
Por : Aldo Manco
En las aulas de la Amazonia colombiana la democracia no siempre se aprende en los libros. Con frecuencia se aprende en la experiencia cotidiana: en la discusión respetuosa, en el desacuerdo argumentado, en la construcción de acuerdos y, sobre todo, en la participación. Las recientes elecciones estudiantiles que dieron como resultado la elección de Andres Felipe Bonilla como personero estudiantil, Tomás López Riasco como contralor estudiantil y Ana María Bueno como representante estudiantil ante el Consejo Directivo, para el periodo escolar 2026, constituyen un episodio significativo de esa pedagogía viva que se desarrolla en las instituciones educativas del departamento del Putumayo, en el corazón de la Amazonia colombiana.
A primera vista podría parecer un simple ejercicio institucional: campañas, debates, votaciones y proclamación de resultados. Sin embargo, cuando se observa con atención, lo que ocurre en estas elecciones escolares es mucho más profundo. Se trata de un laboratorio pedagógico donde los estudiantes ensayan —a pequeña escala— las dinámicas de la democracia que luego deberán ejercer como ciudadanos en la sociedad.
Las semanas previas a la elección estuvieron marcadas por discusiones que, vistas desde afuera, podrían parecer menores: cómo hacer campaña sin interrumpir clases, qué medios utilizar para difundir propuestas, qué reglas garantizarían igualdad entre los candidatos. Sin embargo, en esas discusiones se escondía una cuestión fundamental: ¿cómo construir una democracia justa dentro de la escuela?
Los estudiantes debatieron sobre el uso de videos para presentar sus propuestas, sobre la posibilidad de interactuar con los cursos, sobre los límites de la propaganda y sobre la necesidad de garantizar condiciones equitativas para todos los aspirantes. Incluso se discutió la importancia de que las campañas no se basaran en regalos o estrategias superficiales, sino en propuestas concretas para mejorar la vida estudiantil.
Detrás de estas conversaciones se revela algo esencial: la democracia no se improvisa. Requiere reglas claras, acuerdos colectivos y una constante negociación entre libertad y responsabilidad.
En este sentido, el pacto de transparencia firmado por los candidatos representó un momento pedagógico clave. Allí los estudiantes se comprometieron a realizar campañas respetuosas, a evitar prácticas que distorsionaran la participación y a centrar el debate en propuestas reales para la comunidad educativa.
Este tipo de acuerdos son particularmente valiosos en una sociedad donde, con frecuencia, la política adulta ha sido cuestionada por prácticas clientelistas o poco transparentes. En la escuela, en cambio, se intenta sembrar una cultura diferente: la política como servicio y no como ventaja personal.
Finalmente, tras el proceso electoral, los estudiantes eligieron a Andres Felipe Bonilla como personero estudiantil para el periodo 2026. Su elección representa la confianza depositada por sus compañeros para defender los derechos de los estudiantes, canalizar inquietudes y promover iniciativas que fortalezcan la convivencia escolar.
Junto a él, Tomás López Riasco asumió el cargo de contralor estudiantil, una figura clave dentro del gobierno escolar. Su función consiste en promover la vigilancia del uso adecuado de los recursos institucionales, fomentar la cultura del control social y sensibilizar a los estudiantes sobre la importancia de la transparencia en la administración pública.
Por su parte, Ana María Bueno fue elegida como representante estudiantil ante el Consejo Directivo, uno de los órganos más importantes de la institución educativa. Desde allí tendrá la responsabilidad de participar en las discusiones que orientan el rumbo institucional, llevando la voz de los estudiantes a los espacios donde se toman decisiones fundamentales para la comunidad educativa.



Cada uno de estos cargos representa un tipo distinto de liderazgo: defensa de derechos, control social y participación en la toma de decisiones institucionales. Juntos conforman una estructura de participación que permite a los estudiantes comprender las múltiples dimensiones de la vida democrática. Si observamos este proceso desde la perspectiva de la pedagogía dialogante, las elecciones escolares se convierten en un escenario privilegiado de aprendizaje.
En lugar de recibir pasivamente una lección sobre democracia, los estudiantes la experimentan. Discuten reglas, cuestionan decisiones institucionales, proponen alternativas, argumentan sus posiciones y finalmente aceptan el resultado de un proceso colectivo. Esta dinámica refleja una idea central de las pedagogías críticas: la escuela debe ser un espacio donde se aprenda a pensar, dialogar y participar, no solo a repetir contenidos. Cuando los estudiantes debaten sobre cómo organizar una campaña o cómo garantizar equidad entre candidatos, están desarrollando habilidades fundamentales para la vida democrática: deliberar, negociar, escuchar y construir acuerdos.
Para los historiadores y educadores de la Amazonia, estos procesos representan una fuente de reflexión aún poco explorada.
La historia política del país suele narrarse desde los grandes escenarios nacionales: elecciones presidenciales, reformas constitucionales, disputas partidistas. Sin embargo, existe otra historia más silenciosa que ocurre en las aulas, en los consejos estudiantiles y en los gobiernos escolares.
Allí se está formando la cultura política de las nuevas generaciones. En territorios como el Putumayo, donde la diversidad cultural y los desafíos sociales son especialmente complejos, comprender cómo los jóvenes aprenden y practican la democracia resulta fundamental. Las elecciones escolares revelan, por ejemplo, cómo las nuevas generaciones entienden la representación, la participación y la transparencia.
A pesar de sus logros, la democracia escolar enfrenta varios retos.
Uno de ellos es evitar que las elecciones se conviertan en un simple ritual formal. Cuando la participación se reduce a cumplir un requisito institucional, el ejercicio pierde su potencial formativo.
Otro desafío consiste en ampliar los espacios de deliberación real. Las campañas podrían incluir foros estudiantiles, debates abiertos y espacios donde los candidatos confronten sus propuestas.
Finalmente, está el reto de conectar la democracia escolar con los problemas reales del territorio amazónico: el cuidado del ambiente, la convivencia intercultural y la construcción de paz.
Para quienes estudian la historia de la educación en la Amazonia, procesos como este ofrecen un campo de investigación fascinante.
Las elecciones estudiantiles no solo reflejan la vida interna de las instituciones educativas; también muestran cómo se están formando los ciudadanos que en el futuro participarán en la vida política regional. Documentar estas experiencias, recoger testimonios de estudiantes y docentes y analizar sus debates puede ayudar a comprender mejor la evolución de la cultura democrática en territorios amazónicos.
Quizás dentro de algunas décadas, cuando se escriba la historia política del Putumayo contemporáneo, alguien descubra que muchas vocaciones de liderazgo comenzaron precisamente en estos escenarios escolares. La elección de Andres Felipe Bonilla como personero estudiantil, Tomás López Riasco como contralor estudiantil y Ana María Bueno como representante estudiantil ante el Consejo Directivo marca el inicio de una nueva etapa de liderazgo juvenil dentro de la institución.
Pero más allá de los nombres y los cargos, lo que queda es una experiencia colectiva de aprendizaje. Porque la democracia —como bien lo muestran estas elecciones escolares— no se enseña únicamente con discursos. Se aprende practicándola.
Y cada vez que un estudiante argumenta una propuesta, respeta la opinión del otro o deposita su voto con convicción, se está construyendo algo más grande que una elección escolar.
Se está construyendo ciudadanía.
Y, silenciosamente, también se está escribiendo una pequeña pero significativa página de la historia democrática de la Amazonia.