
Por : Alina Constanza Silva R.
Columnista.
En el contexto previo a la elección de senadores, representantes y presidente de la República, resulta evidente que las fuerzas de derecha, ultraderecha y los sectores autodenominados de centro se han quedado sin argumentos sólidos para disputar el poder en las próximas elecciones. Su discurso aparece agotado, reactivo y desconectado de las preocupaciones reales del país.
Los errores que han conducido a esta situación son múltiples y estructurales, pero los más evidentes pueden agruparse en los siguientes puntos.
- Reducción del discurso al antipetrismo sin propuesta propia
El error más grave de la oposición de derecha ha sido reducir su discurso a un antipetrismo visceral, sin construir una alternativa política y programática clara. La derecha se ha concentrado en combatir a Petro como persona y no en ofrecer un proyecto de país distinto y creíble.
Esto la ha vuelto una oposición reactiva, poco creativa y con escasa capacidad de convencer a votantes que no se identifican plenamente con el presidente. Se ha reforzado así la percepción de que no existen ideas propias más allá de derrotar a Petro, limitándose a repetir críticas que solo convencen a los convencidos, pero no logran ampliar su base social.
- Una narrativa polarizada que termina fortaleciendo a Petro
La derecha cayó en la trampa de la polarización, lo que paradójicamente ha ayudado al presidente a consolidar su base política. En lugar de presentar visiones alternativas sobre seguridad, economía, reforma pensional, salud o educación, persistió en la confrontación permanente.
Esta estrategia ha sido aprovechada por Petro para posicionarse como el líder de un bloque político cohesionado, mientras la oposición quedó reducida a un solo eje discursivo: no Petro.
- Fragmentación y divisiones internas
La derecha no ha logrado conformar un bloque cohesionado. La proliferación de candidaturas, narrativas contradictorias y disputas internas ha dificultado la construcción de un frente sólido de cara a las elecciones.
Sin una coalición clara, los votantes que rechazan al gobierno terminan dispersos entre múltiples opciones, debilitando cualquier posibilidad real de alternancia.
- Exceso de ataques personales y ausencia de crítica programática
Los voceros de la derecha han privilegiado la crítica a la vida personal del presidente o su caricaturización mediática. Este enfoque genera ruido y escándalo, pero no convencimiento político, especialmente entre electores moderados.
Los intentos por demonizar su carácter o estigmatizarlo no han tenido impacto electoral significativo y, por el contrario, han contribuido al desgaste de la propia oposición.
- Estrategia reactiva y bloqueo institucional
La derecha perdió la agenda del debate público al concentrarse en reaccionar y sabotear las iniciativas del gobierno, en lugar de plantear una visión propia de país. En el Congreso no hubo una oposición estructurada y estudiosa de los proyectos, sino una práctica de bloqueo sistemático: ausencias deliberadas en votaciones, rechazo en bloque de reformas e incapacidad para proponer alternativas, incluso cuando las iniciativas buscaban beneficiar al ciudadano común.
- Instrumentalización de medios y justicia como sustitutos de los partidos
Otro error grave ha sido convertir a los medios corporativos de comunicación y a sectores del sistema judicial en partidos de oposición de facto, alineados con los intereses del sector financiero. Se configuró así una “oposición sin partido”, donde el debate político fue reemplazado por titulares alarmistas, editoriales económicos y decisiones judiciales hiperpolitizadas.
Esto ha generado varios efectos negativos:
a) Despolitización del conflicto
El ciudadano pasó de ser actor a simple espectador. Al no darse la oposición en escenarios políticos legítimos —Congreso, debates electorales, programas— la ciudadanía solo consume miedo, indignación y confusión, perdiendo la sensación de que el voto tiene sentido.
b) Un debate técnico y elitista, no social
El discurso opositor se volvió tecnocrático y moralizante, centrado en conceptos como “riesgo país”, “confianza inversionista” o legalismos abstractos, mientras se dejaron de lado problemas concretos como empleo, salud, transporte o seguridad cotidiana. La derecha aparece representando a banqueros, opinadores económicos y jueces, no a la gente común.
c) Judicialización de la política
Cada reforma se convirtió en una demanda, cada decisión en un escándalo jurídico y cada fallo en una disputa ideológica. El resultado ha sido desconfianza institucional, sensación de parálisis y cansancio ciudadano frente a una derecha que parece especializada en frenar todo sin ofrecer soluciones.
d) Indignación mediática permanente
Los medios corporativos sustituyeron la representación política por la indignación constante. Al responder a intereses empresariales y financieros, amplifican errores, simplifican procesos complejos y personalizan el conflicto (Petro sí / Petro no), generando agotamiento emocional, miedo y desconfianza social.
Todo esto ha reforzado la percepción de que la democracia funciona solo para una élite, mientras el ciudadano de a pie queda excluido.
- Liderazgo hegemónico y envejecido: el bloqueo del relevo
La extrema derecha gira alrededor de un liderazgo hegemónico y desgastado: Álvaro Uribe Vélez. Durante dos décadas ocupó todo el espacio simbólico de la derecha. Lo que inicialmente generó cohesión terminó produciendo hiperpersonalización del poder.
No surgió una derecha plural, sino una dicotomía estéril: uribismo / antiuribismo. Cualquier figura nueva debe imitarlo o romper con él y ser señalada como traidora. El resultado es la ausencia de liderazgos con identidad propia.
Uribe actúa como filtro que bendice, veta y define candidaturas y discursos. El mensaje es claro: no se lidera, se obedece. Incluso sus seguidores aceptan descalificaciones como “uribestias” y esperan la señal del jefe. Esto genera frustración, desgaste y salida de cuadros políticos valiosos.
Además, su discurso permanece anclado en los años 2000 —guerra frontal y seguridad como eje absoluto— mientras el país enfrenta hoy precarización laboral, crisis juvenil, mujeres politizadas, desigualdad urbana y desconfianza institucional. La derecha habla de un país que ya no existe.
- El mito de “reconstruir el país” y la amnesia histórica
Finalmente, la derecha incurre en una contradicción profunda al afirmar que quiere “regresar para reconstruir el país”. Esto implica una amnesia selectiva: las élites conservadoras y liberales, el bipartidismo y más recientemente el uribismo han gobernado Colombia casi de forma continua desde la República.
No vienen de afuera a corregir errores ajenos: son corresponsables del modelo actual. Su legado incluye alta concentración de la riqueza, informalidad laboral crónica, abandono regional, endeudamiento creciente y ausencia de movilidad social.
La inequidad no fue un accidente, sino el resultado de decisiones políticas: modelo extractivo, sistema tributario regresivo, privatización de servicios esenciales, débil redistribución y abandono del campo. La derecha critica hoy el endeudamiento, pero gobernó con deuda y trasladó los costos al futuro.
Cuando quienes produjeron este modelo se presentan como salvadores fiscales, el relato se derrumba. No responden preguntas esenciales:
¿cómo reducir la desigualdad?, ¿cómo generar empleo digno?, ¿cómo integrar regiones?, ¿cómo modernizar el Estado sin excluir?
La derecha no quiere reconstruir el país: quiere recuperar el control. Ha sido protagonista histórica del poder, gobernó bajo el modelo que produjo inequidad y exclusión, carece de autocrítica estructural, confunde orden con justicia social y ofrece nostalgia en lugar de un proyecto nuevo.
El resultado es que el colombiano de a pie queda huérfano de representación política real, atrapado entre un gobierno fuerte y una oposición que no compite con ideas, sino con poder mediático, judicial y financiero.