
Por : Jorge Luis Fuerbringer B.
Al Putumayo sí lo conocen.
Lo conocen en Colombia y lo conocen fuera del país. Y no solo por lo ilegal con lo que históricamente han querido reducirnos, sino por nuestra gente, por nuestra capacidad y por muchas cosas buenas y bonitas que tenemos.

Nos conocen porque aquí hay profesionales preparados, técnicos, tecnólogos y gente del común que sabe trabajar. Nos conocen por nuestra biodiversidad, por nuestra flora, por nuestra fauna y por nuestras riquezas. Nos conocen porque muchos putumayenses hemos salido del departamento y del país a estudiar, a trabajar y a vivir afuera, y donde hemos estado hemos dejado en alto el nombre del Putumayo.
Eso dice algo muy claro: el Putumayo no carece de talento, carece de oportunidades.
Y voy a decir algo sin rodeos.
El Putumayo no está atrasado. El departamento está es bloqueado.
Bloqueado por una política pequeña, mezquina y vengativa. Bloqueado por una institucionalidad secuestrada por intereses. Bloqueado por una forma de gobernar que no piensa en desarrollo, sino en control. Aquí la crisis no es solo económica: es política, social y moral.
No voy a negar lo evidente: mi apellido es conocido por algunas personas. Mi padre fue político y gobernante en varias ocasiones en el Putumayo y Amazonas. Eso me dio visibilidad, SÍ, pero no me regaló nada. El apellido no abre puertas cuando no te arrodillas. Las puertas se abren o se cierran cuando hablas claro, cuando incomodas y cuando no te prestas para el juego.
Todo lo que he logrado, lo he trabajado yo. Tocando puertas. Muchas se cerraron. Otras ni siquiera respondieron. Algunas se abrieron, no por el apellido, sino por insistir, por no rendirme y por pensar siempre en mi familia y en salir adelante sin deber favores.
Yo no hablo del trabajo desde la teoría. Hablo desde la vida real. Como ejemplo, Mi primer trabajo, cuando salí de México a estudiar a Estados Unidos, fue lavar baños en un hotel de paso, y progresivamente fui ascendiendo. Y lo digo sin vergüenza. Ese trabajo no me hizo menos persona; me enseñó disciplina, responsabilidad y el verdadero valor del dinero. Me enseñó que nadie es más que nadie por tener un cargo grande o un título colgado.
Por eso no miro por encima del hombro a nadie. Respeto al que barre, al que limpia, al que carga, al que atiende, al que vende un tinto, al que se rebusca todos los días. Porque sé lo que es empezar desde abajo.
También conozco la POLÍTICA desde adentro. He trabajado en el Congreso de la República y en administraciones municipales y sé cómo se toman muchas decisiones, cómo se negocian discursos y cómo, muchas veces, los territorios quedan relegados frente a los intereses políticos. Esa experiencia no me volvió cínico. Me volvió claro y directo. Como soy. Sin rodeos. Y desde esa claridad lo digo sin miedo: en el Putumayo todo se politizó. Cada entidad del orden nacional, cada alcaldía y la gobernación están contaminadas por una lógica política enfermiza. Aquí no importa la capacidad, importa a quién conoces. No importa el mérito, importa a quién apoyaste. Y peor aún: si tu familia no estuvo con el gobernante de turno, te juzgan, te cierran puertas y te persiguen.
Eso es persecución política. Eso es corrupción.
Y esa mentalidad es una de las principales razones por las que el Putumayo no progresa.
Aquí se prostituyó el ejercicio profesional. Se obliga a muchos a callar, a alinearse o a arrodillarse para poder trabajar. Así se destruye la institucionalidad y se mata cualquier posibilidad real de desarrollo. Mientras tanto, la gente lucha por empleo, por ingresos, por sostener negocios, por levantar emprendimientos y por romper barreras de discriminación económica. Y el debate político sigue encerrado en sí mismo, diseñado solo para la comodidad interna de los partidos, como si la realidad ocurriera en otro departamento.
Luego todos se quejan de la delincuencia, del hurto y de las economías ilegales. Pero pocos quieren decir la verdad completa: uno de los mayores antídotos contra la violencia es el empleo.
Cuando una persona tiene trabajo y puede llevar sustento a su casa, se aleja profundamente de los caminos ilegales; en su gran mayoría. Pero cuando no hay empleo, cuando no hay ingresos y la necesidad aprieta, los que somos padres, sabemos que es eso y a qué nos enfrentamos . la gente hace lo que sea para sobrevivir, sin importar si el camino es legal o ilegal.
Porque el hambre no espera discursos. Y nuestros hijos no tienen la culpa de nuestras decisiones políticas. Porque la necesidad no entiende de ideologías. El hambre y la necesidad tienen cara de perro. Y cuando hablamos de empleo no hablamos solo de profesionales. Hablamos del técnico, del tecnólogo, del empírico, del campesino, del comerciante, del informal. Del que barre, del que trapea, del que atiende, del que carga. Todos los trabajos son dignos y todos somos indispensables para que la economía funcione.
Por eso siempre he defendido al pequeño y mediano empresario y por supuesto al emprendedor. A los que mueven la economía real del Putumayo. No se puede seguir atacando al que apenas empieza. El emprendedor incipiente no es el problema; es parte de la solución.
Pero también lo digo claro: el camino debe llevar a la formalidad. No con persecución ni castigo, sino con apoyo real, reglas claras e incentivos. Apoyar al empresario formal y al emprendedor formal es apostar por empleo digno, estabilidad y desarrollo sostenible.
Yo no creo en una política de colores cerrados ni de banderas que dividen. Creo en algo mucho más simple y mucho más honesto: LAS NECESIDADES NO TIENEN COLOR POLÍTICO. El hambre no es de izquierda ni de derecha. El empleo no pertenece a ningún partido. El desarrollo no tiene dueño.
Desde lo que he vivido, desde lo que conozco del Estado y desde la gente con la que me rodeo, puedo contribuir al desarrollo del Putumayo sin imponer, sin dividir y sin excluir; sigo haciéndolo desde cualquier esquina. Porque antes de ser político y dirigente social soy un amigo más y padre de familia. Con ideas, con conexiones, con mecanismos productivos y con una visión clara: desarrollo sin miedo y sin persecución.
El Putumayo no necesita salvadores.
NECESITA OPORTUNIDADES.
Necesita instituciones limpias.
Necesita una política que deje de castigar al que piensa distinto y empiece a trabajar para todos.
Ese es el Putumayo que reconozco.
Ese es el Putumayo que defiendo.
Y ese es el Putumayo por el que sigo hablando, aunque incomode.