
*Por: Alexander Africano
El ultimátum presidencial a Geovany Andrés Rojas, alias “𝘈𝘳𝘢𝘯̃𝘢”, no es un simple mensaje en redes ni una reacción coyuntural. Es una 𝙙𝙚𝙘𝙞𝙨𝙞𝙤́𝙣 𝙥𝙤𝙡𝙞́𝙩𝙞𝙘𝙖 𝙙𝙚 𝙖𝙡𝙩𝙤 𝙫𝙤𝙡𝙩𝙖𝙟𝙚 que vuelve a poner a Putumayo en el centro del tablero nacional, esta vez como escenario de prueba entre la paz negociada y la presión internacional.
Diez días para demostrar la 𝐞𝐫𝐫𝐚𝐝𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝟏𝟓‧𝟎𝟎𝟎 𝐡𝐞𝐜𝐭𝐚́𝐫𝐞𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐜𝐚 no es un plazo técnico; es un 𝗺𝗲𝗻𝘀𝗮𝗷𝗲 𝘀𝗶𝗺𝗯𝗼́𝗹𝗶𝗰𝗼. El Gobierno le habla a los grupos armados, pero también a Washington, a la opinión pública y a una frontera cada vez más tensionada. El problema es que, como casi siempre, 𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗲𝘀𝗰𝘂𝗰𝗵𝗮 𝗲𝗹 𝗲𝗰𝗼, 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗰𝗮𝗿𝗴𝗮 𝗲𝗹 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼.
𝗟𝗮 𝗽𝗮𝘇 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝘆𝗲 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗹𝘁𝗶𝗺𝗮́𝘁𝘂𝗺𝘀
Los diálogos con la Coordinadora atraviesan un punto crítico. El ultimátum rompe la lógica de confianza gradual y la reemplaza por una lógica de 𝘃𝗲𝗿𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗶𝗻𝗺𝗲𝗱𝗶𝗮𝘁𝗮, más cercana al control que a la negociación.
Esto puede servir para ordenar el proceso, sí, pero también puede 𝐟𝐫𝐚𝐜𝐭𝐮𝐫𝐚𝐫𝐥𝐨, especialmente si no se distinguen responsabilidades entre estructuras armadas y comunidades campesinas.
La erradicación no es solo arrancar matas. Es alterar economías, dinámicas familiares y equilibrios frágiles. Exigir resultados sin 𝗴𝗮𝗿𝗮𝗻𝘁𝗶́𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗿𝗮𝘀 es empujar a Putumayo a un nuevo ciclo de incertidumbre.
𝗣𝘂𝘁𝘂𝗺𝗮𝘆𝗼: 𝘀𝗶𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗰𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼́𝗻
Putumayo no se opone a la transformación territorial; la exige desde hace décadas. Lo que rechaza es ser tratado como un tablero de ajedrez donde otros mueven las fichas.
Un ultimátum sin una hoja de ruta integral puede traducirse en:
*Mayor presión sobre campesinos que no firmaron ningún acuerdo.
*Riesgo de retaliaciones armadas.
*Aumento del desplazamiento y la desconfianza institucional.
Aquí la pregunta no es si erradicar, sino 𝗰𝗼́𝗺𝗼, 𝗰𝗼𝗻 𝗾𝘂𝗶𝗲́𝗻 𝘆 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲́.
𝗙𝗿𝗼𝗻𝘁𝗲𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲, 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗳𝗿𝗶́𝗮𝘀
Este anuncio ocurre en plena crisis fronteriza con Ecuador. Más presión antidrogas en Putumayo implica más tensión fluvial, más militarización y mayor riesgo de incidentes binacionales.
Sin coordinación real entre Estados, la erradicación termina 𝗲𝘅𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮 y profundizando la desconfianza en una frontera ya herida.
𝐖𝐚𝐬𝐡𝐢𝐧𝐠𝐭𝐨𝐧 𝐦𝐢𝐫𝐚, 𝐏𝐮𝐭𝐮𝐦𝐚𝐲𝐨 𝐬𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞
No hay que ser ingenuos: este mensaje también viaja a Estados Unidos, en la antesala de un eventual diálogo con Donald Trump. El Gobierno necesita mostrar firmeza, resultados y control.
Pero la historia ya nos enseñó que 𝐜𝐮𝐦𝐩𝐥𝐢𝐫 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐚𝐟𝐮𝐞𝐫𝐚 𝐬𝐚𝐜𝐫𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐚𝐝𝐞𝐧𝐭𝐫𝐨 nunca ha sido sostenible.
𝐋𝐨 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐨𝐬𝐢𝐭𝐢𝐯𝐨: 𝐦𝐞𝐧𝐨𝐬 𝐮𝐥𝐭𝐢𝐦𝐚́𝐭𝐮𝐦, 𝐦𝐚́𝐬 𝐄𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨
𝗣𝘂𝘁𝘂𝗺𝗮𝘆𝗼 𝗻𝗼 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝘁𝗮 𝗽𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗶𝗺𝗽𝗼𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲𝘀, necesita decisiones inteligentes:
𝐄𝐫𝐫𝐚𝐝𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐜𝐞𝐫𝐭𝐚𝐝𝐚, con verificación independiente y protección a la población civil.
𝐀𝐥𝐭𝐞𝐫𝐧𝐚𝐭𝐢𝐯𝐚𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚𝐬 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐞𝐬, no discursos reciclados.
𝐂𝐨𝐨𝐫𝐝𝐢𝐧𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐛𝐢𝐧𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐞𝐟𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚, especialmente en ríos y pasos fronterizos.
𝐄𝐧𝐟𝐨𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐢𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐥, con perspectiva de género: las mujeres campesinas son las primeras en perder ingresos y las últimas en recibir apoyo.
𝐏𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐠𝐫𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐥 𝐄𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨, no solo fusiles ni comunicados.
La paz no se mide en hectáreas erradicadas en diez días.
Se mide en 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞𝐣𝐚𝐧 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐯𝐢𝐫 𝐜𝐨𝐧 𝐦𝐢𝐞𝐝𝐨. Putumayo no es el problema. Putumayo puede ser la solución… si se le habla con respeto y se le gobierna con coherencia.
*Consejero de Paz – Defensor de DDHH Putumayo