
Por : Aldo Manco
Hablar del modelo pedagógico de la Institución Educativa Santa María Goretti de Mocoa es hablar, inevitablemente, de la historia viva de la educación en el Putumayo. No se trata únicamente de un documento en construcción, de un porcentaje de avance o de una meta fijada en un plan institucional; se trata de una trama más profunda donde confluyen memorias docentes, trayectorias estudiantiles, debates pedagógicos, políticas públicas y, sobre todo, una región amazónica que ha exigido históricamente una escuela con sentido social, humano y crítico.
Desde sus orígenes, la educación en el Putumayo ha sido un proyecto en tensión. Tensión entre centro y periferia, entre modelos importados y realidades locales, entre la norma y la vida cotidiana. La Institución Educativa Santa María Goretti, como muchas escuelas públicas del sur colombiano, ha transitado durante décadas por enfoques pedagógicos diversos —conductistas, tradicionales, por competencias— sin abandonar del todo ninguno, pero resignificándolos desde su práctica diaria. Esa hibridez, lejos de ser una debilidad, es una huella histórica que explica por qué hoy el debate sobre el modelo pedagógico no es nuevo, sino la continuación de una conversación larga, compleja y profundamente situada.
La conversación que da origen a este análisis revela algo fundamental: el modelo socio-crítico no surge de una imposición reciente, ni de una moda académica, ni de una asesoría externa aislada. Surge de una memoria pedagógica acumulada. Docentes con décadas de experiencia recuerdan que ya en tiempos anteriores —desde rectorías pasadas, desde procesos de reestructuración institucional— se hablaba de lo crítico-social como horizonte. La pregunta que atraviesa el diálogo no es “¿qué modelo adoptar?”, sino “¿por qué, si siempre hemos trabajado desde ahí, no lo hemos formalizado plenamente?”.
Esta pregunta es profundamente histórica. En términos de historia de la educación, muestra cómo las instituciones no siempre caminan al ritmo de los documentos, sino al ritmo de las prácticas. La I.E. Goretti ha producido líderes estudiantiles con fuerte proyección social, personeros, concejales juveniles, jóvenes comprometidos con su comunidad. Esa formación no nace del azar: es el resultado de una pedagogía que ha privilegiado lo humano, lo social, la participación y el pensamiento crítico, incluso cuando el currículo no lo nombraba explícitamente como “modelo socio-crítico”.
Adoptar —o más precisamente, reconocer— el modelo socio-crítico en una institución como Santa María Goretti implica asumir que la educación no es neutral. En la Amazonía, enseñar es siempre un acto político, en el sentido más profundo del término: formar sujetos capaces de comprender su territorio, sus conflictos, sus saberes y sus posibilidades de transformación.
El enfoque socio-crítico, sustentado en bases antropológicas, sociológicas y epistemológicas, dialoga de manera natural con esta realidad. Reconoce al estudiante como sujeto histórico, situado, diverso; entiende el currículo como una construcción colectiva; y concibe el aula como un espacio de diálogo, no de simple transmisión. En este punto, el eco del pensamiento de Julián de Zubiría Samper resulta evidente: no hay aprendizaje significativo sin mediación, sin interacción, sin reconocimiento del otro como interlocutor válido.
Aunque el modelo institucional no se define como “pedagogía dialogante”, la conversación deja claro que muchos de sus principios están presentes: la centralidad de lo humano, la importancia de las competencias socioemocionales, la necesidad de integrar saberes, proyectos transversales y contextos reales. El socio-crítico, en la práctica gorettiana, no excluye totalmente lo conductual ni lo estructurado; lo resignifica, lo subordina a un horizonte mayor de formación integral.
Uno de los aspectos más reveladores del diálogo es la conciencia colectiva de estar “quedados” en los tiempos. El modelo avanza, pero no al ritmo deseado. Sin embargo, desde una mirada histórica, estas demoras no deben leerse solo como fallas administrativas, sino como síntomas de procesos más profundos.
La escuela pública colombiana —y la amazónica en particular— han estado históricamente atravesadas por sobrecarga laboral, múltiples reformas, exigencias externas y limitaciones estructurales. Formalizar un modelo pedagógico implica tiempo, consenso, jornadas de reflexión, escritura colectiva. Implica detener la rutina para pensar la escuela, algo que rara vez ha sido fácil en contextos de alta demanda social.
Por ello, la insistencia en la necesidad de jornadas pedagógicas no es menor: remite a una tradición de formación docente situada, colectiva, reflexiva, que fue clave en otros momentos de la historia educativa del país y que hoy se vuelve urgente recuperar.
Otro elemento central del proceso es la articulación del modelo socio-crítico con el currículo, los proyectos transversales (PRAE, PILEO) y la lectura crítica de las pruebas externas. Históricamente, uno de los grandes problemas de la educación colombiana ha sido la fragmentación: currículo por un lado, proyectos por otro, evaluación como control externo.
La apuesta actual de la Institución Educativa Santa María Goretti intenta romper con esa fragmentación. Integrar los proyectos ambientales, de lectura, ciudadanía y competencias comunicativas al aula cotidiana es una decisión pedagógica con profundo sentido histórico: reconoce que la escuela amazónica no puede darse el lujo de educar de espaldas a su territorio ni a las crisis ambientales, sociales y culturales que lo atraviesan.
Asimismo, asumir las pruebas externas como herramientas pedagógicas y no solo como mecanismos de clasificación representa un cambio de paradigma: evaluar para comprender y mejorar, no solo para medir.
Finalmente, la preocupación por el seguimiento a egresados introduce una dimensión poco explorada en la historia escolar local: la evaluación del impacto formativo a largo plazo. El egresado se convierte aquí en fuente histórica viva, en testimonio del sentido —o sinsentido— del currículo, del modelo y de las prácticas pedagógicas.
Escuchar a los egresados es, en clave histórica, una forma de cerrar el círculo educativo: la escuela se mira a sí misma a través de quienes formó y se pregunta por su pertinencia en el mundo real.
La experiencia de la Institución Educativa Santa María Goretti de Mocoa no es un caso aislado; es un espejo de los dilemas, avances y resistencias de la educación amazónica contemporánea. Su proceso de consolidación del modelo socio-crítico invita a los historiadores de la educación a descender del archivo al aula viva, y a los educadores a reconocerse como sujetos históricos de su práctica.
En tiempos donde la Amazonía enfrenta desafíos globales, la escuela se reafirma como espacio de esperanza crítica. Pensar su modelo pedagógico no es un trámite institucional: es un acto de memoria, de responsabilidad social y de proyección histórica.
Porque, al final, educar en el Putumayo siempre ha sido —y seguirá siendo— una forma de dialogar con la selva, con la comunidad y con el futuro