
Por : Alavaro Chaves – Economista
Hay una trampa vieja en la política que los académicos llevan décadas estudiando. Jan-Werner Müller, profesor de Princeton y uno de los especialistas más reconocidos en el análisis del populismo contemporáneo, la describe con precisión en su libro ¿Qué es el populismo? (2016): el populista no propone hipótesis verificables ni metas medibles — hace afirmaciones morales. No dice “voy a reducir el desempleo al 8% en dos años.” Dice “yo soy el único que representa de verdad al pueblo.” La diferencia no es de estilo. Es de fondo.
Esa trampa está en el corazón de la campaña presidencial de Iván Cepeda.
Me tomé el tiempo de leer su programa de gobierno completo. Se llama “El poder de la verdad.” Tiene más de 400 páginas. Lo primero que llama la atención es su estructura: La Silla Vacía — un medio periodístico riguroso que no es de derecha — lo describió así: “la campaña del senador Iván Cepeda recopiló en un documento 64 discursos e intervenciones que ha hecho durante la campaña presidencial. Los textos son un anexo al ‘Poder de la verdad’, el nombre de su programa de gobierno, que no ha sido presentado en su totalidad.”
Dicho de otra forma: el programa de gobierno de Cepeda es una compilación de discursos pronunciados en plazas públicas. Cada capítulo lleva el nombre de la ciudad donde fue leído. No es una descripción malintencionada — es la estructura literal del documento.
Un analista que quiere que Cepeda gane escribió algo revelador sobre ese mismo documento: “su estructura no es muy clara, dado que es una compilación de discursos dados en distintos eventos, y no precisa suficientemente resultados a alcanzar.” Lo que está pidiendo — resultados concretos, indicadores, metas verificables — es exactamente lo que Müller identifica como la marca de la política democrática seria: propuestas que puedan ser evaluadas, refutadas y exigidas por los ciudadanos.
El propio Cepeda lo dice sin rodeos en la introducción de su programa: el objetivo de su gobierno es “continuar la obra de nuestro compañero presidente Gustavo Petro.” Esa es la propuesta central. No una tasa de crecimiento, no un número de empleos, no un plan para el déficit fiscal. La continuidad de un gobierno que dejó el segundo déficit más alto del mundo, el sistema de salud en ruinas y la energía en crisis.
Cuando uno busca en esas 400 páginas las palabras que uno esperaría encontrar en un programa económico serio — inflación, déficit, empleo formal, inversión, metas — no las encuentra. Lo que sí encuentra, repetidas hasta el cansancio, son “revolución”, “extrema derecha”, “neofascismo”, “rebelión.” Müller tiene una explicación para esto: el populista construye su identidad política sobre un enemigo. Sin enemigo no hay relato. Sin relato no hay movimiento. Por eso el programa no necesita proponer nada concreto — solo necesita señalar a quién culpar.
Comparen eso con el programa de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, “Colombia Más Grande 2026.” Tiene 111 puntos numerados. Cada uno incluye una propuesta específica, una cifra y un plazo. Resolver 10 millones de atenciones en salud en los primeros 100 días. Inyectar 9 billones al sistema de salud con destinación específica. Alcanzar crecimiento del 5%. Reactivar la producción de petróleo a un millón de barriles diarios. Se puede estar en desacuerdo con cada una de esas propuestas — eso es lo sano en democracia — pero al menos existen. Son verificables. Son exigibles.
No estoy haciendo un juicio moral sobre Cepeda como persona. Estoy señalando algo que cualquier ciudadano puede verificar leyendo los documentos: uno de los dos candidatos tiene un plan de gobierno con metas concretas y el otro tiene 64 discursos de plaza pública encuadernados.
Colombia en 2026 llega con problemas reales que necesitan soluciones reales. El déficit fiscal más alto en décadas, un sistema de salud al borde del colapso, una crisis energética que se viene encima y una deuda que el país paga más cara que Ucrania — un país en guerra. Ninguno de esos problemas se resuelve con más revoluciones y más enemigos. Se resuelven con planes, con cifras, con personas capacitadas y con la disposición de rendir cuentas cuando los resultados no llegan.
Esa es la decisión que tiene Colombia en mayo.