El putumayo se expresa : carnaval, mentalidad y cultura vica en la amazonía colombiana

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Por Aldo Manco

En la historia oficial de Colombia, la Amazonía ha sido con frecuencia narrada como periferia: territorio lejano, espacio de frontera, escenario de explotación o conflicto. Sin embargo, cuando el historiador desplaza su mirada de los grandes acontecimientos políticos hacia las prácticas culturales, los rituales festivos y las representaciones simbólicas, emerge otra historia: una historia de mentalidades, sensibilidades y formas de comprender el mundo. El Carnaval Folclórico Mestizo de Mocoa es uno de esos escenarios privilegiados donde el Putumayo se piensa, se recuerda y se reinventa.

Desde una perspectiva cercana a la historia cultural propuesta por los Annales —y desarrollada por autores como Peter Burke y Roger Chartier— el carnaval no puede entenderse únicamente como espectáculo o entretenimiento. Es, ante todo, un lenguaje social, una forma colectiva de decir lo que en otros espacios no se puede decir. En él se condensan visiones del mundo, memorias del territorio, tensiones históricas y aspiraciones comunitarias. El disfraz denominado “Putumayo expresivo”, observado recientemente en el desfile carnavalesco de Mocoa, constituye un documento histórico en sí mismo: una fuente visual y simbólica que revela las mentalidades contemporáneas de una sociedad amazónica mestiza.

Para la historia cultural, los archivos no se limitan a documentos escritos. Los cuerpos, las imágenes, los gestos y los objetos también conservan memoria. El carnaval, en este sentido, es un archivo vivo, efímero pero profundamente significativo. Cada disfraz, cada carroza y cada actuación condensa capas de tiempo histórico: lo ancestral, lo colonial, lo moderno y lo contemporáneo dialogan en un mismo espacio festivo.


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El personaje “Putumayo expresivo” se presenta como una figura monumental, híbrida y provocadora. Su máscara partida en dos —un rostro humano envejecido y un rostro felino— no es una ocurrencia estética aislada. Es una representación visual del mestizaje amazónico, entendido no como fusión armónica sin conflicto, sino como convivencia tensa y creativa de memorias diversas. El carnaval, como lo señalaba Burke, permite “invertir el orden” y hacer visibles aquellas identidades que suelen quedar ocultas en la vida cotidiana.

La historia de las mentalidades se interesa por las formas colectivas de pensar, sentir y representar el mundo. En el Putumayo, estas mentalidades han sido modeladas por la selva, los ríos, las migraciones, la violencia, la economía extractiva y la resistencia cultural. El rostro humano envejecido del disfraz remite a la memoria histórica, al peso del tiempo, a la experiencia acumulada de generaciones que han habitado un territorio marcado por el abandono estatal y la estigmatización.

El rostro felino, por su parte, conecta con las cosmovisiones indígenas amazónicas, donde el jaguar —o el gran felino— simboliza poder, sabiduría y mediación entre mundos. No se trata de una simple evocación folclórica, sino de una afirmación simbólica: la Amazonía no es solo un recurso natural, es un sujeto cultural. En esta dualidad visual se expresa una mentalidad profundamente amazónica: la idea de que el ser humano no está separado de la naturaleza, sino que forma parte de ella.

Roger Chartier insistió en que las prácticas culturales deben leerse como textos, atendiendo tanto a su producción como a su recepción. El cuerpo del actor carnavalesco, cubierto de colores intensos y materiales artesanales, se convierte en un texto social que circula por las calles de Mocoa. No habla desde la academia ni desde el Estado, sino desde la experiencia popular.


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El uso de cartón, papel maché y pintura manual no es un signo de precariedad, sino de creatividad comunitaria. Estos materiales hablan de economías locales, de saberes transmitidos de generación en generación, de una estética propia que no busca imitar modelos externos. El carnaval, así entendido, es un espacio donde se producen y reproducen formas de conocimiento no escritas, pero profundamente arraigadas.

En la historia reciente del Putumayo, marcada por el conflicto armado y las economías ilegales, el carnaval adquiere una dimensión adicional: se convierte en un acto de resistencia simbólica. No una resistencia armada, sino cultural. Al ocupar el espacio público con color, música y creatividad, las comunidades afirman su derecho a existir más allá de los relatos de violencia.

El mensaje “Putumayo expresivo”, escrito de manera visible en el disfraz, funciona como una consigna identitaria. Frente a las narrativas que reducen la región al conflicto o al narcotráfico, el carnaval responde con expresión, memoria y celebración. Como en los carnavales europeos estudiados por los historiadores culturales, aquí también se produce una inversión simbólica: lo marginal se vuelve central, lo silenciado se vuelve visible.

Si bien la figura analizada es interpretada por un actor individual, el carnaval no puede entenderse sin reconocer el papel fundamental de las mujeres en la historia cultural amazónica. Son ellas quienes, en muchos casos, conservan las memorias familiares, transmiten saberes artesanales, cosen, pintan, organizan y narran. La historia de las mentalidades nos invita a mirar estos procesos invisibles, cotidianos, pero decisivos.

El carnaval es también un espacio donde las mujeres participan como creadoras, portadoras de memoria y agentes culturales. Aunque no siempre aparezcan en primer plano, su trabajo sostiene la fiesta. En este sentido, acercarse al carnaval desde la historia cultural implica ampliar el foco y reconocer estas presencias históricas que no siempre dejaron huella en los archivos escritos.

El Carnaval Folclórico Mestizo de Mocoa no es una reliquia del pasado. Es una práctica viva que dialoga con la modernidad. La presencia de públicos diversos, cámaras, redes sociales y nuevos lenguajes visuales muestra que el carnaval se transforma sin perder su sentido profundo. Esta capacidad de adaptación es una de las claves de su permanencia histórica.

Desde la mirada de los Annales, el carnaval puede leerse como una larga duración cultural, donde ciertas estructuras simbólicas —el uso de la máscara, la inversión de roles, la celebración colectiva— se mantienen, mientras otras se resignifican. El disfraz “Putumayo expresivo” es contemporáneo, pero dialoga con imaginarios antiguos, demostrando que la historia cultural no avanza en rupturas absolutas, sino en continuidades y relecturas.

Este análisis no es solo una interpretación estética. Es una invitación metodológica. Los historiadores de la Amazonía colombiana están llamados a ampliar sus fuentes, a escuchar las voces del carnaval, a leer imágenes, cuerpos y rituales como documentos históricos. La historia regional no puede limitarse a decretos, informes o cronologías políticas; debe incorporar las expresiones culturales donde las comunidades elaboran sentido.

El carnaval ofrece un acceso privilegiado a las mentalidades contemporáneas del Putumayo: cómo se concibe la identidad, cómo se recuerda el pasado, cómo se imagina el futuro. Ignorar estos espacios sería renunciar a comprender una parte fundamental de la historia amazónica.

El “Putumayo expresivo” no es solo un disfraz. Es una síntesis visual de una historia cultural compleja, una metáfora encarnada del mestizaje amazónico, una declaración de existencia colectiva. En el Carnaval Folclórico Mestizo de Mocoa, el pasado no se representa de forma nostálgica; se actualiza, se discute y se celebra.

Para quienes aman la historia, la cultura y el carnaval, esta imagen recuerda que las mentalidades no se estudian solo en los textos, sino en la fiesta, en el color, en la risa y en el gesto. Allí, en medio del desfile, el Putumayo no se disfraza para ocultarse, sino para pensarse a sí mismo y decirle al país —y a la historia— que sigue vivo, creativo y profundamente expresivo.


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