
Por : Aldo Manco
La historia de la educación en el Putumayo no puede escribirse únicamente desde los muros de las aulas ni desde los decretos oficiales que, desde el centro del país, han intentado ordenar la vida escolar en territorios profundamente diversos. En esta región amazónica, atravesada por la ruralidad, la movilidad forzada, la fragmentación familiar y la resiliencia comunitaria, la escuela ha sido —y sigue siendo— un espacio de encuentro, contención y, en muchos casos, de reparación simbólica. En ese entramado histórico emerge la Escuela de Familias como una experiencia pedagógica que, más que un proyecto institucional, se configura como una práctica social situada, viva y profundamente política.
Durante décadas, la relación entre familia y escuela en el Putumayo estuvo marcada por una división tácita de responsabilidades: la escuela enseñaba contenidos y la familia “criaba”. Sin embargo, los cambios sociales de finales del siglo XX y comienzos del XXI —migraciones, nuevas configuraciones familiares, trabajo precario, irrupción de tecnologías digitales— fracturaron esa frontera. La exposición del equipo de orientación escolar evidencia cómo, en la actualidad, uno de los principales desafíos educativos no es el rendimiento académico en sí mismo, sino la ausencia de acompañamiento familiar sistemático, especialmente en lo emocional y socioafectivo. Desde esta lectura, la Escuela de Familias deja de ser una estrategia informativa para convertirse en una apuesta ética por la corresponsabilidad, un concepto que dialoga directamente con la pedagogía dialogante de Julián de Zubiría: nadie educa solo, nadie aprende aislado. Educar implica tejer relaciones conscientes entre escuela, familia y comunidad.
No es casual que el proyecto se denomine “Creciendo caminos de formación integral”. La metáfora del tejido, reiterada en la exposición, remite a una comprensión profundamente latinoamericana y amazónica de la educación: múltiples hilos, tensiones, colores y nudos que solo adquieren sentido cuando se entrelazan. En este tejido, la familia no es espectadora pasiva ni usuaria ocasional del servicio educativo; es sujeto pedagógico activo.
Esta concepción rompe con la tradición de las grandes asambleas masivas, que históricamente mostraron bajos niveles de impacto real. La experiencia narrada evidencia que la Escuela de Familias, entendida como acciones focalizadas, procesos continuos y espacios dialógicos, logra una mayor incidencia en la conciencia parental que los encuentros multitudinarios caracterizados por la pasividad y la desconexión.
Uno de los aportes más significativos de esta experiencia es la problematización histórica de las pautas de crianza. En el contexto amazónico, donde durante generaciones la crianza fue comunitaria y autorregulada por normas culturales implícitas, el presente evidencia una tensión entre afecto y permisividad. Padres jóvenes, hijos únicos y nuevas sensibilidades configuran un escenario donde el límite es confundido con autoritarismo y el amor con ausencia de norma.
El enfoque crítico del proyecto invita a repensar la crianza no desde la nostalgia del pasado ni desde la imposición normativa, sino desde una pedagogía del cuidado consciente. Tal como lo plantea la pedagogía dialogante, el límite no niega la libertad: la orienta. La historia educativa del Putumayo encuentra aquí un punto de inflexión entre tradición y contemporaneidad.
Uno de los momentos más densos de la exposición —y quizás uno de los más reveladores para la historia de la educación regional— es el reconocimiento de las dificultades invisibles: emocionales, familiares y sociales. La escuela amazónica, históricamente enfocada en la supervivencia institucional, hoy se ve interpelada por realidades que no siempre se expresan en el aula, pero que determinan profundamente el proceso educativo. Desde una perspectiva histórica, este reconocimiento marca un quiebre: la escuela deja de ser solo transmisora de saberes y asume su papel como institución protectora, capaz de identificar, acompañar y activar rutas de apoyo cuando la vida emocional de niños y jóvenes se ve amenazada. Este giro no es menor y constituye un hito en la historia educativa del Putumayo.
La educación inclusiva, entendida como derecho y no como concesión, atraviesa transversalmente la propuesta de Escuela de Familias. En una región históricamente excluida del desarrollo nacional, hablar de inclusión es hablar de justicia histórica. El acompañamiento a familias de estudiantes con discapacidades o trastornos del desarrollo evidencia un cambio de paradigma: ya no se trata de “adaptar al estudiante”, sino de transformar las prácticas educativas y familiares.
Este enfoque dialoga con una lectura crítico-social de la educación amazónica, donde la diversidad no es un problema a corregir, sino una realidad a comprender pedagógicamente.
El proyecto reconoce que la historia educativa actual se escribe también en las pantallas. El uso de tecnologías, redes sociales y entornos digitales plantea desafíos inéditos para las familias y la escuela. Desde una perspectiva histórica, esta preocupación marca el tránsito de una educación centrada en la autoridad institucional a una educación que requiere liderazgos familiares conscientes, capaces de orientar sin prohibir, acompañar sin invadir.
Aquí, la Escuela de Familias se convierte en un espacio de alfabetización ética y digital, indispensable para comprender el presente educativo amazónico.
Finalmente, la incorporación de convivencias familiares, espacios de espiritualidad plural y orientación vocacional revela una comprensión profunda del estudiante como sujeto histórico en construcción. En el Putumayo, donde la incertidumbre ha marcado generaciones, ayudar a los jóvenes a construir proyecto de vida es un acto profundamente político y pedagógico. La memoria institucional recuerda que estas prácticas no son nuevas: existieron, dieron frutos y hoy se resignifican frente a nuevos contextos.
La experiencia de la Escuela de Familias en esta institución educativa de Mocoa no es un episodio aislado. Es un capítulo vivo de la historia de la educación amazónica, una historia que exige ser narrada desde las voces de orientadores, docentes, familias y estudiantes.
Para los historiadores y educadores del Putumayo y la Amazonia, el desafío es claro: acercarse a estas experiencias no solo como objetos de estudio, sino como prácticas que interpelan el sentido mismo de educar en territorios históricamente marginados. Porque, como sugiere la pedagogía dialogante, educar es dialogar con la vida, y en la Amazonia, la vida siempre se teje en colectivo