
Por : Aldo Manco
El saludo ancestral retumbó en el auditorio escolar con una fuerza que no provenía del volumen de la voz, sino de la memoria que lo sostenía. A pesar del malestar en la garganta, la doctora Gina Coral Pachulcan —médica psiquiatra, mujer indígena, hija de la montaña y del agua— no necesitó alzar el tono. Bastó la palabra justa, el gesto pausado y la convicción de quien sabe que la historia no se explica: se encarna.
El 17 de febrero, cuando algunas instituciones del Putumayo celebran el Día Grande, no se trata simplemente de un carnaval. Es, como ella insistió ante los estudiantes de sexto y octavo, una ceremonia de renovación, un tiempo de reconciliación, un reinicio espiritual que los pueblos Kamëntsá e Inga han preservado durante siglos. Y, sobre todo, es una pedagogía viva.
Históricamente, el Día Grande —o Bëtscnaté en lengua kamëntsá— marca el inicio del nuevo ciclo agrícola. En octubre se siembra; en febrero o marzo se recoge la primera cosecha. El maíz, alimento sagrado, símbolo de abundancia y continuidad, convoca a la comunidad a agradecer y compartir.
Durante generaciones, esta celebración no fue un evento de un día, sino una temporada entera. Las casas se abrían, las familias preparaban chicha, los mayores narraban historias. Pero el corazón del ritual no era la bebida ni el desfile: era el perdón.
Antes de salir a la plaza, el perdón comenzaba en el hogar. Los mayores, depositarios de la sabiduría, tomaban agua y flores. Con el agua limpiaban simbólicamente; con las flores recordaban la alegría y el color de la vida. Cada hijo, cada nieto pasaba al frente para recibir la absolución de sus errores y el compromiso de vivir mejor.
La escena puede parecer sencilla. Sin embargo, encierra una comprensión profunda de la psicología humana y de la ética comunitaria.
Ante los estudiantes, la doctora Coral planteó una pregunta directa:
—¿Cómo se sienten cuando no los perdonan?
Las respuestas emergieron sin filtros: tristeza, rabia, soledad, angustia. Los adolescentes, con esa honestidad que a veces los adultos temen, nombraron el peso invisible que deja el rencor.
Luego vino la segunda pregunta:
—¿Y cómo actúan cuando sienten rabia en el corazón?
“Nos volvemos groseros”, dijo uno. “Nos aislamos”, dijo otro.
En ese diálogo sencillo se condensó una lección que la psiquiatría moderna confirma: la emoción reprimida se transforma en conducta. El resentimiento no resuelto se convierte en agresión o en retraimiento. El Día Grande, comprendido desde esta perspectiva, es una estrategia ancestral de regulación emocional colectiva.
La ortiga, por ejemplo —mal entendida a veces como castigo— es en realidad una planta medicinal. Sus componentes activan la circulación y producen un efecto fisiológico que puede contribuir a la relajación. Pero la doctora fue clara: ninguna planta debe usarse para humillar. La tradición no es violencia; es sanación.
Así, la ceremonia articula cuerpo, mente y comunidad. El perdón no es debilidad. Es fortaleza ética. Es un acto de autonomía emocional.
Uno de los momentos más reveladores del encuentro fue cuando la doctora preguntó cuántos estudiantes se reconocían como indígenas. Algunas manos se alzaron tímidamente. Otras permanecieron abajo, quizás por vergüenza, quizás por miedo a la burla.
La historia del Putumayo no puede comprenderse sin reconocer las heridas del colonialismo. Durante siglos, los pueblos originarios fueron esclavizados, evangelizados a la fuerza, despojados de sus nombres. Muchos apellidos indígenas fueron sustituidos por apellidos españoles. La identidad se ocultó para sobrevivir.
Hoy, en pleno siglo XXI, la discriminación adopta formas más sutiles: la burla en el aula, el estereotipo en los medios, la invisibilización curricular. Como recordó la doctora, cuando ella estudió medicina en Medellín, muchos creían que en el Putumayo todos vivían en taparrabos y sin carreteras. El imaginario colonial persiste.
Aquí es donde el modelo educativo entra en tensión. ¿Qué tipo de escuela hemos construido en la Amazonía? ¿Una que reproduce jerarquías culturales o una que dialoga con la memoria ancestral?
Julian de Zubiría Samper ha insistido en la necesidad de una pedagogía dialogante y crítico-social: una educación que no transmita contenidos de manera vertical, sino que construya sentido a partir del diálogo y la reflexión crítica. La intervención de la doctora Coral fue, precisamente, un ejercicio de pedagogía dialogante. No llegó a imponer una verdad; llegó a preguntar, a escuchar, a problematizar.
El aula se convirtió en espacio de encuentro intercultural.
La palabra “carnaval” puede reducir la celebración a danza y fiesta. Pero el Día Grande es una ceremonia. Tiene rituales, símbolos, jerarquías, memoria histórica. El desfile no es espectáculo; es afirmación identitaria.
Cuando los estudiantes observen los trajes tradicionales, las coronas, los instrumentos, deben comprender que están ante una manifestación cultural que ha resistido exterminios, misiones religiosas y políticas de asimilación. Cada danza es un acto de supervivencia histórica.
Y, sin embargo, la ceremonia no pertenece solo a los indígenas. En la escuela, espacio plural por excelencia, el Día Grande se convierte en oportunidad de aprendizaje colectivo. No se trata de folclorizar la tradición, sino de comprender su sentido ético.
La doctora propuso un ejercicio sencillo: escribir en un papel aquello por lo cual pedir perdón y aquello por lo cual agradecer. El gesto puede parecer mínimo, pero encierra una práctica de autorreflexión que muchas veces falta en nuestros currículos.
La escuela suele evaluar conocimientos cognitivos, pero pocas veces evalúa la capacidad de reconciliación, de empatía, de autorregulación emocional. El Día Grande introduce una dimensión ética que debería atravesar todo el proyecto educativo.
Perdonar no significa justificar el daño. Significa liberarse del peso del rencor. En contextos como el Putumayo —marcado por conflictos armados, desplazamientos y fracturas sociales— el perdón adquiere una dimensión histórica. La región necesita pedagogías de reconciliación.
La pregunta es inevitable: ¿estamos formando estudiantes capaces de dialogar con su pasado y transformar su presente?
Para los historiadores y educadores de la Amazonía, el desafío es doble. Por un lado, deben investigar con rigor los procesos históricos que han configurado la región: colonización, explotación cauchera, misiones religiosas, conflictos armados. Por otro, deben reconocer que la memoria no está solo en los archivos escritos, sino en la oralidad, en la ceremonia, en el canto.
La historia del Día Grande no puede leerse únicamente como dato etnográfico. Es una narrativa viva que articula cosmovisión, economía agrícola, ética comunitaria y salud mental.
La escuela amazónica del siglo XXI necesita integrar estas dimensiones. No basta con celebrar una fecha en el calendario institucional. Es necesario construir un currículo que dialogue con la identidad territorial.
Una pedagogía crítico-social no romantiza la tradición ni la idealiza. La analiza, la contextualiza, la actualiza. Reconoce que las culturas cambian, pero que ciertos principios —como el perdón, la solidaridad y el respeto por la naturaleza— conservan vigencia universal.
En lengua ancestral, dicen los mayores, el objetivo es “vivir bonito”. No es una expresión ingenua. Implica equilibrio con uno mismo, con la familia, con la comunidad y con la naturaleza.
La doctora Coral lo expresó con claridad: el perdón descansa la mente. Y una mente descansada piensa mejor, decide mejor, convive mejor.
Quizás ahí radica la mayor lección del Día Grande para la educación amazónica. En tiempos de competitividad, pruebas estandarizadas y estadísticas de reprobación, la escuela corre el riesgo de olvidar su misión ética.
Celebrar el Día Grande no es suspender clases; es profundizarlas. Es enseñar historia desde la experiencia viva. Es practicar ciudadanía intercultural. Es reconocer que la identidad indígena no es pasado: es presente y futuro.
Cuando el auditorio guardó silencio y la doctora concluyó, el saludo volvió a resonar:
—Puangi. ¿Está bien?
—Allí ya. Estoy bien
No fue solo un eco ritual. Fue un compromiso. Un acuerdo silencioso entre generaciones para no olvidar que la educación en el Putumayo, si quiere ser auténtica, debe dialogar con su tierra, con su memoria y con sus pueblos originarios.
Porque el Día Grande no es un recuerdo folclórico. Es una pedagogía de la reconciliación que la Amazonía ofrece al mundo.