
*Por: Alexander Africano
Las cifras de víctimas en Putumayo no son un dato más. Son la prueba de una herida histórica que todavía sigue abierta.
Según los reportes conocidos de la Red Nacional de Información, 𝙚𝙡 𝙙𝙚𝙥𝙖𝙧𝙩𝙖𝙢𝙚𝙣𝙩𝙤 𝙧𝙚𝙜𝙞𝙨𝙩𝙧𝙖 𝙘𝙚𝙧𝙘𝙖 𝙙𝙚 𝟭𝟲𝟬 𝙢𝙞𝙡 𝙫𝙞́𝙘𝙩𝙞𝙢𝙖𝙨 𝙥𝙤𝙧 𝙪𝙗𝙞𝙘𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣, 𝙢𝙖́𝙨 𝙙𝙚 𝟯𝟬𝟯 𝙢𝙞𝙡 𝙫𝙞́𝙘𝙩𝙞𝙢𝙖𝙨 𝙙𝙚 𝙤𝙘𝙪𝙧𝙧𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖, 𝙢𝙖́𝙨 𝙙𝙚 𝟭𝟵𝟬 𝙢𝙞𝙡 𝙫𝙞́𝙘𝙩𝙞𝙢𝙖𝙨 𝙙𝙚 𝙙𝙚𝙘𝙡𝙖𝙧𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣 𝙮 𝙢𝙖́𝙨 𝙙𝙚 𝟯𝟵𝟭 𝙢𝙞𝙡 𝙚𝙫𝙚𝙣𝙩𝙤𝙨. Eso no describe un conflicto superado. Describe un territorio profundamente golpeado por la violencia.
Pero hay algo más que debe decirse con claridad. En Putumayo, la victimización no ha sido neutral. 𝙇𝙖𝙨 𝙘𝙞𝙛𝙧𝙖𝙨 𝙢𝙪𝙚𝙨𝙩𝙧𝙖𝙣 𝙦𝙪𝙚 𝙡𝙖𝙨 𝙢𝙪𝙟𝙚𝙧𝙚𝙨 𝙨𝙤𝙣 𝙚𝙡 𝙜𝙧𝙪𝙥𝙤 𝙢𝙖́𝙨 𝙣𝙪𝙢𝙚𝙧𝙤𝙨𝙤 𝙚𝙣𝙩𝙧𝙚 𝙡𝙖𝙨 𝙫𝙞́𝙘𝙩𝙞𝙢𝙖𝙨 𝙪𝙗𝙞𝙘𝙖𝙙𝙖𝙨 𝙚𝙣 𝙚𝙡 𝙙𝙚𝙥𝙖𝙧𝙩𝙖𝙢𝙚𝙣𝙩𝙤. 𝙀𝙨𝙤 𝙨𝙞𝙜𝙣𝙞𝙛𝙞𝙘𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙡𝙖 𝙜𝙪𝙚𝙧𝙧𝙖 𝙩𝙖𝙢𝙗𝙞𝙚́𝙣 𝙩𝙪𝙫𝙤 𝙧𝙤𝙨𝙩𝙧𝙤 𝙙𝙚 𝙢𝙖𝙙𝙧𝙚, 𝙙𝙚 𝙝𝙞𝙟𝙖, 𝙙𝙚 𝙘𝙖𝙢𝙥𝙚𝙨𝙞𝙣𝙖, 𝙙𝙚 𝙡𝙞𝙙𝙚𝙧𝙚𝙨𝙖, 𝙙𝙚 𝙞𝙣𝙙𝙞́𝙜𝙚𝙣𝙖, 𝙙𝙚 𝙢𝙪𝙟𝙚𝙧 𝙙𝙚𝙨𝙥𝙡𝙖𝙯𝙖𝙙𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙩𝙪𝙫𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙡𝙚𝙫𝙖𝙣𝙩𝙖𝙧 𝙨𝙤𝙡𝙖 𝙖 𝙨𝙪 𝙛𝙖𝙢𝙞𝙡𝙞𝙖 𝙚𝙣 𝙢𝙚𝙙𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙙𝙤𝙡𝙤𝙧. Cuando un territorio victimiza más a sus mujeres, no solo fracasa la seguridad: fracasa también la dignidad pública.
Detrás de esas cifras hay una realidad que duele: las mujeres son mayoría entre las víctimas ubicadas en Putumayo, y 𝙢𝙖́𝙨 𝙙𝙚 𝟯𝟲 𝙢𝙞𝙡 𝙫𝙞́𝙘𝙩𝙞𝙢𝙖𝙨 𝙥𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚𝙣 𝙖 𝙥𝙪𝙚𝙗𝙡𝙤𝙨 𝙞𝙣𝙙𝙞́𝙜𝙚𝙣𝙖𝙨. Es decir, la guerra ha golpeado con especial dureza a quienes históricamente también han tenido que resistir el abandono, la exclusión y la indiferencia estatal.
Pero lo más inquietante es que esto no puede leerse solo en pasado. 𝙀𝙣 𝟮𝟬𝟮𝟱, 𝙋𝙪𝙩𝙪𝙢𝙖𝙮𝙤 𝙧𝙚𝙜𝙞𝙨𝙩𝙧𝙤́ 𝟯.𝟬𝟭𝟭 𝙫𝙞́𝙘𝙩𝙞𝙢𝙖𝙨 𝙙𝙚 𝙤𝙘𝙪𝙧𝙧𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖. Eso significa que la afectación no es solo memoria; también tiene expresiones recientes.
Putumayo no puede seguir acostumbrándose a contar víctimas como si fueran paisaje. La paz no se demuestra con discursos. Se demuestra con prevención, protección, reparación real y garantías de no repetición.
Porque este departamento no necesita compasión institucional de momento. Necesita respuestas serias, decisiones firmes y un Estado capaz de estar a la altura del dolor de su gente.
*Consejero de Paz y Defensor de DDHH