
Por Aldo Manco
El 17 de febrero, cuando el sol comienza a elevarse sobre el valle de Sibundoy y desciende hacia la planicie de Mocoa, el Putumayo no solo celebra una festividad: revive una memoria profunda. El Bëtscnaté, conocido también como el Día Grande o Carnaval del Perdón, no es un simple evento cultural; es una pedagogía ancestral en movimiento, una lección histórica que camina por las calles y entra a las escuelas para recordarnos quiénes somos.
Este año, en Mocoa, la celebración tuvo un gesto simbólico que merece ser narrado con atención: los cabildos indígenas visitaron una institución educativa de la ciudad. Allí intervinieron el taita Alejandro López Agreda y la gobernadora del Cabildo, Kamëntšá-Biya. Sus palabras, recogidas en el encuentro, no fueron discursos protocolarios; fueron una interpelación directa al modelo educativo, a la institucionalidad y a la conciencia histórica del territorio.
En su origen ancestral, el Bëtscnaté estaba íntimamente ligado a los ciclos agrícolas y a la cosmovisión de los pueblos Kamëntšá e Inga. Era el momento de agradecer a la Madre Tierra por las cosechas, de armonizar la comunidad y de cerrar el ciclo anual mediante el perdón colectivo. Las danzas, los cantos, el uso de semillas, flores y plantas sagradas expresaban una relación viva con el territorio: la tierra no era recurso, era ser.
Con la llegada de los españoles, la celebración no desapareció; se transformó. La colonización impuso el calendario cristiano, la catequesis y nuevas jerarquías sociales. Sin embargo, como ocurre con muchas prácticas culturales amazónicas, el Bëtscnaté sobrevivió mediante el mestizaje estratégico: algunos elementos se mezclaron con ritualidades católicas, otros se realizaron en la clandestinidad, y otros se resignificaron. La memoria resistió.

Durante el siglo XX, especialmente en las décadas de fortalecimiento organizativo indígena, el Día Grande se consolidó como emblema identitario. Ya no era solo un ritual espiritual; se convirtió en afirmación política y cultural. Más recientemente, su reconocimiento como patrimonio cultural inmaterial reafirmó su valor, pero también planteó un desafío: ¿cómo evitar que el patrimonio se vuelva espectáculo vacío?
Las voces estudiantiles recogidas durante la jornada revelan algo fundamental: los jóvenes comprenden que el Bëtscnaté no es solo fiesta, sino reconciliación. Hablan del perdón como acto activo, como decisión consciente de “arreglar problemas y no pelearnos”. Entienden que el respeto se practica tratando bien a compañeros y profesores, que la paz se construye evitando la violencia cotidiana.
Aquí emerge una dimensión histórica profunda: el perdón, en el contexto del Putumayo —territorio atravesado por colonización, explotación cauchera, conflicto armado y desplazamientos— no es ingenuidad; es acto de resistencia ética. El Carnaval del Perdón enseña que la comunidad no se sostiene en la negación del conflicto, sino en su tramitación dialogada.

En ese sentido, el Bëtscnaté es una pedagogía dialogante en sí misma. No impone; convoca. No homogeneiza; integra. Permite que niños, jóvenes, mayores y autoridades tradicionales compartan alimentos, danzas y palabras. Es escuela sin muros.
Durante la visita al colegio en Mocoa, el taita Alejandro fue enfático: las instituciones educativas deben hacer prevalecer las culturas vivas que aún existen en el Putumayo. La gobernadora recordó que no se trata de “indios” como categoría folclórica, sino de pueblos con dignidad y conocimiento propio. Estas afirmaciones no son menores. Constituyen una crítica directa a un modelo educativo que históricamente invisibilizó o subordinó los saberes indígenas.
Desde una perspectiva crítico-social, la escena es potente: el cabildo entrando a la escuela urbana invierte la dirección tradicional del poder. Durante siglos, la escuela fue instrumento de homogeneización cultural; ahora, la comunidad indígena la interpela y la invita a dialogar.
¿Qué significa esto para la etnoeducación en la Amazonía? Significa que no basta con incluir contenidos indígenas en el currículo como anexos temáticos. Se requiere transformar la lógica pedagógica: pasar de una educación transmisiva a una educación dialógica, donde el conocimiento ancestral tenga el mismo estatus epistemológico que el saber occidental.
Uno de los aspectos más reiterados por los estudiantes es la relación con la naturaleza. Hablan de agradecer a la Madre Tierra, de usar pétalos y semillas como símbolos de respeto, de reconocer que sin agua y bosque no hay vida. Aunque sus palabras puedan parecer sencillas, contienen una comprensión profunda: la naturaleza no es objeto externo, sino sujeto relacional.
En tiempos de crisis climática y expansión extractiva en la Amazonía, el Bëtscnaté ofrece una lección histórica urgente. Los pueblos Kamëntšá e Inga han sostenido durante siglos una ética del cuidado territorial. La escuela amazónica, si desea ser pertinente, debe integrar esta ética no como discurso ambiental superficial, sino como eje estructural de su proyecto pedagógico.
El modelo educativo en Putumayo no puede seguir reproduciendo imaginarios desarrollistas que separan progreso de territorio. La historia regional muestra que cada ciclo extractivo —quina, caucho, petróleo— dejó profundas heridas sociales y ambientales. El Día Grande, en contraste, celebra el equilibrio.
Las tradiciones cambian, señalan los jóvenes, pero conservan su esencia. Esta afirmación encierra una verdad histórica: la cultura no es fósil, es proceso. El Bëtscnaté de hoy incorpora desfiles más amplios, presencia turística, uso de tecnologías y difusión en redes sociales. Sin embargo, mantiene su núcleo simbólico: el perdón, la unidad, el agradecimiento.
El riesgo contemporáneo radica en la folklorización. Cuando la tradición se convierte exclusivamente en atractivo turístico, puede vaciarse de contenido espiritual. De ahí la importancia de que la escuela actúe como espacio de reflexión crítica: enseñar el Día Grande no solo como evento festivo, sino como proceso histórico de resistencia, mestizaje y resignificación.
El Putumayo actual es territorio plural: pueblos indígenas, comunidades campesinas, población urbana diversa. El Bëtscnaté ha logrado convertirse en puente intercultural. Las comunidades se desplazan al centro de la ciudad como ejemplo de paz y unión. Esta imagen es poderosa: la periferia histórica entra al corazón urbano y lo resignifica.
El aprendizaje para Colombia es claro. En una nación marcada por la fragmentación, el Día Grande demuestra que la reconciliación no es decreto, sino práctica ritualizada y colectiva. No se trata de olvidar diferencias, sino de reconocerse en ellas.
Para quienes amamos la historia del Putumayo y la etnohistoria amazónica, el Bëtscnaté plantea una responsabilidad. No basta con documentar fechas y describir danzas. Es necesario escuchar memorias, dialogar con autoridades tradicionales, comprender los significados internos de los símbolos. La historia regional debe escribirse desde el territorio y con el territorio.
Asimismo, los educadores amazónicos están llamados a repensar su práctica. La pedagogía dialogante implica reconocer al estudiante como sujeto histórico y cultural. Implica abrir el aula a la comunidad, permitir que el cabildo sea también maestro, que el taita y la gobernadora sean coeducadores.
La visita al colegio en Mocoa no fue un acto protocolario; fue una lección histórica en vivo. Mostró que el futuro del Putumayo depende de la capacidad de articular memoria ancestral y educación crítica.
Cuando cae la tarde y las comunidades regresan a sus resguardos, queda en el aire algo más que música. Queda la certeza de que el Día Grande es un recordatorio anual de que la identidad no es herencia pasiva, sino construcción cotidiana.
El Bëtscnaté nos enseña que perdonar es acto político, que la naturaleza es maestra, que la escuela debe dialogar con el territorio y que la historia del Putumayo no puede escribirse sin sus pueblos originarios.
En tiempos donde la Amazonía enfrenta amenazas múltiples, esta celebración emerge como brújula ética. Nos invita a mirar el pasado no con nostalgia, sino con responsabilidad. Porque el Día Grande no es solo memoria; es proyecto de futuro.
Y quizá ahí radica su mayor enseñanza: que la educación en el Putumayo, si quiere ser verdaderamente transformadora, debe aprender a caminar al ritmo del tambor ancestral, escuchar la palabra mayor y entender que el territorio es la primera y más antigua escuela.