Más allá de la urnas

Por Jorge L. Fuerbringer Bermeo

A mí me preocupa que el presidente Gustavo Petro esté sembrando dudas sobre el proceso electoral sin presentar pruebas contundentes. Me parece profundamente irresponsable porque estamos hablando exactamente del mismo sistema electoral que validó su propia elección en 2022.

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Cuando ese sistema lo llevó a la Presidencia era confiable. Hoy, porque los resultados no favorecen plenamente a su sector político, aparecen las dudas sobre algoritmos, software y transparencia. No me preocupa que se revisen los votos. Eso debe hacerse siempre. Lo que me preocupa es que se ponga en duda la legitimidad del proceso antes de demostrar que realmente existe un problema.

Y me preocupa más porque quien lo dice no es cualquier colombiano. Es el Presidente de la República. También me llamó la atención que exhibiera públicamente su voto. Todos sabíamos a quién respaldaba. Precisamente por eso esperaba de él más prudencia institucional. Una cosa es actuar como simpatizante político y otra muy distinta actuar como jefe de Estado.

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Mi familia y yo tuvimos que salir del país por causa del conflicto armado. Vi a Colombia desde adentro y también desde afuera. Vi cómo la violencia destruyó familias, frenó regiones enteras y obligó a miles de personas a abandonar todo lo que habían construido. Por eso me cuesta creer en los discursos de supuesto cambio que hablan de justicia, transformación y esperanza, mientras siguen recurriendo a la división, al resentimiento y a la confrontación como herramienta política. Después de vivir las consecuencias de un país fracturado entendí algo muy simple: ninguna sociedad sale adelante cuando sus dirigentes necesitan mantener a la gente enfrentada para sostener un discurso.

Lo que pasó en estas elecciones debería obligar a una reflexión seria. Porque aquí no estamos viendo únicamente un resultado electoral. Estamos viendo el desgaste de una forma de gobernar que llegó prometiendo cambios históricos y terminó atrapada en sus propias contradicciones.

Muchos colombianos simplemente se cansaron. Se cansaron de la pelea diaria, de los discursos interminables y de que les expliquen todos los días por qué las cosas no funcionan mientras los problemas siguen esperando soluciones. Se cansaron de un gobierno que habló de transformación, pero que nunca logró construir la gobernabilidad necesaria para materializarla y que terminó dejando una sensación permanente de improvisación.

La mala gobernabilidad y la pésima gobernanza tienen consecuencias. No son conceptos académicos. Se traducen en inversión que no llega, empleo que no se genera, empresas que frenan proyectos, regiones enteras esperando decisiones y oportunidades que terminan perdiéndose mientras desde el poder se siguen buscando explicaciones para justificar resultados que nunca aparecieron.

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Yo siempre lo he dicho: los países salen adelante cuando existe movimiento económico, cuando el dinero circula, cuando el campesino produce, cuando el comerciante vende, cuando el emprendedor crece, cuando el empresario invierte y cuando la clase media encuentra condiciones para progresar. Ahí es donde nacen las oportunidades reales. Ahí es donde una familia puede construir patrimonio. Ahí es donde un territorio empieza a desarrollarse.

A veces siento que desde Bogotá se habla de un país distinto al que vive la gente en las regiones. Mientras desde el poder se discuten teorías, narrativas e ideologías, en los municipios las preocupaciones siguen siendo las mismas: seguridad, empleo, inversión, producción y oportunidades. La gente no vive de discursos. El de la tiendita no vive de discursos. El campesino no vive de discursos. El emprendedor tampoco.

Petro tiene derecho a defender sus ideas. Lo que no tiene derecho es a poner en duda las instituciones cada vez que la realidad política no le da la razón.

Colombia habló. Y tal vez ya no sea momento de buscar culpables. Tal vez sea momento de que el Gobierno entienda por qué una parte tan importante del país decidió darle la espalda a su proyecto político.

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