Cuando los grandes cuidan a los pequeños : memoria, liderazgo estudiantil y pedagogía del acompañamiento en el tránsito a la secundaria en el Putumayo

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Por Aldo Manco

En las instituciones educativas del Putumayo —territorio atravesado por la selva, el conflicto, la resiliencia comunitaria y una larga tradición de escuela como refugio— el paso de la primaria a la secundaria nunca ha sido un simple cambio de grado. Es, más bien, un rito de paso. Un tránsito simbólico en el que niñas y niños dejan de ser “los grandes” de la primaria para convertirse, de pronto, en “los pequeños” del bachillerato. En ese umbral, la escuela revela su verdadero rostro: puede ser espacio de acogida o escenario de temor; puede reproducir jerarquías o tejer comunidad.

La jornada de bienvenida organizada por los estudiantes de grado once a los nuevos estudiantes de grado sexto en la Institución Educativa Santa María Goretti de Mocoa no es un evento anecdótico. Es un acto pedagógico profundo, una práctica social cargada de memoria, afecto y sentido histórico. En ella, los estudiantes que están a punto de egresar asumen un rol que rara vez aparece en los currículos oficiales: el de mediadores generacionales, cuidadores simbólicos y constructores de identidad escolar.

Un rasgo común atraviesa los relatos de Juan Manuel, Vanessa y Karol Sofía: ellos no tuvieron bienvenida. Su ingreso al bachillerato ocurrió en medio de la pandemia, entre pantallas, silencios y cámaras apagadas. Esa ausencia no fue solo logística; fue emocional y pedagógica. No hubo paseo, ni rostro cercano, ni mano que guiara.

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Desde una lectura histórico-educativa, este dato no es menor. La generación que hoy cursa grado once en el Putumayo es una generación marcada por la interrupción del lazo escolar presencial, por una escolaridad fragmentada que los obligó a crecer rápido, a adaptarse sin rituales. Quizás por eso, su motivación principal para organizar la bienvenida no es la tradición en sí, sino el deseo de reparar.

Como señala Juan Manuel, la secundaria implica “docentes nuevas, espacios nuevos, metodologías distintas”, cambios que pueden resultar abrumadores. La bienvenida aparece entonces como un dispositivo de contención emocional, un gesto que reconoce que aprender no es solo adquirir contenidos, sino sentirse seguro para habitar la escuela.

En los relatos de los estudiantes de grado once no aparece el liderazgo como imposición, sino como responsabilidad afectiva. Cuidar a un niño o una niña de sexto no significa ejercer poder, sino hacerse cargo del otro. “Hoy nos sentimos responsables de dos personas más”, afirma Juan Manuel, revelando una comprensión del liderazgo profundamente ética.

Desde la pedagogía dialogante, el aprendizaje auténtico ocurre cuando el estudiante se reconoce como sujeto activo, capaz de influir positivamente en su entorno. En esta experiencia, los estudiantes de once aprenden logística, organización y autoridad, sí, pero también paciencia, empatía y autocontrol. Aprenden que orientar no es humillar, que corregir no es gritar, que guiar no es imponerse.

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Vanessa lo expresa con claridad cuando afirma que los estudiantes mayores deben “dar ejemplo”, porque los más pequeños “hacen lo que ven”. Esta afirmación conecta con una larga tradición pedagógica latinoamericana: la educación como práctica moral y política, donde cada acción cotidiana enseña más que cualquier discurso.

Las reacciones observadas en los estudiantes de grado sexto —la timidez inicial, el silencio, las miradas esquivas— hablan de un miedo antiguo: el miedo a no encajar, a equivocarse, a perder la inocencia. Sin embargo, conforme avanza la jornada, ese miedo se transforma en confianza, conversación y juego.

Este tránsito emocional es clave. En contextos amazónicos como el Putumayo, donde muchos niños y niñas llegan a la escuela cargando historias familiares complejas, la experiencia de acogida puede marcar la diferencia entre el deseo de permanecer o el abandono temprano. La bienvenida no elimina las dificultades académicas, pero humaniza la institución, la vuelve habitable.

Karol Sofía, al narrar su diálogo con una niña que hablaba de animales y biodiversidad, introduce otro elemento fundamental: la escuela como espacio donde la identidad amazónica puede ser reconocida y valorada. Hablar de naturaleza, de cuidado, de vida, no es casual en este territorio; es parte de su historia profunda.

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Que esta experiencia sea vista por los estudiantes como una tradición que debe mantenerse revela algo importante: la escuela no se sostiene solo por normas, sino por memorias compartidas. Cuando una práctica se repite y se resignifica, se convierte en patrimonio pedagógico.

En el Putumayo, donde muchas instituciones han sido golpeadas por la violencia, la migración y la precariedad, sostener rituales de acogida es una forma de resistencia cultural. Es decirle a las nuevas generaciones: “Aquí perteneces. Aquí alguien te espera”.

Desde una mirada histórica, estas prácticas rara vez quedan registradas en documentos oficiales. Por eso, el llamado que emerge de esta experiencia es claro: los historiadores y educadores de la Amazonía deben acercarse a estas microhistorias escolares, a estos gestos cotidianos donde se juega el sentido profundo de la educación.

Cuando los estudiantes de grado once se dirigen a los de sexto, no hablan de notas ni de exámenes. Hablan de disfrutar, de confiar en sí mismos, de entender que “nada es el fin del mundo”. Este mensaje, sencillo y profundo, encarna una pedagogía de la esperanza, tan necesaria en territorios históricamente golpeados.

En sus palabras no hay romanticismo ingenuo, sino una certeza construida desde la experiencia: la escuela puede ser dura, pero también puede ser un lugar donde se aprende a vivir con otros, a equivocarse sin miedo, a crecer acompañado.

La bienvenida organizada por los estudiantes de grado once en Mocoa no es solo un evento escolar. Es un acto histórico, una práctica pedagógica que articula memoria, liderazgo y comunidad. En ella se revela un modelo educativo que, aunque no siempre nombrado, apuesta por la formación integral, el diálogo intergeneracional y la construcción de tejido social.

En tiempos donde la educación suele reducirse a indicadores y resultados, estas experiencias nos recuerdan que educar también es cuidar, y que en la Amazonía —ayer como hoy— la escuela sigue siendo uno de los pocos espacios donde el futuro se piensa colectivamente, paso a paso, de la mano de quienes ya han recorrido el camino.


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