
Por : Alvaro Chavez – Economista
Hay una pregunta que los colombianos ya no se hacen, no porque no tenga respuesta, sino porque aprendieron a vivir sin ella: ¿cuándo fue el último escándalo? La respuesta es siempre la misma: hace unos días. Y el de antes, hace unos días también. A estas alturas, el escándalo no es noticia, es lo que se vive diariamente.

Eso, precisamente, es lo más grave.
Cuando Gustavo Petro llegó a la Casa de Nariño en agosto de 2022, Colombia votó por una promesa concreta: un “gobierno del cambio” que rompería con décadas de politiquería, clientelismo y corrupción institucionalizada. El discurso era poderoso porque señalaba males reales. El problema, como suele ocurrir con los mesias que quieren cambie el mundo, es que el diagnóstico era adecuado pero el remedio terminó siendo peor que la enfermedad.
Cuatro años después, el balance es evidente: de 214 promesas de gobierno, el 71% quedaron incumplidas con corte a abril de 2026. No es un número menor. Es la foto de un mandato que llegó con un catálogo de transformaciones y se va con las manos casi vacías.
Existe en la economía un concepto llamado “ciclo económico de origen político”: la idea de que los gobiernos, acorralados por el fin de su período, abren el chorro del gasto público para comprar popularidad de cara a las elecciones. Es un truco viejo, cuestionable, pero al menos funcional. Petro ni eso pudo ejecutar. En 2023 solo se ejecutó el 71.3% del Presupuesto General de la Nación, la cifra más baja en la última década. Un gobierno que prometió transformar a Colombia no fue capaz de gastar lo que ya tenía apropiado. El desorden administrativo fue tan profundo que no alcanzó ni para el clientelismo de rigor.
¿Y las promesas grandes? Están en el baúl de los recuerdos , polvorientas. En su cierre de campaña, Petro prometió desde una tarima un tren elevado, moderno y eléctrico que conectaría Buenaventura con los puertos del Caribe. Más de 1.200 kilómetros de infraestructura sobre el país, una obra faraónica y titánica que el propio gobierno tuvo que desechar por inviable. El tren interoceánico, en sus distintas versiones, se perfila como una tarea inconclusa, cuyo costo estimado equivale al de tres líneas del metro de Bogotá. La reforma a la salud naufragó. La reforma pensional llegó coja. El Gran Acuerdo Nacional nunca tuvo con quién acordar.
Pero la herida más profunda no es la de las promesas rotas, esas son la materia prima de cualquier política. Petro construyó su identidad política durante décadas denunciando exactamente lo que hoy su gobierno encarna. El escándalo de la UNGRD estalló cuando se descubrió que la compra de 40 carrotanques para llevar agua a La Guajira terminó en una red de sobrecostos, contratos direccionados y presuntos sobornos a congresistas. Las investigaciones pusieron en el centro al exministro de Hacienda, al exministro del Interior, al exdirector del Dapre, a consejeros presidenciales y a presidentes del Congreso, parte del mismo “gobierno del cambio”. El que llegó prometiendo acabar con las mafias del contrato terminó con una red de ellas operando desde adentro.
Y aquí viene lo que más debería preocuparnos: ya nadie se escandaliza. No porque los colombianos sean indiferentes, sino porque han sido saturados. Cada revelación empuja a la anterior fuera de la memoria colectiva. La UNGRD tapó otra cosa, luego la tapó otra, y así. El escándalo en Colombia ya no produce indignación sostenida sino produce fatiga, y esa fatiga es el mejor aliado de la impunidad.
Eso es lo que deja este gobierno como legado más duradero: no las reformas que no pasaron, ni los trenes que no se construyeron, ni los presupuestos que no se ejecutaron. Lo que deja es una ciudadanía entrenada para absorber el golpe, sacudir la cabeza y seguir. Un país que aprendió, contra su voluntad, que el escándalo de hoy será reemplazado por el de mañana, y que la indignación es un lujo que se agota.
De cara a 2026, lo que queda en pie no es un proyecto político sino sus ruinas. El progresismo colombiano tendrá que explicarle a sus propios votantes por qué el gobierno que iba a ser diferente terminó siendo, en muchos aspectos, peor de lo que criticaba. Esa es una deuda que no se paga con otro discurso en una tarima