

Por : Diany L. Cadena Torres
Comunicadora Social, Especialista en Paz y Desarrollo Territorial y Consultora Política
Mocoa, con su belleza inigualable, es la puerta de entrada a la selva amazónica; sin embargo, con sus 461 años de historia, es una de las ciudades más antiguas de Colombia: incluso más antigua que Medellín y apenas unos años menor que Bogotá, Cali o Cartagena.
A pesar de este legado histórico, su desarrollo no refleja ni la trayectoria ni la importancia de su antigüedad. ¿Qué ha pasado entonces?
La situación de Mocoa, capital del departamento del Putumayo, no solo es crítica, sino estructuralmente alarmante. A pesar del tiempo transcurrido desde la avenida torrencial que devastó a la ciudad en 2017, hoy Mocoa continúa siendo un reflejo doloroso del fracaso del Estado en su deber de garantizar condiciones mínimas de bienestar y dignidad a sus habitantes.
Hablar de Mocoa hoy es hablar de una ciudad secuestrada por múltiples crisis: inseguridad, desempleo, deterioro ambiental, ingobernabilidad y una infraestructura deficiente que no resiste ni el peso del abandono ni la carga de una población en aumento. A esto se suma la creciente informalidad, la ausencia de oportunidades reales para la juventud, y una gestión pública que ha demostrado estar lejos de responder a los desafíos que la ciudad enfrenta.
Las familias damnificadas por la tragedia ambiental siguen esperando una solución definitiva de vivienda. Muchas viven aún en condiciones de vulnerabilidad, con acceso limitado a servicios básicos y en zonas de alto riesgo. Los proyectos de mitigación, tan prometidos como incumplidos, se encuentran incompletos, abandonados o simplemente no existen.
La oferta de servicios básicos es deficiente. En pleno siglo XXI, Mocoa no tiene garantizado el acceso a agua potable de manera continua. El alcantarillado es obsoleto, las calles están deterioradas, y las rutas de transporte son insuficientes para cubrir la expansión urbana desorganizada. El crecimiento de la ciudad ha sido desordenado y sin planificación, dejando tras de sí una secuela de asentamientos informales, sin espacio público, sin estructura básica y con problemas críticos de movilidad.
La inseguridad también se ha afianzado. El incremento del microtráfico, la falta de políticas públicas efectivas, la insuficiencia institucional y las condiciones sociales críticas —como los asentamientos de población desplazada— han creado un caldo de cultivo para el deterioro de la convivencia.
No menos preocupante es el panorama ambiental. Mocoa vive bajo una amenaza permanente de deslizamientos, con pérdida acelerada de biodiversidad y fuentes hídricas contaminadas. La débil institucionalidad ambiental y la falta de un manejo integral de residuos sólidos agravan el panorama.
Todo esto ocurre en un escenario de ingobernabilidad crónica. Las administraciones locales han sido incapaces de diseñar y ejecutar una planeación a largo plazo, con baja capacidad administrativa, técnica y presupuestal. Las obras inconclusas, el débil control del gasto, la falta de transparencia y la escasa interlocución con las comunidades, han erosionado la confianza ciudadana en las instituciones.
Mocoa no necesita más diagnósticos. Los datos son claros. La ciudad clama por un liderazgo que no solo se comprometa con la transformación estructural del territorio, sino que esté dispuesto a asumir con valentía la tarea de reconstruir el tejido institucional, social y económico desde las raíces. Se requieren decisiones valientes, inversiones reales, y sobre todo, voluntad política.
El olvido estatal no puede seguir siendo la constante para una ciudad que ya ha pagado demasiado caro el precio de la indiferencia.
