
Por : Aldo Manco
En el Putumayo, la historia no siempre se encuentra en los archivos oficiales ni en los decretos republicanos. A menudo habita en la palabra sencilla, en la memoria transmitida en familia, en los rituales que resisten al olvido y en las celebraciones que, año tras año, renuevan el vínculo entre comunidad, territorio y espiritualidad. El Día Grande, también conocido como Carnaval del Perdón, es una de esas expresiones donde la historia se hace presente no como pasado muerto, sino como memoria viva que camina, danza y se reconcilia.
Las voces de niñas y niños de grado sexto de una institución educativa de Mocoa —recogidas en un ejercicio pedagógico de diálogo y reflexión— permiten asomarnos a esta celebración desde un lugar privilegiado: la mirada de quienes están heredando la historia. Lejos de ser respuestas mecánicas, sus palabras revelan una comprensión profunda del sentido del Día Grande como inicio de un nuevo ciclo, como momento para pedir perdón, reconciliarse, agradecer a la Madre Tierra y recordar quiénes somos y de dónde venimos.
Para los pueblos Camëntsá e Inga, el Día Grande no es simplemente una fiesta; es el comienzo del año propio, un tiempo cargado de espiritualidad y responsabilidad colectiva. Así lo expresan los estudiantes cuando afirman que en este día “las familias se perdonan sus faltas y se reconcilian para empezar un año nuevo de paz y armonía”. Esta idea del perdón como punto de partida contrasta profundamente con la lógica occidental del calendario civil, donde el cambio de año suele reducirse a celebraciones individuales y efímeras.
Aquí, el perdón no es un gesto simbólico vacío: es un acto social, un compromiso comunitario que busca sanar conflictos, restablecer la armonía y permitir que la vida continúe sin cargas del pasado. Como bien lo señalan los niños y niñas, el Día Grande “reúne a la comunidad en actividades comunes” y fortalece valores que sostienen la convivencia: respeto, diálogo, unión y paz.
Uno de los elementos más reiterados en las respuestas estudiantiles es la relación profunda entre el Día Grande y la naturaleza. Los rituales, el uso de flores, semillas, plantas, danzas y músicas tradicionales expresan una cosmovisión en la que la tierra no es un recurso, sino un ser vivo, una madre que da alimento, agua y vida.
Agradecer a la Pachamama, pedir equilibrio para el nuevo ciclo y reconocer la dependencia humana del territorio son prácticas que atraviesan esta celebración desde tiempos ancestrales. Los estudiantes lo comprenden con claridad cuando afirman que es importante cuidar la naturaleza “como lo hacían los ancestros, porque de ella depende la vida y el futuro”. En estas palabras sencillas se condensa una ética ambiental profundamente vigente, especialmente en una región amazónica hoy amenazada por la deforestación, la minería y el olvido estatal.
El Día Grande no ha sido una tradición estática. Como lo reconocen los propios estudiantes, en la época ancestral fue un ritual profundamente espiritual, ligado a los ciclos agrícolas y al conocimiento de los mayores sabedores. Con la llegada de los españoles y el proceso de colonización, muchas de estas prácticas tuvieron que realizarse de forma clandestina o mezclarse con elementos del catolicismo impuesto.
Este proceso de transformación —lejos de significar desaparición— revela la capacidad de resistencia cultural de los pueblos Camëntsá e Inga. A lo largo del periodo republicano y del siglo XX, la celebración fue incorporando nuevos elementos musicales, organizativos y visibles en el espacio público, hasta consolidarse como un símbolo identitario reconocido a nivel regional y nacional.
Los estudiantes perciben con lucidez que, aunque “la forma de celebrarse ha cambiado”, su esencia permanece: el perdón, el agradecimiento, la unión comunitaria y la memoria ancestral. En ello se expresa lo que Juan Friede supo ver en muchas culturas indígenas: la historia no como ruina, sino como adaptación creativa sin renuncia al sentido profundo.
La declaratoria del Día Grande como Patrimonio Cultural Inmaterial no es solo un reconocimiento simbólico. Implica responsabilidades para las comunidades, para el Estado y para la sociedad colombiana en su conjunto. Como lo sugieren los estudiantes, este reconocimiento debe servir para fortalecer el respeto intercultural, proteger la tradición de la folklorización vacía y garantizar que las nuevas generaciones comprendan su significado.
El riesgo de convertir el Día Grande únicamente en atractivo turístico existe. Sin embargo, cuando la celebración se integra a procesos educativos críticos, puede convertirse en una poderosa herramienta pedagógica para enseñar historia, ética, convivencia y cuidado del territorio.
Uno de los aportes más valiosos del cuestionario es la forma en que los estudiantes relacionan el Carnaval del Perdón con la vida escolar y familiar. Para ellos, los valores aprendidos en la celebración —perdón, respeto, paz, escucha— pueden y deben aplicarse en el aula, en la resolución de conflictos entre compañeros, en la relación con docentes y en la convivencia cotidiana.

Aquí emerge con fuerza la necesidad de un modelo educativo amazónico, dialogante y contextualizado, que no trate las culturas indígenas como contenidos marginales, sino como saberes vivos capaces de orientar la formación ética y ciudadana. Enseñar el Día Grande no es solo hablar de una fiesta, sino abrir espacios para la reflexión crítica sobre la historia, la colonización, la resistencia cultural y los desafíos actuales del Putumayo.
El Día Grande ha demostrado su capacidad para unir comunidades indígenas, campesinas y urbanas, generando espacios de encuentro donde las diferencias no se convierten en barreras, sino en posibilidades de aprendizaje mutuo. Los estudiantes lo expresan cuando afirman que esta celebración enseña a “no rechazar a las personas por ser de otra parte” y a convivir “en paz y armonía, sin odio”.
En un país marcado por la violencia y la fragmentación, el Carnaval del Perdón ofrece una enseñanza profunda: la reconciliación no se decreta, se practica. Y se practica desde la cultura, desde el ritual, desde la memoria compartida.
Escuchar a los niños y niñas hablar del Día Grande es, en sí mismo, un acto historiográfico. Nos recuerda que la historia no pertenece solo a los expertos, sino a quienes la viven, la sienten y la transmiten. Para los historiadores y educadores de la Amazonia, el reto es claro: acercarse a estas memorias con respeto, rigor y sensibilidad, evitando imponer lecturas externas que despojen a la tradición de su sentido profundo.
El Día Grande no es solo pasado; es presente y futuro. Es una pedagogía del perdón, una ética del cuidado de la naturaleza y una lección viva de resistencia cultural. En el Putumayo, la historia sigue danzando —y mientras lo haga— seguirá enseñándonos a reconciliarnos con nosotros mismos, con los otros y con la tierra que habitamos.