
Por : Aldo Manco
El 17 de febrero, cuando el calendario marca una fecha que para muchos podría pasar inadvertida, en Mocoa el tiempo adquiere otra densidad. No se trata solo de una celebración: es la actualización de una memoria antigua, el latido persistente de los pueblos Kamëntsá e Inga que, a través del Bëtscnaté —conocido también como el “Día Grande”—, y el Atun Puncha, renuevan el pacto con sus ancestros y con la vida misma.
Este año, algunas instituciones educativas del Putumayo decidieron no limitarse a una conmemoración protocolaria. En una de ellas, estudiantes de grado octavo emprendieron un viaje distinto: no hacia un pasado congelado en los libros, sino hacia una tradición viva, encarnada en el rostro simbólico de las máscaras. Bajo la orientación del artista Christian Chamorro —quien recientemente realizó un mural con máscaras artesanales como metáfora de las múltiples formas de comprender la existencia— los jóvenes se adentraron en la historia y en el sentido profundo de esta fiesta ancestral.
El ejercicio no consistió en copiar formas ni en replicar ornamentos. Fue, más bien, una experiencia de pedagogía dialogante: escuchar la historia, interrogarla, contrastarla con el presente y, finalmente, traducirla en creación. Chamorro propuso trabajar con cartón en lugar de madera. Podría parecer un detalle menor, pero la elección fue deliberada. No se trataba de sustituir la tradición, sino de hacerla accesible, de permitir que las manos adolescentes experimentaran el proceso simbólico sin despojarlo de su carga histórica. La madera, en la tradición Kamëntsá e Inga, implica un vínculo profundo con el territorio y con técnicas transmitidas de generación en generación. El cartón, en cambio, acercó la experiencia al aula, a los recursos disponibles, sin renunciar al relato que da sentido a cada gesto.




Porque en el Bëtscnaté las máscaras no son simples objetos decorativos. Son rostros que hablan. Representan personajes míticos, fuerzas espirituales, críticas sociales y memorias colectivas. Al cubrir el rostro, el danzante no se oculta: se transforma. La máscara permite decir lo que de otro modo callaría, denunciar injusticias, recordar agravios y, al mismo tiempo, abrir la posibilidad del perdón. En ese gesto ambivalente —crítica y reconciliación— se revela la profundidad ética de la fiesta.
En el taller, mientras el cartón tomaba forma y el color comenzaba a delinear expresiones, emergieron preguntas inevitables: ¿qué significa hoy hablar de perdón en un territorio atravesado por el conflicto armado, por la economía extractiva y por las tensiones entre tradición y modernidad? ¿Puede una máscara convertirse en puente entre generaciones? ¿Qué lugar ocupa la escuela en este proceso?
La experiencia desbordó el plano artístico. Fue un ejercicio de memoria histórica. Los estudiantes escucharon relatos sobre el origen del Día Grande, sobre la llegada de los misioneros, sobre los procesos de evangelización que resignificaron prácticas ancestrales sin lograr extinguirlas. Comprendieron que la historia del Putumayo no es lineal ni homogénea: está hecha de encuentros, imposiciones, resistencias y resignificaciones. En ese entramado, la máscara ha sido testigo y protagonista.
La pedagogía que acompañó el proceso no se limitó a transmitir datos. Se trató de una apuesta crítico-social: situar el conocimiento en su contexto, reconocer las tensiones y, sobre todo, habilitar la voz de los jóvenes. Cada máscara elaborada en cartón fue también una interpretación. Algunos estudiantes destacaron rasgos de alegría; otros acentuaron gestos severos; varios incorporaron símbolos contemporáneos que dialogan con la realidad actual. No hubo una única forma correcta. Hubo, en cambio, una conversación colectiva sobre identidad y memoria.
Publicar apenas una o dos fotografías de estas máscaras en la prensa implicará una limitación inevitable: el lector no podrá apreciar la diversidad de texturas, la intensidad de los colores ni la fuerza expresiva que emerge cuando las obras se observan en conjunto. Sin embargo, quizá esa restricción visual invite a una lectura más atenta. Las imágenes serán una puerta; el texto, el sendero que conduce hacia la comprensión de un proceso más amplio.
Y es aquí donde la reflexión se amplía hacia el modelo educativo del Putumayo y, por extensión, de la Amazonia. Durante décadas, la escuela en estos territorios replicó esquemas centralistas, currículos diseñados lejos de la selva y de la montaña, metodologías poco sensibles a las cosmovisiones indígenas. La historia local fue relegada a notas marginales; las lenguas originarias, a un plano secundario. El resultado fue una educación que, en muchos casos, desarraigó más de lo que integró.
Experiencias como la vivida por los estudiantes de octavo grado sugieren otra posibilidad. Cuando la escuela se abre al diálogo con las tradiciones vivas, cuando reconoce que el saber ancestral es también conocimiento legítimo, se transforma en espacio de encuentro. No se trata de idealizar el pasado ni de convertir la tradición en pieza de museo. Se trata de comprenderla críticamente, de situarla en relación con los desafíos contemporáneos.
El perdón, tema central en el trabajo de las máscaras, adquiere entonces una dimensión pedagógica. No es solo un valor abstracto. En el contexto del Putumayo, implica reconocer heridas históricas —colonización, violencia política, desplazamiento— y abrir espacios para la reconciliación sin olvidar la verdad. La máscara, al permitir la representación simbólica del conflicto, ofrece una vía para tramitar emociones y construir narrativas compartidas.
Para los historiadores y educadores de la Amazonia, el desafío es doble. Por un lado, deben acercarse a las fuentes vivas —los mayores, los artesanos, los líderes comunitarios— con rigor y respeto, evitando simplificaciones folclorizantes. Por otro, están llamados a repensar la escuela como escenario de producción cultural y no solo de reproducción de contenidos. La investigación histórica no puede limitarse a archivos escritos; debe incorporar la oralidad, la memoria colectiva y las prácticas rituales como documentos legítimos.
El mural realizado por Christian Chamorro, con sus máscaras artesanales observando al transeúnte, funciona como metáfora de esta interpelación. Los rostros pintados parecen preguntar: ¿qué estamos haciendo con nuestra memoria? ¿La reducimos a efeméride o la convertimos en experiencia formativa? En el aula, las máscaras de cartón replicaron esa pregunta. Cada estudiante, al sostener su creación, sostuvo también una parte de la historia del territorio.
En un mundo que tiende a la homogenización cultural, la persistencia del Bëtscnaté y el Atun Puncha recuerda que la identidad es proceso y resistencia. Que la tradición no es estática, sino dinámica. Que puede dialogar con materiales nuevos —como el cartón— sin perder su esencia. Y que la escuela, lejos de ser un espacio neutral, es un escenario donde se disputan sentidos.
Quizá el mayor logro de esta experiencia no radique en la calidad estética de las máscaras —aunque muchas de ellas sorprenden por su expresividad— sino en la conversación que suscitaron. En la posibilidad de que un grupo de adolescentes se reconozca heredero de una historia compleja y, al mismo tiempo, protagonista de su reescritura.
Cuando el 17 de febrero resuene nuevamente con cantos y danzas en Mocoa, las máscaras tradicionales recorrerán las calles como lo han hecho durante generaciones. Y en algún salón de clase, las máscaras de cartón recordarán que la educación puede ser también un acto de memoria y de creación. Entre la madera ancestral y el cartón escolar se tiende un puente. Cruzarlo implica asumir que el futuro de la Amazonia no se construye negando el pasado, sino dialogando críticamente con él.
En esa tarea, historiadores y educadores tienen una responsabilidad ineludible: acercarse con humildad, investigar con rigor y enseñar con sensibilidad. Solo así la escuela dejará de ser un espacio de distancia cultural para convertirse en territorio de encuentro. Solo así los rostros que hablan —los de madera, los de cartón, los de carne y hueso— seguirán narrando la historia viva de los pueblos del Putumayo.