
Por : Aldo Manco
En el Putumayo, donde la selva amazónica dialoga con ríos indómitos y caminos recientes, la escuela ha sido algo más que un lugar de instrucción: ha sido un refugio simbólico, una promesa de futuro y un espacio de recomposición social. La historia de la educación en este territorio fronterizo no puede narrarse únicamente desde decretos oficiales o estadísticas ministeriales. Debe contarse, más bien, desde las experiencias cotidianas de maestras y maestros que llegaron por trochas, desde las aulas improvisadas en salones comunales, y desde los cuadernos donde generaciones enteras aprendieron a escribir su nombre mientras aprendían también a nombrar su territorio.
Durante gran parte del siglo XX, el Putumayo fue concebido por el centro del país como un margen geográfico y político. A la herencia traumática de la explotación cauchera se sumaron procesos de colonización espontánea, economías extractivas, presencia misionera y, más tarde, los impactos profundos del conflicto armado. En ese contexto, fundar una escuela era un acto silenciosamente político. Cada aula abierta implicaba disputar el abandono estatal, ofrecer una narrativa alternativa a la violencia y sembrar la idea —todavía frágil— de que la educación podía ser una vía de dignificación humana.
Mocoa, capital departamental, fue consolidando lentamente una red educativa que reflejaba esas tensiones entre precariedad y esperanza. Instituciones como el Colegio Santa María Goretti emergieron como referentes no solo por su cobertura o continuidad histórica, sino por su capacidad de adaptarse a contextos cambiantes. En sus aulas han convivido generaciones atravesadas por distintos momentos históricos: estudiantes formados durante la bonanza petrolera, jóvenes marcados por la guerra y el desplazamiento, y adolescentes que hoy enfrentan los desafíos de la cultura digital desde un territorio aún golpeado por la desigualdad.
Hablar de la historia educativa del Putumayo exige reconocer que la escuela nunca ha sido un espacio neutro. Ha reproducido, en ocasiones, modelos culturales impuestos desde fuera y jerarquías sociales heredadas; pero también ha sido un lugar de resistencia cultural, de cuidado colectivo y de construcción de sentido. En ese vaivén histórico se inscribe el proyecto institucional de lectura, escritura y oralidad del Colegio Santa María Goretti, conocido como PILEO – “Goretti Lee”. Más que un programa técnico, este proyecto condensa una forma de entender la educación como práctica social situada, dialogante y transformadora.
El énfasis en la lectura, la escritura y la oralidad no es casual en un territorio amazónico. Antes de que llegaran los libros escolares y los planes de estudio oficiales, la palabra ya circulaba por las riberas, las chagras y las cocinas familiares. Historias, consejos, mitos y advertencias tejían un saber comunitario transmitido de generación en generación. Fortalecer hoy las habilidades comunicativas implica también reconocer esa tradición oral y convertirla en aliada del aprendizaje escolar.
Los documentos del área de Lengua Castellana del Santa María Goretti revelan esta sensibilidad pedagógica. El proyecto “Goretti Lee” se propone generar espacios para la práctica lectoescritora, sensibilizar a la comunidad educativa sobre la importancia de la escucha activa y facilitar la comprensión lectora mediante la elaboración de diversos tipos de textos. Estas metas, aparentemente técnicas, dialogan en realidad con una historia más profunda de silenciamientos y exclusiones. Enseñar a leer críticamente en el Putumayo es también enseñar a interrogar la historia del territorio y a reconocer la dignidad de las voces que han sido marginadas.
Desde una perspectiva cercana a la pedagogía dialogante —aunque inscrita explícitamente en un enfoque socio-crítico— estas iniciativas recuerdan que educar no es llenar recipientes vacíos, sino propiciar encuentros significativos entre sujetos que interpretan, argumentan y proponen. La escuela deja así de ser un simple transmisor de contenidos para convertirse en un laboratorio de ciudadanía, donde niñas, niños y jóvenes aprenden a leer el mundo al mismo tiempo que leen palabras.
Las actividades programadas para 2026 en el área de Lengua Castellana son particularmente reveladoras. La charla de sensibilización sobre la escucha activa, prevista para febrero, adquiere una densidad ética especial en una región atravesada por múltiples formas de violencia. Aprender a escuchar al otro, a respetar su palabra y a reconocer su experiencia vital es un acto profundamente político en contextos donde históricamente se ha impuesto el silencio.
La socialización del proyecto PILEO con docentes de todas las áreas refuerza la idea de que la lectura y la oralidad no son responsabilidad exclusiva de un departamento académico, sino prácticas transversales que atraviesan todo el currículo y toda la vida escolar. Esta apuesta por la interdisciplinariedad dialoga con una comprensión amplia de la educación como proceso cultural integral.
La conmemoración del Día del Idioma mediante la fábula como recurso pedagógico constituye uno de los gestos más sugerentes del proyecto. Lejos de reducirse a un homenaje formal a autores canónicos, se propone usar la fábula para reflexionar sobre los roles del estudiante, del docente y de la familia. En una región donde muchas verdades han debido decirse de forma oblicua para proteger la vida, la fábula adquiere un espesor simbólico inesperado como herramienta de pensamiento crítico.
El concurso de ortografía y la oratoria interinstitucional, que integra desde quinto hasta undécimo grado, revelan otra dimensión histórica de la escuela putumayense: la voluntad de elevar la autoestima académica de estudiantes que durante décadas fueron considerados “rezagados” por su origen rural o amazónico. Al darles la palabra, literalmente, la institución reconoce su capacidad de producir significados, de ocupar el espacio público y de dialogar en igualdad de condiciones con otros contextos educativos.
Todo esto se inscribe en una tradición más amplia de educación como herramienta de integración territorial. En el Putumayo, la escuela ha servido para tejer redes entre comunidades dispersas, articular proyectos productivos, culturales y ambientales, y ofrecer una narrativa alternativa a la del abandono estatal. No es casual que muchos líderes sociales, docentes rurales y gestores culturales de la región hayan pasado por aulas donde se aprendía más que gramática o matemáticas: se aprendía a organizarse, a resistir y a soñar.
Desde un enfoque socio-crítico, como el que orienta al Santa María Goretti, la educación no puede desligarse de las estructuras de poder que atraviesan el territorio. Enseñar a leer críticamente implica también enseñar a cuestionar por qué ciertos libros llegan a las bibliotecas escolares y otros no, por qué algunas historias se cuentan en los manuales y otras permanecen en la memoria oral de los abuelos. En este punto, la escuela se convierte en un espacio de disputa simbólica, donde se negocia qué versiones del pasado merecen ser transmitidas.
Aquí emerge con fuerza el valor de la escuela como espacio de construcción de memoria. En una región marcada por desplazamientos forzados, pérdidas y recomposiciones identitarias, la institución educativa puede funcionar como un archivo vivo. Las carteleras mensuales, las conmemoraciones, los proyectos interdisciplinares y las actividades de lectura colectiva no son simples adornos pedagógicos: son dispositivos de memoria que fijan relatos, nombres y experiencias en el imaginario de nuevas generaciones.
Mirada desde esta perspectiva, la historia de la educación en el Putumayo no es solo una historia de carencias, sino de creatividad pedagógica en contextos adversos. Las maestras y maestros que hoy lideran proyectos como “Goretti Lee” heredan una tradición de compromiso silencioso, de innovación modesta pero persistente, y de fe en la palabra como herramienta de humanización.
No obstante, una lectura crítica obliga a reconocer tensiones no resueltas. La estandarización curricular, las pruebas externas y las lógicas administrativas muchas veces chocan con la necesidad de una educación situada, pertinente y culturalmente sensible. El reto para instituciones como Santa María Goretti consiste en sostener su enfoque socio-crítico sin quedar atrapadas en un discurso meramente declarativo.
En este punto resulta iluminador evocar el espíritu de la pedagogía dialogante, al estilo de Julián de Zubiría Samper, para quien el aprendizaje significativo surge del diálogo entre saberes, emociones y contextos. Aunque el modelo institucional no se define en estos términos, la apuesta por la interdisciplinariedad, la lectura crítica y la participación de las familias revela una convergencia ética y pedagógica.
La historia educativa del Putumayo, vista desde una escuela concreta, muestra que los grandes cambios no siempre vienen de reformas nacionales, sino de microdecisiones cotidianas: una maestra que decide leer en voz alta un cuento amazónico, un rector que abre espacio para un proyecto interdisciplinar, un estudiante que se atreve a hablar en público por primera vez.
Cerrar esta reflexión implica lanzar una invitación. A los docentes, para que reconozcan que su práctica cotidiana también es historia en acto, digna de ser narrada, pensada y discutida. Y a los historiadores de la Amazonía, para que se acerquen a las escuelas no solo como fuentes documentales, sino como escenarios vivos de producción de sentido histórico.
Fortalecer el diálogo entre pasado, presente y futuro en la educación putumayense no es un lujo académico, sino una necesidad política y ética. En una región que aún busca sanar sus heridas, la escuela puede seguir siendo ese lugar improbable donde la palabra, el pensamiento crítico y la memoria colectiva se conjugan para imaginar otros futuros posibles.
Porque, al final, educar en el Putumayo no ha sido solo enseñar a leer y escribir, sino enseñar a habitar un territorio herido con dignidad, a nombrar la selva sin miedo y a creer que, incluso en los márgenes, la historia puede escribirse con tinta propia.