, por ejemplo, no es extraño escuchar a docentes afirmar que “a los estudiantes ya no les gusta leer”, o que el Quijote les resulta lejano, difícil, incluso irrelevante. Pero esta percepción, aunque extendida, requiere ser comprendida con mayor profundidad. ¿Se trata realmente de un desinterés por la literatura? ¿O estamos ante una transformación más compleja en la relación entre los sujetos, la palabra y el mundo?
Para entender este fenómeno, es necesario volver al contexto en el que surgió el Quijote. Cuando Cervantes publica su obra a comienzos del siglo XVII, Europa experimentaba profundas transformaciones. El mundo caballeresco —basado en ideales de honor, justicia y aventura— estaba siendo reemplazado por una sociedad más pragmática, donde predominaban el interés económico y la supervivencia.
En ese contexto, Don Quijote aparece como un personaje que no encaja en su época. Se trata de un hombre que “sale al mundo de sálvese quien pueda” con una mentalidad que ya no corresponde a la realidad. Su locura no es simplemente individual: es el reflejo de una tensión histórica entre valores antiguos y nuevas formas de entender la vida.
Desde esta perspectiva, el Quijote es una obra profundamente crítica. No solo parodia los libros de caballería, sino que cuestiona una sociedad que ha perdido sus ideales. En otras palabras, Cervantes escribe desde una crisis cultural. Y es precisamente esa dimensión la que permite establecer un puente con el presente.
En la Amazonía colombiana, la llamada “crisis de la lectura” no puede reducirse a la falta de interés de los estudiantes. Se trata de un fenómeno que involucra factores históricos, culturales y tecnológicos.
Por un lado, la región ha estado marcada por una fuerte tradición oral. Las historias no se transmitían a través de libros, sino mediante la palabra hablada: relatos de abuelos, mitos sobre el origen del mundo, narraciones sobre el río y la selva. En este sentido, el problema no es la ausencia de narrativas, sino la distancia entre esas formas de contar y la literatura escolar.
Un docente de Mocoa lo explica así: “El estudiante sí escucha historias, sí imagina, pero no necesariamente en un libro. El problema es que la escuela a veces impone textos que no dialogan con su realidad”.
Por otro lado, el acceso a la tecnología ha transformado radicalmente los hábitos culturales. El celular se ha convertido en una herramienta central en la vida cotidiana, incluso en zonas rurales. Videos, redes sociales y mensajes instantáneos ofrecen formas de entretenimiento más inmediatas que la lectura tradicional.
Una madre de familia en el bajo Putumayo lo resume con claridad: “Antes uno decía ‘lea un libro’; ahora compite con el celular. Y el celular siempre gana”.
Sin embargo, atribuir la crisis de la lectura únicamente al celular sería un error. Más bien, el dispositivo revela una transformación más profunda en la manera en que las personas se relacionan con el tiempo, la atención y el conocimiento.
La lectura de obras como el Quijote requiere concentración, paciencia y un esfuerzo interpretativo considerable. En contraste, el celular promueve una lógica de inmediatez: contenidos breves, visuales, fragmentados. No se trata de que una forma sea superior a la otra, sino de que responden a ritmos distintos.
En este sentido, el celular no “desplaza” a Cervantes de manera directa. Lo que ocurre es que el mundo en el que Cervantes tenía sentido ha cambiado. Así como Don Quijote parecía fuera de lugar en su época, hoy la lectura profunda parece desajustada frente a la velocidad de la vida digital.
¿Por qué el hombre amazónico no se “encanta” con el Quijote? Esta pregunta, planteada con frecuencia en contextos educativos, merece una respuesta cuidadosa. No se trata de una incapacidad o falta de interés por parte de las comunidades amazónicas, sino de una desconexión entre el contenido de la obra y la experiencia vital de los lectores.
El Quijote es una novela profundamente europea, situada en un contexto histórico específico. Sus referencias culturales, su lenguaje y sus preocupaciones pueden resultar ajenos para un joven del Putumayo, cuya realidad está marcada por la selva, el río, el conflicto armado o la economía local.
Un estudiante lo expresa de manera directa: “Profe, ese señor pelea con molinos… aquí no hay molinos”. Esta frase, lejos de ser una burla, revela una distancia simbólica.
Sin embargo, esa distancia también puede convertirse en una oportunidad. Porque, en el fondo, el Quijote habla de temas universales: la lucha entre ideales y realidad, la búsqueda de sentido, la resistencia frente a un mundo adverso. El desafío está en encontrar formas de hacer visibles esas conexiones.
El Día del Idioma no debería ser solo una celebración simbólica. En territorios como el Putumayo, es una oportunidad para preguntarnos qué significa leer, qué historias valoramos y cómo construimos sentido en un mundo cambiante.
Quizás el problema no sea que el celular haya desplazado a Cervantes, sino que aún no hemos aprendido a tender puentes entre ambos. La literatura no necesita competir con la tecnología; puede dialogar con ella.
Al final, como en tiempos de Cervantes, estamos ante una crisis que es también una posibilidad. La pregunta no es si los estudiantes volverán a leer el Quijote, sino cómo podemos hacer que esa lectura —y otras— tengan sentido en sus vidas.
Porque, en última instancia, la literatura no se define por el formato, sino por su capacidad de interpelarnos. Y en ese terreno, tanto el libro como la pantalla pueden ser, si se usan con sentido, caminos hacia la comprensión del mundo.