Desde 2012, comunidades campesinas y afrodescendientes con ayuda de la Universidad de Antioquia construyeron el pregrado de Pedagogía en Ruralidad y Paz, una apuesta para líderes que buscan profesionalizarse sin salir de sus territorios y aplicar lo aprendido allá mismo.

Comunidades campesinas y afrodescendientes de Antioquia, Chocó y Putumayo, construyeron un pregrado único en el país, que integra diferentes disciplinas y saberes que permiten a líderes y lideresas rurales, en especial de zonas afectadas por el conflicto armado, profesionalizarse y aplicar a un amplio campo laboral sin salir de sus territorios.
El pregrado de Pedagogía en Ruralidad y Paz surgió como una demanda de las mismas comunidades campesinas y afrodescendientes que, al ver el éxito de la Licenciatura en Pedagogía a la Madre Tierra para comunidades indígenas que ofrece la Universidad de Antioquia (UdeA), pidieron a la institución un pregrado que no se limitara a lo agropecuario o técnico, sino que les permitiera ser profesionales sin salir de sus municipios y continuar trabajando en sus comunidades.
Según cifras del Ministerio de Educación Nacional, de los 125 municipios de Antioquia, solo 7 tienen una cobertura en educación superior del 50 % o más, y todos corresponden al Valle de Aburrá o a cabeceras subregionales. Mientras que 107 municipios presentan una cobertura inferior al 10 % y, de esos, 74 no cuentan con cobertura.

Un pregrado construido desde la ruralidad
Hader Calderón, coordinador del pregrado, cuenta que el programa se construyó de la mano de las comunidades, a través de diplomados ofrecidos por la Facultad de Educación a líderes y lideresas rurales de Antioquia, Chocó y Putumayo. “Con los diplomados empezamos a establecer unos diálogos que nos permitieron comprender qué es lo que querían, cuál era la educación que querían las personas que habitaban la ruralidad y cómo se pensaban el programa profesional en clave de esas realidades territoriales”, afirma Calderón.
Los diplomados en educación se dictaban a grupos de aproximadamente 25 personas, quienes debían ir luego a sus territorios a hablar directamente con sus comunidades para recoger sus aportes y llevarlos nuevamente a los espacios de formación. Desde 2012 hasta 2021 se realizaron estas dinámicas para construir en conjunto el plan de estudios del pregrado.
El diseño del programa, e incluso los nombres de las materias, reflejan la perspectiva de las comunidades. A partir de ese diálogo, se incluyeron temas como asuntos territoriales, ambientales y productivos, economía social y solidaria, fortalecimiento de liderazgos, salud rural, entre otros. Para ello, se aliaron con otras unidades académicas de la misma universidad como la Facultad de Salud Pública, el Instituto de Estudios Regionales, la Unidad Especial de Paz, la Escuela de Idiomas, la Escuela de Nutrición y Dietética, la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas y la Facultad de Ciencias Agrarias, que complementan la idea de un programa interdisciplinario.

En 2021, el pregrado fue aprobado por el Consejo Académico de la UdeA y en julio de 2022, luego de 10 años de construcción colectiva, fue avalado por el Ministerio de Educación Nacional. La primera cohorte de estudiantes ingresó en 2023-2 en los campus de Amalfi, Urabá y El Carmen de Viboral.
Para ingresar, los aspirantes deben ser bachilleres, haber presentado las pruebas Saber 11 y contar con un aval o respaldo de una organización comunitaria o institución que trabaje en la ruralidad. Los profesionales egresados cuentan principalmente con tres campos de acción: educación rural; gestión de salud territorial y ambiental; y administración, gestión y producción territorial.
“Buscamos que quienes entren aquí asuman que se están formando, pero que tienen una corresponsabilidad con sus propias comunidades. Desde el primer semestre, todo lo que están estudiando tienen que ir a aplicarlo y trabajarlo en su propio contexto”, afirma Hader Calderón.
Alexander Salazar, un joven del Oriente antioqueño que fue desplazado de su territorio por su orientación sexual, ingresó en la primera cohorte en la sede de El Carmen de Viboral. Hoy vive en San Vicente Ferrer y lidera el Colectivo Diverso de ese municipio. Recuerda que veía el campo como una cárcel o un yugo que no le brindaba oportunidades para salir adelante, pero “el pregrado me permitió ver la otra cara de la moneda, de que se puede subsistir del campo, que hay otras formas de relacionarse con la tierra y sobre todo a reconocerme como campesino y parte de la población LGBTIQ+”, confiesa Salazar.

actualmente lidera el Colectivo Diverso en San Vicente Ferrer.
Foto cortesía de la fuente.
El programa cuenta con 165 estudiantes, el 70 % son mujeres rurales y el 90 % son víctimas directas del conflicto armado. El coordinador menciona que a las aulas llegan diferentes grupos de personas como firmantes de paz, militares activos o retirados, indígenas, población LGBTIQ+ y víctimas.
“Algunos estudiantes dicen que el programa ‘es una sala que sana’ porque se reconocen en esas diversidades y, de cierta manera, todos hemos sido víctimas y victimarios”, Hader Calderón.