Aida Quilcué en la memoria viva del magisterio : voces, territorio y lucha desde la palabra docente

Por : Aldo Manco

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El 15 de abril, en medio de una asamblea de docentes del Putumayo, la palabra circuló con la densidad de los momentos históricos. No era una reunión cualquiera. Entre diagnósticos, preocupaciones y llamados a la acción, emergió una intervención que, más que discurso político, se configuró como testimonio. La voz de la doctora Gina Sofía Cuenca Armario, atravesada por la experiencia y la memoria, evocó a una figura clave del liderazgo indígena contemporáneo: Aída Quilcué.

Hablar de Aída en ese contexto no fue casual. Como ocurre con frecuencia en los espacios pedagógicos del sur colombiano, la historia no se presenta como un relato distante, sino como una vivencia encarnada en personas concretas. Desde la perspectiva del historiador que privilegia la oralidad como fuente, esta intervención permite reconstruir no solo una trayectoria individual, sino también una sensibilidad colectiva en torno a la educación, el territorio y la resistencia.

La intervención de Cuenca Armario se inscribe en una tradición profundamente arraigada en el magisterio colombiano: la reivindicación de la memoria como herramienta política y pedagógica. No en vano, en su alocución se menciona el valor de la memoria histórica como eje de lucha docente. En este marco, la evocación de Aída Quilcué adquiere un carácter simbólico: ella representa una forma de liderazgo que nace desde abajo, desde la comunidad, desde la escuela.

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El relato oral sitúa los inicios de Quilcué en escenarios rurales, en espacios donde la educación no responde a modelos estandarizados, sino a procesos comunitarios. Se habla de ella como “educadora comunitaria”, una categoría que trasciende el aula tradicional y se inserta en las dinámicas del resguardo indígena. Allí, enseñar no es solo transmitir conocimientos, sino sostener la vida cultural, lingüística y política de un pueblo.

Uno de los aspectos más relevantes del testimonio es la forma en que se narra el ascenso de Quilcué dentro de las estructuras organizativas indígenas. No se trata de una carrera individual en el sentido occidental del término, sino de un proceso colectivo de reconocimiento. Según la intervención, su camino la llevó de docente comunitaria a gobernadora de resguardo, y posteriormente a ocupar cargos de dirección en organizaciones indígenas.

Este tránsito revela una característica fundamental del liderazgo indígena: su anclaje en la legitimidad comunitaria. A diferencia de las estructuras políticas tradicionales, donde el poder suele estar mediado por partidos o instituciones estatales, en este caso la autoridad emerge del trabajo con las bases. Como señala la oradora, se trata de una mujer que “ha construido desde abajo”, expresión que sintetiza décadas de participación en procesos organizativos.

En este punto, el testimonio conecta con uno de los movimientos más significativos del suroccidente colombiano: la defensa de la “Madre Tierra”. La referencia a este movimiento no es menor. En términos históricos, la lucha por la tierra ha sido uno de los ejes centrales de la movilización indígena en Colombia, particularmente en el Cauca. La participación de Quilcué en estos procesos la ubica dentro de una genealogía de resistencia que remonta al siglo XX y se proyecta hasta el presente.

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Uno de los elementos más potentes del discurso es la reivindicación de la “educación propia”. Desde la mirada del historiador, este concepto constituye un campo de disputa fundamental en América Latina. No se trata únicamente de una alternativa pedagógica, sino de un proyecto político que cuestiona los modelos hegemónicos de conocimiento.

En la intervención, se subraya que Quilcué ha sido una defensora de la educación propia y de la salud propia. Esto implica una crítica implícita al sistema educativo estatal, que muchas veces desconoce las particularidades culturales de los pueblos indígenas. La educación propia, en cambio, busca articular saberes ancestrales, prácticas comunitarias y procesos de formación política.

Desde una perspectiva histórica, este enfoque puede leerse como una continuidad de las luchas por la autonomía indígena. Desde las reformas constitucionales de finales del siglo XX hasta las actuales reivindicaciones territoriales, la educación ha sido un campo clave para la afirmación de identidades colectivas.

El testimonio también introduce una dimensión dolorosa pero indispensable: la violencia. Se menciona que Quilcué fue víctima directa del conflicto armado, incluyendo el asesinato de su esposo. Este hecho no solo forma parte de su historia personal, sino que refleja una realidad estructural que ha marcado a líderes sociales en Colombia.

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Sin embargo, lo que emerge del relato no es únicamente el dolor, sino la capacidad de resiliencia. La intervención destaca que, a pesar de estas experiencias, la lideresa ha continuado su labor, apostando por la memoria y la transformación social. En este sentido, la memoria no es solo un ejercicio de recuerdo, sino una herramienta para la acción.

Este aspecto conecta con una tradición más amplia en la historia latinoamericana: la construcción de memorias desde las víctimas. En contextos de violencia prolongada, la narración oral se convierte en un medio para preservar experiencias que muchas veces no quedan registradas en los archivos oficiales.

Más allá de la figura de Quilcué, la intervención revela una concepción particular del rol docente. Los maestros no aparecen como simples transmisores de contenidos, sino como actores políticos con una “responsabilidad social y moral” . Esta idea, reiterada en la asamblea, sitúa la educación en el centro de los debates sobre el futuro del país.

Desde esta perspectiva, la evocación de líderes como Quilcué cumple una función pedagógica. No se trata solo de informar sobre su trayectoria, sino de inspirar prácticas y reflexiones en el presente. El llamado a la “micropolítica”, al diálogo cotidiano con estudiantes, familias y comunidades, refuerza esta dimensión.

En términos históricos, esta visión del magisterio tiene profundas raíces en Colombia. Desde los movimientos pedagógicos de finales del siglo XX hasta las actuales luchas por la educación pública, los docentes han desempeñado un papel clave en la construcción de ciudadanía.

El relato de Cuenca Armario, leído desde la historia oral, permite comprender cómo las figuras individuales se entrelazan con procesos colectivos. Aída Quilcué no aparece como un personaje aislado, sino como parte de una trama que incluye movimientos indígenas, luchas territoriales y debates educativos.

Al mismo tiempo, la intervención evidencia las tensiones del presente. Las referencias al contexto político, a las disputas ideológicas y a los proyectos de país muestran que la memoria no es neutral. Recordar a Quilcué en ese escenario implica tomar posición, reconocer ciertas trayectorias y cuestionar otras.

Las asambleas docentes, como la del Putumayo, son espacios privilegiados para la construcción de historia viva. En ellas, la palabra no solo informa, sino que produce sentido, articula experiencias y proyecta futuros posibles.

Desde la mirada del historiador que trabaja con testimonios orales, este tipo de intervenciones son fuentes de enorme valor. No ofrecen una verdad absoluta, pero sí permiten acceder a las formas en que las comunidades interpretan su pasado y su presente.

La figura de Aída Quilcué, reconstruida a partir de estas voces, se nos presenta como un símbolo de resistencia, educación y compromiso con el territorio. Pero, sobre todo, nos recuerda que la historia no está únicamente en los libros: también se teje en la palabra cotidiana de quienes, desde el aula y la comunidad, siguen luchando por transformar la realidad.

En última instancia, escuchar estas voces implica reconocer que la historia es un campo en disputa, donde la memoria, la educación y la política se entrelazan. Y es precisamente en esa intersección donde figuras como Quilcué adquieren su mayor relevancia: como puentes entre el pasado y el presente, entre la experiencia vivida y la reflexión colectiva.


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