Entre la avalancha y el consumo : memorias ambientales de una generación en Mocoa y el Putumayo

Por : Aldo Manco

En las respuestas escritas por estudiantes de grado octavo de una institución educativa de Mocoa aparece, quizá sin que ellos mismos lo adviertan, una pequeña radiografía histórica del Putumayo contemporáneo. No se trata únicamente de ejercicios escolares sobre medioambiente. Son también testimonios de una generación nacida entre las secuelas de la avalancha de 2017, la expansión urbana desordenada, la economía extractiva y la incertidumbre climática. En sus palabras hay miedo, conciencia ecológica, memoria del desastre y una temprana reflexión sobre la relación entre sociedad y naturaleza. Como ocurría en las narraciones sociales que tanto interesaban a Eric Hobsbawm, detrás de las respuestas aparentemente simples se esconden procesos históricos mucho más profundos.

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Durante décadas, el Putumayo fue narrado desde afuera: como territorio de colonización, frontera petrolera, región cocalera o escenario del conflicto armado. Sin embargo, pocas veces se escucha cómo las nuevas generaciones interpretan su propio territorio. Y es precisamente allí donde estas voces escolares adquieren valor histórico. Los estudiantes no hablan desde los libros técnicos ni desde el lenguaje de los expertos; hablan desde la experiencia cotidiana de vivir en una región donde la naturaleza no es un paisaje lejano, sino una presencia constante y, muchas veces, amenazante.

En casi todas las respuestas aparece una idea central: todo está conectado. “Si una de las capas sufre, todo el ecosistema se ve afectado”, escriben varios grupos al referirse a la atmósfera, la hidrósfera, la biosfera y la litosfera. Esa afirmación, sencilla en apariencia, resume una comprensión ambiental profundamente ligada a la vida amazónica. En el Putumayo, la lluvia, los ríos, las montañas y los derrumbes forman parte de la experiencia cotidiana. La naturaleza no es abstracta; es el río crecido, la carretera cerrada, la quebrada que cambia de curso, la humedad que invade las casas o el miedo permanente a una nueva tragedia.

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La avalancha de Avalancha de Mocoa de 2017 aparece repetidamente en los testimonios. Algunos estudiantes la llaman simplemente “la catástrofe”. Otros recuerdan cómo “acabó con la vida de muchas personas” o destruyó gran parte del pueblo. Para quienes crecieron después de aquel marzo de 2017, la tragedia se transformó en memoria heredada: un acontecimiento transmitido por padres, vecinos y sobrevivientes. En las respuestas no hay descripciones técnicas del desastre; hay una preocupación concreta por la prevención, la información y la planificación urbana. Un estudiante propone mover parte del pueblo hacia zonas más seguras; otro habla de sembrar árboles cerca de los ríos; otros sugieren alarmas comunitarias o evitar construir demasiado cerca de las quebradas.

Estas ideas revelan algo importante: la conciencia ambiental en Mocoa no nace únicamente de discursos globales sobre el cambio climático, sino de experiencias históricas locales. La avalancha transformó la manera en que una generación entiende la relación entre sociedad y naturaleza. El desastre dejó de ser visto como un simple fenómeno natural para convertirse en el resultado de múltiples factores: deforestación, urbanización desordenada, falta de prevención estatal y deterioro ambiental.

En este sentido, las respuestas estudiantiles reflejan una lectura histórica intuitiva pero poderosa. Muchos señalan que los factores humanos son hoy más destructivos que los naturales. Hablan de minería, contaminación, consumo excesivo, basura y tala de árboles. Algunos mencionan cómo “la gran demanda de productos” llena de residuos los ríos y ecosistemas. Otros relacionan directamente la industrialización con la destrucción ambiental. Aunque escriben desde un aula escolar, sus palabras evocan discusiones centrales de la historia ambiental contemporánea: el impacto del capitalismo industrial, el extractivismo y la crisis ecológica global.

No es casual que en una región amazónica como el Putumayo estas preocupaciones aparezcan con tanta claridad. Desde mediados del siglo XX, el departamento vivió profundas transformaciones económicas ligadas a la explotación petrolera, la apertura de carreteras, la colonización agrícola y la expansión de cultivos ilícitos. Los bosques fueron convertidos en potreros; los ríos comenzaron a cargar residuos químicos; y muchas comunidades campesinas e indígenas vieron alteradas sus formas tradicionales de relación con la naturaleza. La economía moderna llegó prometiendo progreso, pero también dejó contaminación, desigualdad y fragmentación territorial.

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Sin embargo, entre las respuestas escolares también emerge la esperanza. Los estudiantes proponen campañas de reciclaje, jornadas de limpieza, siembra de árboles, ahorro de agua y proyectos comunitarios. Una carta escrita por dos estudiantes del barrio Jardín denuncia el ruido, la basura y la falta de iluminación, pero al mismo tiempo invita a la comunidad a organizarse colectivamente. Allí aparece otro elemento fundamental: la dimensión ciudadana del medioambiente. Para estos jóvenes, cuidar la naturaleza no depende únicamente del Estado; requiere participación social, acuerdos comunitarios y responsabilidad colectiva.

Resulta llamativo que muchas de las propuestas estén basadas en acciones sencillas: sembrar un árbol por cada árbol talado, reciclar materiales, separar residuos, crear jardines escolares o realizar campañas educativas. Podría parecer ingenuo frente a problemas estructurales como la minería o el cambio climático global. Pero precisamente allí reside su fuerza histórica. Las sociedades no transforman su relación con el ambiente únicamente mediante grandes políticas; también lo hacen a través de prácticas culturales cotidianas. La historia ambiental se construye tanto en los grandes conflictos económicos como en las pequeñas decisiones comunitarias.

Hay además un elemento profundamente humano en estas respuestas. Los estudiantes entienden que el ambiente y la vida humana son inseparables. “Gracias a él tenemos oxígeno, agua y todo lo que consumimos”, escribe una estudiante. Otro afirma que sin la naturaleza “la humanidad se extinguiría poco a poco”. Estas frases, aunque escritas desde la espontaneidad escolar, contienen una reflexión filosófica poderosa: el ser humano no está fuera de la naturaleza, sino dentro de ella.

En tiempos donde el discurso del progreso suele medirse por el crecimiento económico o tecnológico, estas voces juveniles del Putumayo recuerdan algo esencial: toda sociedad depende de un equilibrio ambiental frágil. Y quizás por eso sus respuestas tienen un valor que trasciende el aula. Son documentos de una memoria colectiva en formación. Hablan de una generación que creció viendo derrumbes en la vía Mocoa–Pasto, escuchando relatos de la avalancha y observando cómo los ríos y montañas condicionan la vida diaria.

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La historia del Putumayo no puede seguir escribiéndose únicamente desde la guerra, el petróleo o la colonización. También debe narrarse desde estas nuevas sensibilidades ambientales que nacen en las escuelas, en los barrios y en las conversaciones familiares. Porque, al final, la historia ambiental no trata solo de bosques, ríos o desastres naturales. Trata, sobre todo, de las personas que intentan sobrevivir, comprender y transformar el mundo que habitan.


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