Durante décadas, miles de jóvenes indígenas en Colombia han atravesado una lucha silenciosa y brutal para convertirse en profesionales.
Por : Jorge Kuaran – Kontexto Putumayo

Hijos de familias campesinas, comunidades apartadas y territorios históricamente abandonados por el Estado, caminaron horas para llegar a una escuela, sobrevivieron a internados miserables, estudiaron con hambre, enfrentaron discriminación urbana y aun así lograron graduarse como médicos, abogados, ingenieros, comunicadores, administradores, docentes y especialistas.
Muchos de ellos representan quizá la transformación social más profunda que ha vivido el país rural en las últimas décadas, indígenas capaces de dialogar simultáneamente con el conocimiento ancestral y con la ciencia moderna, preparados para dirigir instituciones, construir política pública y administrar territorios complejos como Colombia.
Sin embargo, cuando llega la hora de ocupar espacios de poder real, el sistema político colombiano los ignora.
La izquierda colombiana, que tanto habla de dignidad, inclusión y reivindicación histórica, termina cayendo en una contradicción profundamente ofensiva, prefiere convertir al indígena en un simbolo emocional antes que en una figura técnica-profesional y administrativa.
Acude a rostros útiles y emocionales de compasion para el discurso revolucionario, y no necesariamente cuadros preparados para gobernar, como si lo están los indígenas profesionales.
Y terminan promoviendo figuras decorativas con enormes limitaciones académicas y administrativas, mientras los esfuerzos de cientos de profesionales indígenas altamente preparados permanecen completamente invisibilizados.
Y es que el problema no es el origen humilde de nadie. Tampoco se trata de despreciar a nadie. El problema es que la izquierda de este pais quiere convertir la representación étnica en un espectáculo populista donde el mérito intelectual parece no importarles y la preparación técnica profesional se convierta en una traición de clase.
Resulta paradójico que una izquierda que grita a cada rato y exigen excelencia técnica-profesional en hospitales, ingeniería, aviación o justicia, acepten improvisación cuando se trata de administrar el Estado.
Como si el gobierno de una nación pudiera recaer únicamente sobre discursos identitarios y simbolismos políticos, y la romantización de la ignorancia académica.
Con eso lo que estan produciendo es un fenómeno perverso, mientras las comunidades indígenas hacen esfuerzos gigantescos para formar profesionales, la política nacional continúa premiando perfiles útiles para la narrativa electoral compasiva antes que para la gestión pública seria.
Y eso termina enviando un mensaje devastador a las nuevas generaciones indígenas y a los jóvenes colombianos que luchan por estudiar, cuando les dicen que su esfuerzo intelectual no les garantiza representación politica en este pais; prepararse no garantiza liderazgo; el esfuerzo intelectual puede valer menos que la capacidad de convertirse en emblema o comodin político.
Colombia necesita superar esa visión paternalista del indígena como pieza decorativa del debate ideológico. Los pueblos indígenas no requieren ser exhibidos como trofeos de inclusión. Requieren participación real, poder técnico, acceso institucional y reconocimiento de sus cuadros profesionales. Porque la verdadera reivindicación indígena no consiste únicamente en llevar ruanas o pronunciar discursos veintejulieros de resistencia. Consiste también en que sus profesionales puedan dirigir ministerios, administrar presupuestos, diseñar políticas públicas, liderar universidades, construir ciencia y tecnologoa, y ejercer el poder con competencia.
Y en esa discusión, muchos profesionales indígenas continúan siendo los grandes invisibles de la política colombiana.