
Autor: Carlos Enrique Corredor Saavedra
En el sórdido escenario de la politiquería nacional —ese territorio donde la ética suele ser una molestia y la coherencia un lujo innecesario— se ha normalizado una práctica que bien podría llamarse canibalismo político. No se trata de una figura exagerada ni de un simple recurso literario: es la descripción descarnada de un sistema donde los actores del poder se devoran entre sí en público, solo para pactar en privado; donde hoy se atacan con ferocidad y mañana comparten mesa, café y complicidades.
Este canibalismo se alimenta del mimetismo. Los personajes camaleónicos de la política cambian de color con una facilidad pasmosa: hoy rojos, mañana azules, pasado mañana verdes o del tono que más convenga al clima electoral. No hay convicciones, solo conveniencias. Lo importante es “arrimarse al árbol que más sombra da”, no quedarse por fuera de la rosca y seguir siendo parte activa de esa caja de Pandora donde se administran favores, cuotas, contratos y silencios.
Para justificar estos comportamientos bochornosos siempre hay un pretexto elegante: la unidad nacional, el bien común, la mejor propuesta para el país. Palabras nobles, desgastadas por el abuso, utilizadas como maquillaje para encubrir acuerdos oportunistas y traiciones calculadas. En nombre de esos conceptos se tragan discursos pasados, se desconocen principios proclamados y se canoniza el pragmatismo más crudo.
El Congreso, convertido muchas veces en teatro, es el escenario ideal de esta antropofagia política. Allí se montan zaperocos memorables: gritos, insultos, acusaciones incendiarias, amenazas de denuncias penales “con pruebas irrefutables”. El espectáculo es tan intenso que logra mantener expectante al común denominador del pueblo colombiano, siempre ávido de ver a alguien “con los cojones bien puestos” enfrentando al adversario. Sin embargo, el telón cae y no pasa nada. Las denuncias se esfuman, las pruebas nunca aparecen y la indignación se diluye en el siguiente escándalo mediático.
No deja de ser irónico —y revelador— que en algunas ocasiones esos supuestos enemigos irreconciliables sean vistos, horas después, sentados en la misma cafetería, compartiendo un tinto como si nada hubiese ocurrido. La escena confirma que no estamos ante luchas ideológicas profundas, sino frente a actuaciones cuidadosamente ensayadas. Hay políticos con tal dote histriónica que bien podrían aspirar a un Oscar por su interpretación del antagonismo. El odio es parte del guion; la reconciliación, del contrato.
En este ecosistema perverso, la palabra se convierte en arma de distracción masiva. Se habla de todo y de nada. Se improvisa sin pudor para ocultar la mediocridad intelectual y la ausencia de propuestas reales. Algunos seudo líderes sociales han llegado incluso a instalar la peligrosa idea de que quien más grita, más insulta, más vocifera y más maldice es el verdadero adalid del pueblo, el que merece ser respaldado en las urnas. Un mayúsculo despropósito que riñe con toda lógica democrática y que termina premiando la estridencia por encima de la sensatez.
Las ansias de poder, el afán de figurar en los primeros lugares del ranking político y la obsesión por la visibilidad llevan a utilizar cualquier recurso disponible: limpio o sucio, legítimo o cuestionable. Aquí cobra vigencia, una vez más, la célebre y mal entendida sentencia de Maquiavelo: el fin justifica los medios. Convertida en dogma, esta frase ha servido para absolver toda clase de atropellos, traiciones y canibalismos morales.
El canibalismo político no solo devora adversarios; también consume la confianza ciudadana, corroe las instituciones y deja al país atrapado en un eterno ciclo de decepción. Mientras no se rompa esta lógica de la simulación y el oportunismo, la política seguirá siendo un banquete donde pocos se sirven y muchos observan, hambrientos de una representación digna que nunca llega.