Sembrar desde la infancia : memoria, pedagogía y educación preescolar en una institución educativa de Mocoa

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Por : Aldo Manco

Hablar de la historia de la educación preescolar en el Putumayo no es únicamente reconstruir fechas, programas o normativas. Es, ante todo, escuchar las voces que han dado sentido a la escuela desde sus cimientos más frágiles y, al mismo tiempo, más decisivos: la infancia. En Mocoa, capital amazónica marcada por la diversidad cultural, la precariedad estructural y una profunda riqueza humana, el preescolar ha sido —y sigue siendo— un laboratorio pedagógico donde se ensayan formas de educar que dialogan con el cuerpo, la emoción, el entorno y la comunidad.

La experiencia reciente de una institución educativa de Mocoa, recogida en conversaciones pedagógicas cotidianas, permite leer en clave histórica un proceso que trasciende la anécdota escolar. Allí, proyectos como Pequeños creadores explorando el mundo a través de los sentidos o Nutri-loncheras no son simples actividades aisladas, sino expresiones de una concepción de la educación inicial que entiende al niño y la niña como sujetos integrales, históricos y sociales.

Durante décadas, la educación preescolar en regiones periféricas como el Putumayo fue concebida como una etapa preparatoria, casi asistencial, orientada a “ocupar” a los niños antes de la escolaridad formal. Sin embargo, las prácticas actuales muestran una ruptura progresiva con esa visión. En el proyecto Pequeños creadores, por ejemplo, se reconoce que el aprendizaje no comienza con el grafismo rígido ni con la imposición temprana de la escritura, sino con la exploración sensorial, la motricidad fina, el juego, el color y la textura.

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Esta decisión pedagógica no es menor. Implica reconocer que forzar procesos cognitivos sin atender al desarrollo emocional y corporal puede generar bloqueos, miedos o traumas. Por ello, la pintura, el modelado y la libre expresión aparecen como lenguajes legítimos del conocimiento, especialmente en la primera infancia. Desde una perspectiva crítico-social, estas prácticas cuestionan la escuela tradicional que homogeneiza y adelanta contenidos sin considerar los ritmos propios del niño amazónico, cuya experiencia vital está profundamente ligada a lo sensorial y a la relación con el entorno.

Uno de los momentos más significativos del proyecto es la creación de un Museo del Arte escolar, donde los niños no solo producen obras, sino que las explican, las defienden y las comparten con sus compañeros, docentes y familias. Esta práctica, aparentemente sencilla, encierra una profunda carga histórica y pedagógica. Tradicionalmente, en la escuela, la voz del niño ha sido secundaria; aquí, en cambio, se convierte en protagonista.

Cuando un niño explica qué hizo, cómo lo hizo y por qué le gusta su obra, está ejercitando habilidades comunicativas, emocionales y cognitivas que difícilmente se desarrollan mediante fichas o ejercicios repetitivos. Además, al valorar su trabajo y el de los otros, se fomenta una ética del reconocimiento mutuo, esencial en contextos donde la exclusión social ha sido una constante histórica.

Desde la pedagogía dialogante, esta experiencia puede leerse como un ejercicio temprano de ciudadanía: el niño aprende que su palabra importa, que puede expresar emociones y que la escuela es un espacio de diálogo, no de imposición.

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La evaluación en el preescolar de esta institución no se centra en resultados cuantificables, sino en procesos: la participación con entusiasmo, la expresión de emociones, el cuidado de los materiales, el respeto por el espacio común. Este enfoque rompe con una larga tradición evaluativa que, incluso en la educación inicial, ha tendido a clasificar y comparar.

Históricamente, en regiones como el Putumayo, la escuela fue también un dispositivo de disciplinamiento. Frente a ello, estas prácticas evaluativas introducen una lógica distinta: la del acompañamiento, la orientación y el aprendizaje colectivo. Enseñar a cuidar los materiales, a mantener el orden durante una actividad de pintura o a valorar el trabajo del otro es, en sí mismo, una forma de educación ética y social.

El segundo proyecto, Nutri-loncheras, amplía el horizonte del preescolar hacia una dimensión frecuentemente relegada: la educación para la salud y los hábitos de vida. La preocupación por la alimentación saludable no surge de un discurso abstracto, sino de la observación cotidiana: niños que consumen comida ultraprocesada, casos de alergias, problemas de salud y la influencia directa del mercado sobre la infancia.

Aquí, la escuela asume un papel crítico. No se limita a prohibir, sino que dialoga con los niños y las familias, promoviendo alternativas, involucrando a la cafetería escolar y extendiendo la experiencia a otros grados. La anécdota de la niña que cuestiona por qué se vende comida chatarra en la escuela, a pesar de las recomendaciones, es reveladora. Muestra que los niños no son receptores pasivos; son sujetos críticos, capaces de interpelar las contradicciones del sistema escolar.

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Responder a esas preguntas exige una pedagogía ética y reflexiva. La docente no evade el cuestionamiento, sino que lo transforma en una lección de vida: aprender a decidir, a discernir lo que sirve y lo que no. Este gesto pedagógico, pequeño pero profundo, conecta la educación preescolar con una tradición crítico-social que entiende la escuela como espacio de formación para la autonomía.

Estas experiencias del preescolar en Mocoa invitan a una reflexión más amplia sobre la historia de la educación en la Amazonia colombiana. No se trata de replicar modelos externos, sino de construir pedagogías situadas, sensibles a la realidad cultural, social y ambiental del territorio. La reutilización de materiales, el reciclaje, el trabajo comunitario y la participación de las familias son prácticas que dialogan con saberes locales y con una ética del cuidado del entorno.

Para los historiadores y educadores de la Amazonia, estas memorias pedagógicas representan una fuente invaluable. En ellas se revela cómo, incluso en contextos de limitaciones materiales, la escuela puede convertirse en un espacio de resistencia, creatividad y transformación social. El preescolar, lejos de ser un nivel menor, aparece como el lugar donde se siembran las bases de una ciudadanía crítica y sensible.

La historia del preescolar en esta institución educativa de Mocoa no puede escribirse solo desde los documentos oficiales. Se construye también desde las voces docentes, las preguntas infantiles, los proyectos colectivos y las tensiones cotidianas. En esa trama de memorias y prácticas se expresa una concepción de la educación que dialoga con el pasado, interpela el presente y proyecta el futuro.

En el Putumayo y la Amazonia, educar en la primera infancia es, en última instancia, un acto político y ético: es decidir qué tipo de sociedad se quiere construir desde los primeros años de vida. Escuchar estas experiencias, analizarlas críticamente y narrarlas con sensibilidad es una tarea urgente para quienes, desde la historia y la pedagogía, buscan comprender y transformar la educación en los territorios amazónicos.


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