La plaza y el tiempo : memorias del trabajo en Mocoa

Por : Aldo Manco

Cada primero de mayo, mientras en las grandes ciudades las consignas del Día Internacional del Trabajo se elevan entre marchas y discursos, en la plaza de mercado de Mocoa el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí no hay tarimas ni sindicatos visibles, pero sí una historia viva del trabajo, tejida en silencios, en madrugadas, en manos que pesan, cuentan y resisten. La plaza no es solo un espacio económico: es, ante todo, un archivo humano.

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Escuchar a sus vendedores es adentrarse en lo que E. P. Thompson llamó la “experiencia vivida” de la clase trabajadora. No como una abstracción, sino como una trama de vidas concretas, atravesadas por la necesidad, la dignidad y la persistencia.

Doña Aura Inés Guerrón lleva 18 años vendiendo sombreros, hamacas y capas. Su relato no está cargado de épica, pero sí de una constancia que, vista en perspectiva, adquiere un carácter profundamente histórico. “Cada día es de esfuerzo y dedicación”, dice, como si en esa frase se condensara toda una ética del trabajo popular. Su jornada —de siete de la mañana a cinco de la tarde— no es solo una rutina: es una forma de sostener la vida.

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En su testimonio aparece algo que suele escapar a las estadísticas: la dimensión afectiva del trabajo. Habla de compartir café con otras vendedoras, de la tranquilidad relativa del espacio, de la posibilidad de mostrar la cultura local a los visitantes. En medio de la precariedad, hay comunidad. Y en esa comunidad, una forma de resistencia.

Sin embargo, su relato también deja ver una continuidad inquietante: “desde que empecé a trabajar no ha cambiado nada de la plaza”. Esa aparente inmovilidad no es neutral. Es, más bien, el reflejo de una economía popular que sobrevive sin transformaciones estructurales, incluso después de eventos traumáticos como la avalancha que marcó la historia reciente de Mocoa. La plaza resiste, pero también permanece en un estado de abandono.

Si la historia de Aura Inés habla de estabilidad en la precariedad, la de José Martínez revela la fragilidad de esa misma condición. Vendedor de chicha de chontaduro, migrante desde Ipiales, su vida en la plaza está atravesada por una tragedia íntima: la enfermedad y muerte de su esposa.

Su relato, fragmentado y doloroso, rompe con cualquier intento de romantizar el trabajo informal. Aquí no hay estabilidad, sino incertidumbre. No hay progreso lineal, sino rupturas. Durante un tiempo, incluso tuvo que enviar a su hijo lejos, incapaz de sostener simultáneamente el duelo y la subsistencia. Y, sin embargo, volvió. Como tantos otros trabajadores invisibles, José regresó a la plaza no porque las condiciones hubieran mejorado, sino porque no había otro lugar al cual ir. Su reflexión final —“valoren lo que tienen, que todo se acaba”— no es solo un consejo, sino una síntesis amarga de su experiencia histórica.

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En otro rincón de la plaza, la señora Rubí vende juguetes. Es cabeza de hogar y sostiene sola a su familia con un ingreso mensual que apenas alcanza los 600.000 pesos. Su testimonio introduce una dimensión clave en la historia del trabajo: la feminización de la pobreza.

A diferencia de otros relatos donde el trabajo se presenta como una fuente de orgullo, en su caso aparece con claridad el desgaste. Su presupuesto mensual revela una economía al límite, donde cada gasto está calculado y donde no hay margen para el ocio ni para la acumulación. “El dinero no alcanza”, dice con tristeza.

Aquí la historia oral se cruza con el análisis estructural. No se trata solo de una experiencia individual, sino de una expresión concreta de desigualdad. La plaza, en este sentido, no es solo un espacio de trabajo, sino también un espejo de las brechas sociales que atraviesan el país.

Pero no todas las historias son de carencia absoluta. Edith Bravo, por ejemplo, representa una trayectoria distinta dentro del mismo espacio. Su emprendimiento, construido durante cinco años, ha logrado consolidarse hasta permitirle una relativa estabilidad económica junto a su esposo.

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Su relato introduce una variable importante: la posibilidad —aunque limitada— de movilidad dentro de la economía informal. Sin embargo, incluso en su caso, esta estabilidad depende de una combinación de factores frágiles: el trabajo independiente, el oficio de su esposo como albañil, y una economía que puede cambiar en cualquier momento.

No se trata, entonces, de una superación definitiva de la precariedad, sino de una forma más estable dentro de ella.

La historia de doña Mari Álvarez añade otra capa a este mosaico. Sobreviviente del COVID-19, madre de un joven universitario, su trabajo como vendedora de almojábanas no solo sostiene el presente, sino que apuesta por el futuro. En su caso, la educación aparece como horizonte.

Este elemento es clave: la plaza no es solo un lugar donde se reproduce la vida, sino también donde se proyecta. Cada venta, cada jornada, tiene un sentido que va más allá de lo inmediato. Es una inversión en la posibilidad de que la siguiente generación no tenga que repetir las mismas condiciones.

Y luego están las voces más antiguas, como la de doña Marta o don Armando, quienes han visto transformarse la plaza desde su inauguración en los años noventa. Sus testimonios introducen una dimensión histórica más amplia: el paso del tiempo.

Ambos coinciden en un diagnóstico: la plaza se ha deteriorado. Lo que antes era orden y limpieza, hoy es desorden y acumulación de basura. A esto se suma la competencia de supermercados y grandes superficies, que han cambiado los hábitos de consumo.

Aquí aparece una tensión fundamental de la modernidad: la coexistencia entre economías tradicionales y formas de comercio más industrializadas. La plaza no ha desaparecido, pero ha sido desplazada simbólicamente. Y sin embargo, sigue allí.

¿Qué nos dicen, en conjunto, estas historias?, Primero, que la clase trabajadora no es una categoría homogénea. En la plaza conviven múltiples trayectorias: estabilidad relativa, precariedad extrema, movilidad limitada, resistencia cotidiana. Segundo, que el trabajo informal no es simplemente una “falta de formalidad”, sino un sistema complejo que sostiene la vida de miles de personas. Y tercero, que la historia del trabajo no puede escribirse solo desde las instituciones o las grandes cifras. Debe construirse, como lo proponía Thompson, desde abajo: desde las voces, los gestos, las experiencias.

La plaza de mercado de Mocoa es, en ese sentido, un archivo abierto. Cada puesto es una biografía. Cada venta, un acto de supervivencia. Cada historia, una forma de memoria.

En el marco del primero de mayo, estas voces nos invitan a replantear el sentido mismo del trabajo. No como una categoría abstracta, sino como una experiencia concreta, atravesada por la desigualdad, pero también por la dignidad.

Porque si algo queda claro al escuchar a estos vendedores, es que el trabajo —incluso en sus formas más precarias— sigue siendo una fuente de sentido. No solo permite sobrevivir, sino también construir comunidad, proyectar futuro y, en medio de todo, resistir.

La plaza, entonces, no es un vestigio del pasado. Es un presente que insiste. Una historia que se sigue escribiendo cada día.


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