El antropomorfismo político en Putumayo, cuando la obediencia se disfraza de convicción

Por : Jorge E. Kuaran

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– Nos acaban de informar que el ex alcalde Imbachi se une a la campaña de Paloma Valencia

Y es que en la política putumayense hay un error que no es solo ideológico, sino de salud mental: y es creer que algunos politicos tienen voluntad propia.

Ese error llamado antropomorfismo político, consiste en atribuirle intención moral a lo que en realidad es solo una estructura de intereses de unos pocos.

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Se habla del “bien para el Putumayo”, del “progreso”, de la “seguridad”, «del bienestar de las comunidades» como si esos discursos respondieran a una verdadera conciencia de filosofía dirigida al bienestar de los putumayenses.

Cuando en realidad no hay tal conciencia.

Lo que existe en el Putumayo es un sistema que organiza lealtades, cumple compromisos blindados con dinero, y distribuye poder por que quiere reproducirse a sí mismo, para someter al territorio, lo que popularmente llamamos volverlo «la finca de alguien».

Ese peligroso sistema que han creado en el Putumayo ha venido perfeccionando un lenguaje que pretende convertir intereses particulares en principios y presenta su modelo político como si fuera beneficioso para todos, como una especie de destino correcto que ellos voluntariamente han escogido, cuando en realidad solo obedece al pago del negocio de los votos.

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Y allí es donde el discurso lo quieren volver mas eficaz. Y allí es donde se vuelve peligroso para el territorio, por que ese relato lo bajan al nivel local buscando actores que usan a ingenuos lideres que no solo lo repiten, sino que lo quieren encarnar dentro del poder en el Putumayo.

Ese es ahora el tipo de dinámica politica que hoy se podria observar en el caso del ex alcalde de Mocoa Jhon Jairo Imbachi. No se trata de una simple afinidad ideológica con la Senadora pastusa Miriam Paredes y su candidata presidencial, son hechos que definen una relación estrecha de intereses personales, que les obliga a lealtades privadas, que quieren hacerlas ver como decisiones colectivas.

Por eso, cuando hoy se observan alineamientos dentro del grupo de Imbachi que van orientados hacia lo que diga la Senadora pastusa, no puede hablarse de una decisión autónoma orientada al bienestar del Putumayo. Lo que se ve es coherencia con la trayectoria de continuidad de una relación política que trasciende los intereses del pueblo y va más orientada a los interes privados de esa relación particular.

Y aquí es donde el antropomorfismo de Imbachi aparece. Porque todo esto se presenta como si fuera una decisión basada en el “bien del pueblo” como si el pueblo no tuviera memoria, como si el pueblo no tuviera la capacidad de pensar.

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Como si esa relación que responde a una esclavitud politica tuviera voluntad de retribuir, de beneficiar, de pensar en el Putumayo. Cuando en realidad esa voluntad no existe.

Lo que existe es una orden que premia la lealtad de esa esclavitud para ellos mismos. Por eso el error no es solo político. Es mucho más profundo.

Es creer que obedecerle a la Senadora es una forma de servirle a la gente. Es confundir esclavitud con estrategia. Es asumir que esa relación por el hecho de mantenerse le va a devolver algo al territorio.

Y esa es la ilusión Imbachista más peligrosa de todas, hacer pasar la obediencia como si fuera un proyecto político propio, cuando en realidad solo es la prolongación de compromisos adquiridos y que no responden al pueblo, sino a ellos mismos.

El Antropomorfismo político de Imbachi es cuando la obediencia se disfraza de convicción.

Y a ese error quieren atribuirle intención moral hablando del “bien para el Putumayo”, del “progreso”, de la “seguridad”.

Pero solo es un sistema pastuso que quiere organizar lealtades para distribuir el poder y reproducirse a sí mismo, conviertiendo intereses personales en principios y presentando su propuesta política como si fuera beneficiosa para el Putumayo.

Lastimosamente la situación del ex alcalde Jhon Jairo Imbachi, bien se podría tomar como un «caso de estudio politico regional» donde no estamos ante una simple afinidad ideológica Putumayense ni ante una coincidencia política regional.

Lo que se observa es unicamente una relación de subordinación política con la senadora pastusa, disfrazada de lealtad que necesariemente le va a traer consecuencias políticas, por que cuando un dirigente político actúa bajo ese tipo de subordinación, sus decisiones dejan de responder exclusivamente al interés del territorio que representa y solo responden a compromisos adquiridos dentro de una red de poder que quiere estar por encima del pueblo putumayense.

Y alli No se actúa desde la autonomía que exige representar al pueblo, sino desde una lógica de esclavitud política donde la lealtad a la senadora pesa más que la lealtad al territorio, su gente y sus necesidades.

En un pueblo sediento de cambio, ese no es un simple error, es una desconexión profunda con el tiempo político que vive el territorio.


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