
Por : Aldo Manco
Durante décadas, la historia de la Amazonía colombiana ha estado marcada por una paradoja persistente: la abundancia de experiencias, memorias y procesos históricos frente a la fragilidad, dispersión y difícil acceso de sus fuentes documentales. Archivos públicos incompletos, colecciones privadas guardadas en casas particulares, fotografías que sobreviven al clima y al olvido, documentos administrativos relegados a depósitos sin catalogación. En este contexto, hablar hoy de repositorios digitales no es una moda tecnológica ni un simple ejercicio de modernización archivística: es, ante todo, una apuesta ética y política por la preservación de la memoria regional.
Esta convicción atraviesa el diálogo sostenido entre el profesor Camilo Mongua, vinculado a la Universidad Nacional de Colombia (sede Amazonía), y los integrantes de la Academia de Historia Putumayense. Más que una reunión administrativa, el intercambio revela una preocupación compartida: ¿cómo evitar que la historia amazónica siga dependiendo de esfuerzos individuales y voluntaristas?, ¿cómo construir infraestructuras de memoria que superen la precariedad institucional y las discontinuidades políticas?.
Trabajar en repositorios digitales, para los historiadores, implica mucho más que escanear documentos y subirlos a una plataforma. Supone, en primer lugar, reconocer la dispersión histórica de las fuentes amazónicas. Buena parte de los documentos clave para comprender el Putumayo y la Amazonía reposan fuera del territorio: en archivos nacionales, universidades andinas, fondos del antiguo Cauca o repositorios centrales que durante décadas concentraron la producción administrativa y científica del país. Digitalizar, en este sentido, es una forma de restitución simbólica: devolver al territorio la posibilidad de consultar su propio pasado.
La propuesta impulsada desde la sede amazónica de la Universidad Nacional apunta justamente a eso: crear un repositorio digital que articule fondos del Archivo General de la Nación, archivos regionales, colecciones universitarias y materiales custodiados por la academia local. No se trata de centralizar el conocimiento en Bogotá ni en Leticia, sino de tejer una red de cooperación interinstitucional, donde cada actor aporte desde sus capacidades: la universidad con su infraestructura tecnológica, la academia con su conocimiento del territorio, las bibliotecas rurales con su vínculo comunitario, y los investigadores locales con su experiencia acumulada.
Desde esta perspectiva, el repositorio digital deja de ser un simple “depósito” y se convierte en un espacio de encuentro entre saberes. La digitalización de documentos administrativos de las antiguas comisarías, por ejemplo, no solo permite estudiar la historia del Estado en la Amazonía; también abre preguntas sobre las formas locales de gobierno, la relación con los pueblos indígenas, las economías extractivas y los procesos de colonización. Del mismo modo, las fotografías familiares, las cartas privadas o los registros parroquiales adquieren un nuevo valor cuando se integran a una narrativa histórica más amplia.
Aquí cobran relevancia las metodologías digitales: el uso de SIG/GIS para mapear procesos históricos, el reconocimiento óptico de caracteres para hacer legibles documentos manuscritos, la creación de metadatos que permitan búsquedas significativas. Estas herramientas no reemplazan la labor interpretativa del historiador, pero sí la potencian. Permiten formular nuevas preguntas, cruzar escalas de análisis y, sobre todo, democratizar el acceso a las fuentes.
Uno de los aspectos más sugerentes del proyecto es su énfasis en la relación con las comunidades. La propuesta de realizar talleres locales, donde los documentos digitalizados dialoguen con las memorias vivas, rompe con una larga tradición extractiva de la investigación histórica. No se trata solo de “llevar” archivos a las comunidades, sino de escuchar cómo esos documentos son leídos, cuestionados o resignificados por quienes habitan el territorio. En este punto, el repositorio digital se transforma en una herramienta pedagógica y social, no únicamente académica.
El papel de bibliotecarios y archivistas resulta central en este proceso. Durante años, su trabajo ha sido silencioso, poco reconocido y escasamente financiado, especialmente en regiones periféricas como el Putumayo. Sin embargo, son ellos quienes han sostenido la memoria material en condiciones adversas. Integrarlos activamente a los proyectos de repositorios digitales significa reconocer su saber técnico, pero también su conocimiento del contexto local y de las dinámicas institucionales.
La experiencia que se proyecta desde Mocoa y Leticia recuerda, en cierto modo, las reflexiones del historiador Anaclet Pons sobre los archivos y la escritura de la historia en la era digital: los archivos no son neutrales, están atravesados por decisiones, silencios y disputas. Digitalizar no elimina esos problemas, pero los hace visibles y discutibles. En la Amazonía, donde la historia ha sido frecuentemente narrada desde fuera, esta discusión adquiere un valor particular.
Los retos no son menores. La sostenibilidad técnica, la formación en curaduría digital, la protección de datos sensibles y la continuidad de los convenios interinstitucionales son desafíos reales. A ello se suma la fragilidad presupuestal de muchas instituciones regionales. Pero precisamente por eso, la apuesta por la cooperación resulta estratégica: ningún actor, por sí solo, puede asumir la tarea de preservar la memoria amazónica.
En última instancia, los repositorios digitales ofrecen una oportunidad para reconfigurar la relación entre historia, territorio y educación. Para los docentes y estudiantes de la Amazonía, acceder a fuentes locales digitalizadas no solo fortalece la investigación, sino que contribuye a construir sentidos de pertenencia y reconocimiento histórico. Para los investigadores, abre la posibilidad de escribir historias más complejas, menos dependientes de archivos centrales y más atentos a las voces regionales.
Preservar la memoria del Putumayo y de la Amazonía colombiana no es un acto nostálgico. Es una forma de intervenir en el presente, de disputar los relatos dominantes y de afirmar que estas regiones no son márgenes de la historia nacional, sino escenarios centrales de sus contradicciones y esperanzas. En ese camino, los repositorios digitales no son el destino final, sino el andamiaje necesario para que la memoria siga viva, accesible y en permanente construcción.