
Por : Aldo Manco
Hablar hoy de democracia escolar en el Putumayo no es un ejercicio meramente normativo ni un ritual administrativo que se repite cada año en las instituciones educativas. Es, más bien, una oportunidad pedagógica profundamente política: la posibilidad de formar sujetos críticos capaces de comprender, cuestionar y transformar las relaciones de poder que atraviesan la vida escolar y social. El Pacto de Transparencia para las Elecciones Estudiantiles 2026 se inscribe justamente en ese horizonte: no como un documento decorativo, sino como un dispositivo pedagógico que interpela a estudiantes, docentes y directivos sobre el sentido mismo de la representación.
El pacto recoge compromisos asumidos por los candidatos a personería y contraloría estudiantil, así como por quienes participan del proceso electoral escolar. En sus respuestas se reiteran palabras como respeto, honestidad, cumplimiento de normas, liderazgo y defensa de los derechos estudiantiles. A primera vista, podría parecer un repertorio previsible, incluso aprendido de memoria. Sin embargo, una lectura crítica permite identificar algo más profundo: el reflejo de una cultura política escolar en construcción, marcada por tensiones entre la norma y la experiencia vivida.
Desde una perspectiva histórico-educativa, la figura del personero estudiantil —institucionalizada en Colombia tras la Constitución de 1991— representa un intento por trasladar los principios de la democracia participativa al ámbito escolar. En el Putumayo, esta figura adquiere un matiz particular: se desarrolla en contextos atravesados por el conflicto armado, la desigualdad territorial, la desconfianza hacia lo público y, al mismo tiempo, por fuertes tradiciones comunitarias de deliberación y liderazgo social.
Las respuestas consignadas en el pacto evidencian una comprensión ética de la democracia: los estudiantes asocian la transparencia con el buen comportamiento individual, el no hacer trampa, el cumplir las reglas. Esta visión, aunque valiosa, también revela un límite pedagógico. La democracia aparece más como un asunto moral que como un proceso colectivo de disputa, negociación y construcción de consensos. En palabras cercanas a De Zubiría, podríamos decir que la escuela ha avanzado en la formación ética, pero aún tiene retos en la formación política crítica.
El pacto insiste, por ejemplo, en el rechazo a la compra de votos, a la difamación y al uso indebido de influencias. Estas preocupaciones no surgen en el vacío. Son, en realidad, ecos de la cultura política nacional y regional, donde prácticas clientelistas y formas de poder informal han dejado huella incluso en los escenarios escolares. Que los estudiantes las nombren es ya un acto de conciencia histórica: reconocen que la democracia se aprende también identificando aquello que la amenaza.
Aquí el papel del modelo educativo resulta central. Una democracia escolar reducida a la elección anual de representantes corre el riesgo de convertirse en simulacro. En cambio, cuando se articula a proyectos pedagógicos, debates en el aula, seguimiento real a las propuestas y rendición de cuentas, se transforma en una experiencia formativa integral. El pacto de transparencia apunta en esa dirección, pero necesita ser acompañado por prácticas institucionales coherentes.
La figura del contralor estudiantil, menos visible que la del personero, aparece en el documento como un actor clave para la vigilancia ética y el control simbólico de los recursos y decisiones escolares. En el contexto amazónico, donde la noción de control social ha estado históricamente ligada a las juntas comunitarias y a las autoridades indígenas, esta figura puede resignificarse como un puente entre saberes cívicos escolares y prácticas comunitarias de cuidado de lo común.
Desde una pedagogía dialogante, el pacto no debería leerse como un contrato cerrado, sino como un texto abierto a la discusión. ¿Por qué los estudiantes entienden la democracia principalmente desde la obediencia a la norma? ¿Qué experiencias previas —familiares, comunitarias, mediáticas— influyen en sus respuestas? ¿Qué silencios aparecen en el documento? Por ejemplo, se habla poco del conflicto, de la exclusión o de las desigualdades internas entre estudiantes. Estos silencios también son históricos y merecen ser trabajados pedagógicamente.
En el Putumayo y la Amazonía, la democracia escolar tiene además un desafío intercultural. Las formas de liderazgo indígena, basadas en la palabra, el consenso y la autoridad moral, dialogan —no siempre sin fricciones— con los modelos representativos occidentales. Incorporar estas experiencias al gobierno escolar permitiría enriquecer el sentido del pacto de transparencia y evitar que se convierta en un simple formato importado.
Mirado en perspectiva histórica, el pacto de transparencia es una fuente valiosa para futuros historiadores de la educación regional. En él se condensan expectativas, miedos y aprendizajes de una generación de estudiantes amazónicos que ensaya, en la escala de la escuela, formas de participación democrática. Preservar estos documentos, analizarlos críticamente y devolverlos a la comunidad educativa es también un acto de memoria pedagógica.
En el presente, el reto para docentes y directivos no es solo garantizar elecciones limpias, sino acompañar procesos: formar en argumentación, promover el disenso respetuoso, exigir rendición de cuentas y reconocer el error como parte del aprendizaje democrático. Para los educadores del Putumayo, esto implica asumir que la democracia escolar no se enseña con discursos, sino con prácticas cotidianas.
El Pacto de Transparencia para las Elecciones Estudiantiles 2026 no es un punto de llegada, sino un punto de partida. Es un espejo donde la escuela puede mirarse críticamente y preguntarse qué tipo de ciudadanía está formando. En una región históricamente marginada de las decisiones nacionales, fortalecer la democracia escolar es también una forma de apostar por un futuro donde la palabra, el diálogo y el control social consciente sean herramientas reales de transformación. En ese horizonte, historiadores y educadores de la Amazonía tienen un papel fundamental: leer, interpretar y acompañar estos procesos como parte viva de la historia educativa regional.