
Por : Aldo Manco
En los márgenes húmedos y silenciosos del río Putumayo, donde la selva parece diluir las certezas del tiempo y las fronteras son más vividas que trazadas, tuvo lugar uno de los episodios más significativos —y paradójicamente menos recordados— de la historia republicana colombiana: la Batalla de Güepí. No fue solo un enfrentamiento militar; fue, en términos de larga duración, una expresión de tensiones acumuladas entre geografía, economía, soberanía y memoria.
Siguiendo la sensibilidad de la escuela de los Annales, como lo harían Marc Bloch y Fernand Braudel, esta batalla no puede entenderse como un hecho aislado, sino como un punto de condensación de procesos más profundos: la fragilidad de las fronteras amazónicas, la disputa por recursos como el caucho, y la distancia —no solo geográfica sino simbólica— entre el centro del Estado colombiano y sus periferias selváticas.
Antes del estruendo de los fusiles en 1933, la región ya había sido moldeada por dinámicas de explotación y abandono. Desde finales del siglo XIX, el auge del caucho convirtió la Amazonía en un territorio codiciado, donde las economías extractivas precedieron a la consolidación estatal. En este contexto, las fronteras heredadas del periodo colonial eran difusas, interpretadas más por intereses que por mapas precisos. El conflicto que desembocó en la batalla de Güepí —conocido como la Guerra colombo-peruana— tuvo como detonante inmediato la ocupación de Leticia por civiles peruanos en 1932. Sin embargo, sus raíces se hundían en disputas jurídicas, cartográficas y económicas que ningún tratado había logrado resolver completamente.
El 26 de marzo de 1933, las fuerzas colombianas lanzaron una ofensiva decisiva contra la guarnición peruana en Güepí. La operación, cuidadosamente planificada, representó un esfuerzo por recuperar el control territorial y afirmar la soberanía en una región históricamente marginal para el Estado.
La superioridad numérica y logística de Colombia permitió la toma de la posición, aunque no sin resistencia. En este episodio emergen figuras que hoy habitan más la memoria local que el relato nacional: Cándido Leguízamo, José María Hernández y Juan Bautista Solarte Obando, soldados cuya entrega simboliza el vínculo entre la nación y sus periferias olvidadas.
En el parque central de Puerto Leguízamo, sus nombres están inscritos en piedra, pero también en la memoria viva de una comunidad que, año tras año, conmemora la batalla no desde el resentimiento, sino desde una ética de reconciliación y hermandad fronteriza.
A pesar de la intensidad de los combates, el conflicto tuvo una duración relativamente corta. La muerte del presidente peruano Luis Miguel Sánchez Cerro aceleró los procesos diplomáticos, y bajo la mediación de la Sociedad de Naciones, Colombia y Perú alcanzaron un acuerdo que ratificó el Tratado Salomón-Lozano.
Este tratado, firmado inicialmente en 1922 pero resistido por sectores peruanos, estableció los límites definitivos entre ambos países. Su ratificación tras el conflicto no solo consolidó la soberanía colombiana sobre Leticia, sino que también evidenció la importancia de la diplomacia internacional en la resolución de disputas regionales.
Lo que resulta más significativo, desde una perspectiva de larga duración, es la transformación del espacio fronterizo. Donde antes hubo confrontación, hoy se construyen relaciones de cooperación. Las palabras recogidas en la conmemoración en Puerto Leguízamo revelan una frontera que respira intercambio cultural, compromisos binacionales y esfuerzos conjuntos por la protección de la Amazonía.
La presencia de la Armada Nacional, junto a delegaciones de Perú, Brasil y Ecuador, simboliza un nuevo orden: uno en el que la soberanía no se afirma únicamente con armas, sino con convenios, salud, educación y cuidado ambiental.
Sin embargo, persiste una pregunta inquietante: ¿por qué la batalla de Güepí y el conflicto colombo-peruano ocupan un lugar tan marginal en el currículo educativo nacional y departamental?
Desde la perspectiva de los Annales, este olvido no es casual. La historia oficial ha privilegiado los acontecimientos del centro —las guerras civiles, la independencia, los procesos políticos en Bogotá— mientras que las periferias, especialmente la Amazonía, han sido relegadas a un segundo plano. Es un problema de escala histórica: lo que ocurre en los márgenes parece menos relevante, aunque en realidad revele dinámicas fundamentales del Estado y la nación.
Además, la narrativa nacional ha tendido a evitar conflictos internacionales que no encajan en los relatos heroicos tradicionales o que cuestionan la capacidad del Estado para integrar sus territorios.
Frente a este vacío, la responsabilidad recae en instituciones como la Academia Putumayense de Historia. No se trata solo de recuperar hechos, sino de reconfigurar la memoria colectiva. Es necesario llevar esta historia a la Asamblea Departamental del Putumayo, promover su inclusión en los planes de estudio y convertirla en un eje de reflexión sobre identidad, territorio y ciudadanía.
La batalla de Güepí no es únicamente un episodio militar; es una puerta de entrada para comprender la Amazonía como espacio histórico, social y cultural. Es también una oportunidad pedagógica para que estudiantes y docentes reconozcan que la historia no ocurre solo en los grandes centros urbanos, sino también en los ríos, las selvas y las fronteras.
Invitar a los historiadores y docentes de la región a acercarse a estos procesos implica, en el fondo, un cambio de perspectiva. Significa escribir la historia desde la Amazonía, no sobre ella. Significa escuchar las memorias locales, integrar las voces de las comunidades y reconocer que el pasado sigue vivo en las prácticas y discursos del presente.
Como sugeriría Bloch, la historia es la ciencia de los hombres en el tiempo. Y en el Putumayo, ese tiempo no es lineal ni homogéneo; es un tejido complejo donde convergen, memoria, naturaleza y esperanza.
La batalla de Güepí, vista desde esta perspectiva, deja de ser un hecho olvidado para convertirse en un espejo de la nación. Nos recuerda que Colombia no es solo su centro, sino también sus márgenes; que la soberanía no se construye únicamente con tratados, sino con presencia y reconocimiento; y que la historia, para ser completa, debe incluir todas sus voces.
Hoy, cuando las aguas del Putumayo siguen uniendo más que separando, la memoria de Güepí invita a repensar el pasado para construir un futuro en el que la Amazonía no sea periferia, sino corazón vivo de la nación.