Cuando el cuerpo no puede danzar : microhistoria del desordel en el Carnaval Folclórico de Mocoa

Publimayo

Por : Aldo Manco

En los carnavales no solo desfilan carrozas y comparsas: también marchan memorias, tensiones sociales, aprendizajes inconclusos y esperanzas colectivas. El Carnaval Folclórico de Mocoa —joven, híbrido y todavía en construcción— vivió en el reciente desfile del 5 y 6 de enero un episodio que desbordó la alegría para convertirse en motivo de debate público. Los comentarios suscitados por un video difundido en Facebook por Ricardo Solarte Ojeda, con más de 130.000 visualizaciones se transformaron, sin proponérselo, en un archivo vivo de voces populares que hoy permiten al historiador asomarse a una microhistoria del carnaval amazónico contemporáneo. Enlace del video https://www.facebook.com/share/r/1BtR25oLTg/

Este no es un texto para señalar culpables individuales, sino para entender el hecho carnavalesco desde abajo: desde el bailarín que no pudo completar su coreografía, la artesana cuya carroza quedó inmovilizada, el niño que no alcanzó a ver el desfile y el espectador que confundió participación con invasión. En esa suma de pequeñas frustraciones se revela una gran pregunta cultural: ¿qué tipo de carnaval estamos construyendo en Mocoa?

En la tradición carnavalera, el bailarín es un narrador corporal. Sus movimientos no son improvisados: responden a ensayos, ritmos, memorias coreográficas y significados colectivos. Sin embargo, múltiples testimonios coinciden en que el desorden del desfile rompió esa narrativa corporal. El público, agolpado en medio de la senda, impidió el desarrollo normal de las comparsas; algunos artistas fueron cubiertos de espuma, talco o carioca, afectando no solo su visibilidad sino su dignidad como creadores. Aquí el cuerpo carnavalesco dejó de ser celebrado para convertirse en obstáculo. El bailarín ya no danzó para la comunidad, sino que tuvo que abrirse paso entre ella. En términos culturales, esto supone una ruptura grave: el carnaval, que debería suspender jerarquías para crear comunión, terminó anulando al artista.


Publimayo

La microhistoria también se escribe en lo que no avanza. Varias voces recuerdan cómo las carrozas quedaron atrapadas entre multitudes, interrumpiendo el ritmo del desfile. Para los artesanos —quienes trabajan durante meses en silencio— este caos resultó desalentador. Sus obras no fueron apreciadas como relatos visuales, sino usadas como fondos para selfies o superficies para arrojar espuma

La comparación con el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto aparece de manera reiterada en los comentarios, no como simple competencia regional, sino como contraste histórico. Pasto, recuerdan algunos, también fue caos en sus inicios; su actual orden es el resultado de décadas de inversión, pedagogía y construcción cultural. En Mocoa, en cambio, ese proceso apenas comienza.

Una constante en las voces recogidas es la tensión entre responsabilidad ciudadana y limitaciones institucionales. Algunos señalan la falta de cultura del público; otros subrayan la precariedad presupuestal del carnaval, financiado en gran medida por “migajas” del sector privado y con escaso respaldo estatal. Esta dualidad es clave para el análisis histórico: el desorden no es solo un problema moral, sino estructural.

Hubo memoria comparativa: se recordó un carnaval pasado, durante la administración de José Castro, cuando el desfile fue acordonado con apoyo de Defensa Civil y funcionarios municipales, garantizando orden y respeto. Esa evocación no es nostalgia gratuita; es evidencia de que sí es posible organizar, incluso con recursos limitados, cuando hay planificación y voluntad.


Publimayo

No todas las voces condenaron el desorden. Algunos defendieron la cercanía entre público y artistas como parte de la “magia” del carnaval mocoano. Esta postura abre un debate antropológico interesante: ¿el orden mata la espontaneidad? ¿Las vallas convierten la fiesta en espectáculo distante?

La microhistoria permite responder con matices. No se trata de imponer modelos ajenos, sino de reconocer que la cercanía no puede anular el respeto. El carnaval es juego, pero también rito; es desborde, pero no atropello. Cuando el juego impide la danza, deja de ser celebración para convertirse en imposición.

Quizá uno de los aportes más lúcidos de los comentarios ciudadanos es la idea de que el carnaval no se organiza en diciembre ni enero, sino durante todo el año. Sensibilización, formación cultural, pedagogía urbana y diálogo comunitario son mencionados como tareas pendientes. Esta visión conecta directamente con el rol de los historiadores y docentes de la Amazonía.

El carnaval es una escuela abierta de ciudadanía, memoria e identidad. Ignorarlo o reducirlo a logística es perder una oportunidad formativa invaluable. Pensar, incluso, en un Carnaval Amazónico propio, inspirado en la flora, fauna y culturas indígenas del Putumayo, aparece como una propuesta creativa que merece ser tomada en serio.

Este episodio del Carnaval Folclórico de Mocoa no debe archivarse como simple queja en redes sociales. Es un documento histórico del presente, una radiografía cultural que muestra tanto carencias como potencialidades. La microhistoria nos enseña que en los pequeños hechos —un bailarín detenido, una carroza bloqueada, un espectador impaciente— se revelan grandes procesos sociales.

Si el carnaval es espejo de la sociedad, lo ocurrido nos invita a mirarnos sin complacencia, pero también sin desprecio. Se mejora o se mejora, dijo una de las voces. Y esa frase, más que consigna, debería convertirse en método histórico y cultural para quienes aman el carnaval y creen que Mocoa, con tiempo, memoria y trabajo colectivo, puede danzar sin tropiezos hacia su propio futuro festivo.


Publimayo