Por : Alvaro Chaves – Economista

Hay un hilo conductor que conecta a pensadores de épocas y tradiciones muy distintas, y que El manual liberal, con textos de Vargas Llosa, Tom Palmer, Johan Norberg y Álvaro Vargas Llosa, recoge con precisión: el populismo no es un fenómeno nuevo ni original. Es siempre el mismo manual, con distinto protagonista.
Ayn Rand advirtió que el mayor peligro para la libertad no viene de los tiranos evidentes, sino de quienes logran que la gente pida voluntariamente sus propias cadenas. Karl Popper, en “La sociedad abierta y sus enemigos”, mostró cómo las utopías colectivistas destruyen las instituciones protectoras no por maldad sino por la lógica misma del poder sin límites. Tom G. Palmer lo sintetizó así: el capitalismo es el vehículo más poderoso de cooperación voluntaria que ha existido y su problema es que nadie lo defiende con la misma pasión con que sus enemigos lo atacan. Acemoglu, Nobel 2024, lo demostró con datos: los países no fracasan por falta de recursos sino por captura institucional, cuando el poder político se apodera de las instituciones que deberían ser independientes.
El manual liberal lo dice sin rodeos: el populismo necesita un enemigo del pueblo en cada discurso. Necesita una verdad oficial. Necesita conquistar todas las instituciones para que sus adversarios no puedan regresar al poder. Cuando no puede convencer a una institución con argumentos técnicos, la ataca, la deslegitima, o cambia las reglas.
Colombia lo vivió en carne propia antes de 1991. En efecto, con episodios inflacionarios del 32%, con un banco central que financiaba el gasto del gobierno, con un peso que perdía valor cada mes. La Constitución del 91 cortó ese ciclo. Le dio independencia al Banco de la República y en un lapso de casi dos décadas Colombia experimentó tasas de inflación de un solo dígito, se logró reducirla al 3%.
Hoy, al final de un gobierno que abandonó su propia reunión de Junta Directiva, que acusó al Banco de servir a los ricos, y que busca reformar la Constitución para quitarle esa facultad, la pregunta no es ideológica, es histórica: ¿cuántos países tomaron ese camino y llegaron a un lugar distinto de Venezuela o Argentina?. Cuando ese proyecto busca prolongarse con otro nombre y otras promesas, vale recordar lo que Norberg escribe en El manual liberal: “las sociedades abiertas no se pierden de golpe. Se pierden institución por institución, mientras la gente aplaude cada paso”.
Los datos están abajo.





