Raíces verdes en la amazonía : historia pedagógica de la educación ambiental y los buenos hábitos de consumo en el Putumayo

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Por : Aldo Manco

Hablar de educación ambiental en el Putumayo es hablar de territorio, de memoria y de resistencia. En una región amazónica marcada por la exuberancia natural, pero también por la violencia, la marginalidad histórica y la presión extractiva, la escuela ha sido uno de los pocos espacios estables para sembrar conciencia ecológica, identidad territorial y ciudadanía crítica. La Institución Educativa Santa María Goretti de Mocoa, a través de su proyecto Fomento de la Cultura Ambiental y de las prácticas del área de Ciencias Naturales, ofrece un testimonio pedagógico de cómo la educación puede articular saber científico, ética ambiental y compromiso comunitario.

Este artículo reconstruye, desde una perspectiva histórico-pedagógica, la experiencia de esta institución, analizando cómo la cultura ambiental se ha convertido en eje formativo para fortalecer el bienestar físico, mental y del entorno; cómo se han promovido la participación estudiantil y la conmemoración del calendario ecológico; cómo se han desarrollado competencias científicas mediante la investigación de la realidad local; y cómo se ha impulsado el manejo responsable de los residuos sólidos y los hábitos de consumo consciente. Todo ello integrado a un enfoque socio-crítico, una pedagogía dialogante y una memoria educativa institucional que concibe la escuela como espacio de identidad, resistencia cultural y transformación social.

El Putumayo no es solo un escenario geográfico: es un sujeto histórico. Su biodiversidad, sus ríos, sus selvas y sus pueblos indígenas, campesinos y afrodescendientes han sido sistemáticamente invisibilizados por el Estado-nación. En este contexto, la educación ambiental no surge como una moda curricular, sino como una necesidad vital.


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En Mocoa, capital del departamento, la fragilidad ambiental se expresa en la deforestación, la contaminación hídrica, la crisis de residuos sólidos y la expansión urbana desordenada. La tragedia de la avenida torrencial de 2017, aún latente en la memoria colectiva, reforzó la conciencia sobre la relación entre prácticas humanas, degradación ambiental y vulnerabilidad social. Desde entonces, para muchas comunidades educativas, educar ambientalmente dejó de ser un tema accesorio y se convirtió en una cuestión de supervivencia y dignidad.

Es en este escenario donde el Colegio Santa María Goretti consolida su proyecto de cultura ambiental como una apuesta ética y pedagógica de largo aliento.

El proyecto Fomento de la Cultura Ambiental nace como una construcción colectiva del área de Ciencias Naturales, pero pronto se convierte en una iniciativa institucional transversal. Su objetivo general —fomentar en la comunidad educativa la cultura ambiental para fortalecer el bienestar físico, mental y del entorno— expresa una comprensión integral del ambiente, no reducida a la naturaleza como objeto, sino entendida como red de relaciones entre cuerpos, emociones, saberes y territorios.

Uno de los rasgos más significativos de esta experiencia es su carácter dialógico. Las actas, debates y reflexiones docentes muestran que la educación ambiental no se impone como norma, sino que se construye mediante la palabra, el conflicto argumentado y la búsqueda colectiva de sentido.


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Las discusiones sobre el manejo de residuos, por ejemplo, revelan tensiones entre discursos, prácticas y contextos familiares. ¿Tiene sentido pedir a los estudiantes que separen residuos si la empresa de servicios públicos de Aseo del Putumayo los recoge todos mezclados? ¿Es coherente hablar de reciclaje y, al mismo tiempo, promover competencias por traer más desechos desde casa? Estas preguntas no se eluden: se convierten en materia pedagógica.

Aquí emerge la memoria educativa institucional como un archivo vivo de aprendizajes, errores y rectificaciones. Las experiencias pasadas —como campañas de reciclaje desbordadas o premios mal orientados— no se borran: se analizan críticamente para redefinir estrategias. La escuela se reconoce como sujeto histórico que aprende de sí misma.

La conmemoración de fechas como el Día de la Tierra, el Día del Medio Ambiente o jornadas de sensibilización ambiental cumple una función simbólica y formativa. No se trata de efemérides ritualizadas, sino de dispositivos pedagógicos para interpelar a los estudiantes como ciudadanos ambientales.

Los conversatorios en aula permiten vincular estas fechas con problemas concretos del entorno: la contaminación del río, el exceso de plásticos en la tienda escolar, el desperdicio de papel, la alimentación ultraprocesada. De este modo, el calendario ecológico se convierte en una pedagogía del tiempo, que articula pasado, presente y futuro en clave de responsabilidad colectiva.

El segundo eje del proyecto —fortalecer competencias científicas mediante la investigación de la realidad ambiental— expresa una ruptura con la enseñanza memorística de las ciencias.

La creación de un semillero de investigación escolar, liderado por docentes del área, constituye un hito en esta trayectoria. A través de pequeños proyectos, los estudiantes observan, formulan preguntas, recogen datos y analizan problemáticas locales: producción de residuos, hábitos de consumo, calidad del agua, impacto del plástico.

Aquí la ciencia deja de ser un saber abstracto y se convierte en herramienta de lectura crítica del territorio. Esta práctica encarna una pedagogía socio-crítica: no solo busca explicar el mundo, sino transformarlo.

El tercer eje —manejo adecuado de residuos sólidos— muestra cómo lo ambiental atraviesa lo moral, lo disciplinario y lo político.

Las estrategias adoptadas (cajas de reutilización de papel, botilitos de agua para reducir plásticos, eliminación de canecas en los salones, responsabilidad individual por los residuos) buscan transformar hábitos cotidianos. No se trata solo de limpiar espacios, sino de construir sujetos responsables.

Estas prácticas revelan una concepción ética del ambiente: cada residuo es una decisión moral. La disciplina escolar se resignifica como autocuidado del entorno y respeto por los otros.

Un aporte particularmente valioso del proyecto es la incorporación explícita del tema de los hábitos de consumo. A través de reflexiones sobre la moda, la acumulación de objetos, el desperdicio de alimentos y el uso excesivo de envases, los estudiantes y docentes cuestionan el modelo consumista dominante.

Este ejercicio conecta la educación ambiental con la educación financiera, la ética del cuidado y la justicia social. En una región empobrecida, consumir menos y mejor no es solo un gesto ecológico: es una forma de resistencia cultural.

En el fondo, la experiencia del Colegio Santa María Goretti muestra que la educación ambiental es una pedagogía de la identidad.

Al enseñar a cuidar el agua, la selva, el suelo y los animales, la escuela enseña a amar el territorio. Al problematizar la basura y el consumo, enseña a resistir a una modernidad depredadora. Al dialogar con las familias y la comunidad, extiende la pedagogía más allá del aula.

Así, la escuela se convierte en un espacio de resistencia cultural amazónica y de construcción de ciudadanía ecológica.

La historia pedagógica de la educación ambiental en el Colegio Santa María Goretti no es excepcional: es profundamente local, situada y humana. Precisamente por ello, es ejemplar.

Esta experiencia nos recuerda que la educación ambiental no se decreta desde políticas nacionales: se teje en las prácticas cotidianas de docentes comprometidos, estudiantes críticos y comunidades dialogantes.

Por ello, la invitación final es clara: que docentes e historiadores se atrevan a repensar y escribir su propia historia educativa de la enseñanza de las ciencias naturales en contextos regionales y comunitarios. Porque en esas historias, aparentemente pequeñas, se juega el futuro ambiental, ético y cultural de nuestros territorios.


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